Iñaki Astudillo, voluntario de la ONG Etiopía Abay: “Me dan más de lo que yo les doy”Jon Pagola
Cuando Iñaki Astudillo (Hondarribia, 56 años) menciona la otra Etiopía, la que sortea el drama, la hambruna, miseria o guerra, llama la atención sobre el carácter hospitalario y vitalista de los etíopes. “Llegas allí y no te lo imaginas. Yo alucino. Siempre que volvemos pienso: ‘Me dan más de lo que yo les doy’. Es todo en estado puro: hay gente que lo está pasando mal, pero que sigue teniendo fuerzas para seguir para delante”.
Las maravillas naturales y culturales del país, como el volcán del Erta Ale, ahora en activo, las curiosísimas iglesias excavadas en las rocas y, por supuesto, la ceremonia del café, orgullo y patrimonio nacional, también forman parte de Etiopía. Y la gente, una sociedad que según Iñaki, aunque vive haciendo malabares, no deja de amar los actos más cotidianos.
“Cada nuevo día les parece un regalo. Y tú piensas: ‘Coño, si no tienen nada’. Pero en muchas cosas nos dan mil vueltas; en las relaciones sociales, por ejemplo. Hacen piña, se ayudan un montón, mientras que aquí cada vez somos más fríos y distantes”, reflexiona. La primera vez que visitó Etiopía con su mujer, la urnietarra Uzuri Fernández, a finales de la década de los dos mil, fue para culminar el proceso de adopción internacional de su hijo, que se alargó más de lo esperado.
Parecía una buena opción. Previamente, durante el tiempo de papeleo, entrevistas y abundante burocracia, conocieron la ONG Abay Etiopía, con miembros de Valencia y Madrid, que trabajaba en el terreno y de la que decidieron formar parte con el objetivo de mostrar su implicación en un lugar del que vendría su hijo.
Así, Walmara, una localidad rural de más de 3.000 habitantes localizada a 70 kilómetros de Addis Abeba, la gran capital etíope, se ha convertido en el centro de operaciones de Abay Etiopía en estos últimos 15 años. Sobre todo cuando llueve, no es fácil llegar a Walmara por su pista de tierra; se pueden tardar horas. Si el camino se embarra, es más efectivo realizar el trayecto con un carro de caballos. Por eso, dice Iñaki, en la práctica Walmara es como una aldea perdida en mitad de la llanura.
Iñaki Astudillo, en el interior del local Café Irun de la ciudad fronteriza, admite que echa de menos poder viajar a Etiopía.
Decenas de actuaciones
Al principio, empezaron implementando “cosas sencillas”, como la compra de pizarras y pupitres para la escuela o la instalación de un pozo de agua potable para abastecer a la comunidad. A estas alturas, los proyectos relacionados con la educación, la sanidad y en beneficio de esta localidad etíope se cuentan por decenas.
“Todo ha ido a más. Nos hemos involucrado cada vez más, porque hemos sido cada vez más eficientes. Si te metes en Google Maps verás todo lo que hay”. Iñaki no habla por hablar. En la popular aplicación de mapas se pueden ver algunas de las infraestructuras levantadas con apoyo de la entidad: un centro sanitario, escuelas infantiles, escuelas de primaria, la residencia de chicas estudiantes en Kolobo, un taller de costura…
“Allí tenemos más de 40 trabajadores y más de 600 beneficiarios directos. Es algo que produce vértigo: mucha gente depende ya de nosotros. Ellos te necesitan. Lo que nos gustaría es que tuviéramos una seguridad económica todos los años para poder organizar y gestionarlo, en lugar de ir tocando puertas y vivir en la incertidumbre. Es imprescindible la colaboración de las administraciones públicas y ayudas privadas”, advierte Iñaki.
Él es secretario y Uzuri Fernández, la vicepresidenta. Por su parte, Francisco Carrión, el fundador médico valenciano, es el presidente; Juan Casades ejerce de tesorero, el hombre de las finanzas en Abay Etiopía. Todos ellos son voluntarios y tienen sus propios trabajos aparte.
Patriarcado que marca
Para que las chicas de Walmara también puedan estudiar en igualdad de condiciones que los chicos, la ONG tiene que emplearse a fondo. El patriarcado manda en Etiopía. Según cuenta Iñaki Astudillo, en las familias numerosas de “5 o 6 hijos son las hijas mayores las que acaban ocupándose de la crianza de los más pequeños ”.
Entre otras cosas, han creado una escuela infantil, Aula Canguro, en la que los niños y niñas de 3 a 6 años pueden jugar, comer, bañarse y vestirse mientras sus hermanas acuden al colegio con el resto de los alumnos. Cuentan asimismo con un programa de apoyo a las familias más vulnerables. La residencia femenina de Kolobo, con capacidad para cuarenta chicas estudiantes de secundaria, se ha quedado pequeña y van a ampliar las instalaciones para dar cabida a más mujeres.
Sanidad, educación, infancia y apoyo a la mujer. Son los ejes principales de la ONG. La lentitud en la ejecución de los proyectos, muchas veces frenada por la farragosa burocracia, exaspera a Iñaki. “Es el gran hándicap que tenemos. El papeleo se convierte en un frontón en el que tiras la pelota y te la devuelven”, se lamenta. Él lleva ya cinco años sin pisar Etiopía por la creciente inseguridad del país. Y lo echa de menos: “Me pone las pilas”, asegura.
Tocando puertas
En sus inicios, Iñaki Astudillo y el resto de voluntarios de la ONG se buscaban la vida como podían y organizaban carreras solidarias o montaban mercadillos en distintos municipios guipuzcoanos.
Lograban reunir cantidades nada desdeñables de dinero para financiar sus actuaciones en Etiopía. Sin embargo, este tipo de actividades requerían un esfuerzo extra y, sobre todo, se comían mucho tiempo. Con la pandemia todo entró en hibernación y buscaron salida en las administraciones vascas y valencianas. La ONG presenta ahora sus proyectos a distintos organismos públicos con el objetivo de obtener una subvención. Es una carrera incierta porque el sí no está asegurado, aunque esta parece ser, de momento, la vía más efectiva. “Hay que dedicar el tiempo a lo que realmente funciona”, afirma Iñaki.