El irresponsable recurso a la agitación en las calles que está protagonizando la derecha española ha dado ya lugar a altercados cuya responsabilidad deben asumir en primera persona quienes alimentan por interés propio la irritación y un relato que debilita la democracia. El liderazgo que debe asumir Alberto Núñez Feijóo consiste en reconducir la frustración que se ha apoderado del Partido Popular por no poder gobernar pese a haber ganado las elecciones generales y el camino es la pedagogía democrática que está faltando, sustituida por una retórica de la confrontación y el tremendismo difícil de contener cuando se desboca. Es palmaria y profundamente irresponsable su tono, que hace imposible distinguir sus mensajes de los de quienes se encuentran cómodos en el puro populismo ultra, patrioteros e irrespetuosos con el principio fundamental de la democracia: el respeto a la diferencia y la canalización de las divergencias mediante el proceso político legitimado por las urnas. Sustituir el escenario representativo por la agitación en la calle no es exclusivo de la derecha, pero ha sido abrazado sin rubor como mecanismo de deslegitimación nada menos que de las mayorías parlamentarias que han salido de las últimas elecciones. Si la derecha española se pone en manos de los “incontrolados” como ya hizo en los albores de la democracia post franquista, suya es la responsabilidad de no condenar sus actos y merecido tendrá cosechar el reproche general por alentarlos. El mecanismo de resistencia que ha puesto en marcha en las calles no comienza ni termina en este proceso de investidura de Pedro Sánchez. Adquiere visos de perpetuarse hasta la consecución del poder. Y, por ese camino, habilita una estrategia equivalente por parte de los perdedores de la próxima contienda electoral, condenando la acción política al bucle sin fin de deslegitimaciones que precisamente pretende evitar el establecimiento de las normas del proceso democrático. La depreciación de la democracia que se proyecta en esa hoja de ruta es palmaria y acaba por castrar la capacidad de las instituciones de cumplir su función de reforzar el modelo de convivencia en base a la aceptación de las reglas del juego representativo. La sustitución de las propuestas por las soflamas ha llevado en el pasado al choque social más doloroso.