Víctimas del 3 de marzo claman memoria y miran a la juventud: "Con Franco no se vivía mejor"
"A pesar de que me mi madre me advirtió de que no fuese porque se olía algo yo fui", explica Agustín
Pilar Barrera y Agustín Plaza son dos de las miles de personas que estuvieron en la Iglesia de San Francisco de Asís de Vitoria el 3 de marzo de 1976. Medio siglo después siguen clamando memoria y justicia para los cinco obreros muertos por disparos de la Policía Armada y miran a la juventud: "No, con Franco no se vivía mejor".
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Agustín Plaza tenía 20 años cuando comenzaron las huelgas en demanda de una subida salarial de 5.000 pesetas, una jornada semanal laboral de 40 horas, el 100 % del sueldo en caso de accidente o enfermedad y la jubilación a los 60 años. Todo ello en un momento en la mayoría de las familias resistían "a base de horas extras" compartiendo vivienda y en condiciones "muy duras".
Participó activamente en todo el proceso que colocó a Vitoria como referente de las movilizaciones de la clase trabajadora a pocos meses de la muerte del dictador Francisco Franco y con Carlos Arias Navarro al frente del Gobierno. El 3 de marzo de 1976 los trabajadores estaban llamados a una asamblea en la Iglesia de San Francisco de Asís del barrio de Zaramaga de la ciudad, uno de los que surgieron en la primera mitad del pasado siglo para acoger a las familia llegadas de diferentes puntos de España para sostener la creciente industrialización de la ciudad.
"A pesar de que me mi madre me advirtió de que no fuese porque se olía algo yo fui", explica a EFE Agustín, que estaba en el interior del templo cuando los policías que rodeaban el edificio comenzaron a tirar botes de humo para obligar a su desalojo.
Una semana en el hospital
Salió por una de las ventanas rotas y fue apaleado por las agentes. "Entre cinco policías me dieron una paliza de muerte. Los ojos, el tabique nasal, los genitales", relata Agustín, quien corrió a refugiarse en el primer portal que le abrieron y en el que fue atendido de urgencia por vecinos antes de ingresar durante casi una semana en el hospital para recuperarse de las heridas.
Cuando escucha los audios de las conversaciones entre los policías que participaron en lo que uno de ellos define como "la mayor paliza de la historia", Agustín siente indignación. "El papel de los policías fue nefasto. No han sido juzgados y siguen libres", lamenta, del mismo modo que denuncia que tampoco lo han sido ni Rodolfo Martín Villa, entonces ministro de Relaciones Sindicales, ni el fallecido Manuel Fraga, ministro de Gobernación.
Confiesa que le gustaría conocer a estos agentes para decirles que "no hay derecho a lo que hicieron" a gente "pacífica", a trabajadores que provenientes del campo y de otras regiones que "solo pedían un salario mínimo para poder vivir". Para Agustín todo fue un "escarmiento" del Gobierno de Arias Navarro para parar el "proceso" abierto por el movimiento obrero. Parte activa de la asociación que mantiene viva la memoria de ese día reconoce que lograr que se haga justicia "va a ser difícil" pero no por ello van a dejar de intentarlo.
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Mira a los jóvenes que aseguran que con Franco se vivía mejor y, aunque cree que ese sentimiento es residual en el País Vasco, considera que este fenómeno responde a la falta de formación y de información en colegios y universidades sobre esos años. "Falta memoria. Deberían explicar en los colegios cómo vivía la clase trabajadora y cómo estaban de machacadas las mujeres. La lucha fue clave para avanzar en mejorar sociales", plantea Agustín, quien pone en valor el papel de las mujeres en las huelgas de 1976.
Mujeres también en la huelga
Pilar Barrera fue una de las mujeres que vivió esos días como trabajadora, en su caso como administrativa de Forjas Alavesas (actual Sidenor), empresa en la que comenzaron los paros. Desde ese lado reconoce el empuje de las esposas de los obreros para sostener económicamente las huelgas con colectas de alimentos en comercios en un momento en el que las 'cajas de resistencia' no existían.
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"Yo era una obrero más. Salía a la calle, quemaba ruedas y participaba en las asambleas", explica Pilar a EFE. Recuerda que ya desde la mañana de aquel 3 de marzo "el ambiente en la ciudad era ya terriblemente malo". Para las cuatro y media de la tarde ya estaba en la iglesia. Optó por quedarse dentro y recurrió al refugio que ofrecía la sacristía junto con otras mujeres cuando el humo comenzó a asfixiarles.
Cuando salieron del recinto se topó de frente con uno de los policías. "Se arrodilló para dispararme y le pedí por favor que no me matase, que tenía una hija. Fue terrible", rememora. Su marido corrió peor suerte y fue apaleado al escapar por una de las ventanas.
"Después llegaron los funerales. Aquello había que vivirlo. Al día siguiente pensábamos que aquel movimiento iba a ser para siempre. Ese día dije que el 3 de marzo nunca volvería a trabajar y así ha sido", lamenta. Con la "terrible sensación" de que no haya responsables y de que "no se haya reconocido que aquello fue terrorismo", Pilar se pregunta si los jóvenes que piensan que con Franco se vivía mejor y "los que votan a Vox no tienen en su casa a nadie que les cuente lo que pasó y cómo pasó".
"Los jóvenes no pueden seguir haciéndose los sordos ante todo lo que queda por luchar", concluye, con la vista puesta en los actos de recuerdo de aquel 3 de marzo previstos para este año en los que participará como siempre en familia.
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