Gloria para Del Toro, honor para Seixas
El mexicano se impone en Grand Colombier, donde sufre el francés, víctima de una caída que demuestra su carácter de campeón en el Tour Auvergne que aún lidera Tuckwell
Paul Seixas, el chico maravilla, los hombros sobre los que reposan los deseos, sueños, anhelos, frustraciones y maldiciones de cuarto décadas sin campeón del Tour, se dolía en una cuneta anónima, entre hierbas, tras caerse en el descenso de la Côte de Saint-Maurice-de-Rotherens.
El francés, excelso bajador, se fue al suelo y se lo tragó la foresta. Por un momento, la Francia ciclista se sobresaltó. Su héroe, el Pegaso alado, era tristeza y desconsuelo.
"La caída fue un error mío, no tengo excusa. Entré en una curva demasiado rápido. Me he acostumbrado a adelantar a otros corredores en los descensos para recuperar posiciones sin esforzarme demasiado, pero es una estrategia que conlleva riesgos. Hoy pagué las consecuencias; arriesgué demasiado", se sinceró Seixas.
El blanco de su maillot, el del mejor joven del Tour Auvergne, rasgado, mordido por la caída, que le arañó el físico y le recordó que la carretera no hace distinciones, que su ley es insobornable. El golpe le pintó el rostro de lividez. Se quedó en blanco. Fundido a negro en la afición francesa.
A Seixas todos le imaginan en el Tour mordiendo a Pogacar. Era la carretera la que hizo presa. Los dos codos ensangrentados, el muslo derecho, a la altura de la cadera, tocado, hierbajos sobresaliendo de su maillot, del dorsal. Esa era la estampa de Seixas.
Caballero de la triste figura. En un día de sol del Tour, cerca de la canícula, el de Lyon era un alma en pena. Melancólica Francia mirando a su ídolo cabizbajo. La caída le desveló y le condenó a galeras. Cuatro minutos de desventaja.
Nutrido en la derrota por la mano amiga de sus compañeros, Seixas, genio y figura, carácter de campeón, quiso revertir el destino. Se lo impidió el reto final del Grand Colombier, donde Isaac del Toro posó su sonrisa de ganador tras cinco golpes en el pecho y una reverencia. Se reivindicó Del Toro en una jornada maravillosa.
El águila de México sobrevolando el Tour Auvergne. Se impuso el mexicano en una ascensión agonística en la que sometió a Juan Ayuso, que dinamitó la subida, pero no pudo soportar la carga final de Del Toro, que saludó su victoria con una reverencia teatral. Le aventajó en 24 segundos.
Poco después asomaron Johannessen, Jorgensson y Uijtdebroeks. Descompuesto por el esfuerzo, conmovedor, Seixas llegó a la cima con más de un minuto de retraso. Después le consoló su familia.
Primero su padre y después su abuelo. El cariño es el mejor reconstituyente. En los límites se sostuvo Tuckwell. Aún líder tras el calvario. Maneja una renta de 42 segundos sobre Jorgenson y 49 sobre Del Toro, el gran favorito.
Antológico Seixas
Seixas, el elegido, dignificó la derrota con una exhibición epidérmica. Decidió luchar como un boxeador sonado que no esquiva el castigo, que continúa a pesar de todo. Ni un paso atrás. Camina o revienta.
Con la ambición de los grandes, peleó por cada palmo de terreno hasta que pudo regresar al pelotón, que trató de darle el descabello. Rebelde, corajudo, salió victorioso.
Abandonarse era un tentación, pero Seixas, eligió el camino de las gestas. Ese lugar donde se almacena lo inolvidable, donde el recuerdo supera los resultados. Esa remontada, extraordinaria, le situó en el imaginario colectivo para una de esas frases que comienzan con un te acuerdas…
Rehabilitado Seixas, a pesar de las penurias, de Lázaro, levántate y anda, olía a zafarrancho de combate camino de Grand Colombier, el leviatán, 8,5 kilómetros al 10,1% de pendiente media. La montaña que a todos desnudaría.
El radiólogo Hors Categorie. Por delante se mantenía en pie una fuga en la que respiró entre jadeos Carlos Rodríguez en la ascensión al Col de Richemond. Amortizado el andaluz, al cuarteto en libertad le restaban un par de alientos.
Atrás habían quedado las muescas de cuatro puertos y la caída de Seixas. Tuckwell, el líder, se sentía cómodo entre el manejo del Lidl de Ayuso y el UAE de Del Toro. Seixas trataba de recuperarse, de aliviar el pescozón y de dejar en la oficina de objetos perdidos la sensación doliente de la caída.
Quinn Simmons, bigotudo norteamericano, prendió la mecha de la aproximación al gigante. Comenzaba el ritual de la supervivencia en un comienzo de puerto que es un directo al mentón.
El Visma de Jorgenson cambió el paso para desenmascarar a Tuckwell y agrietar al astro galo, que penaba tras la caída, que le descompensó el organismo.
La apuesta de Ayuso
Seixas no era el de la salida. Ayuso, ambicioso, consciente de la situación del galo, se agitó. Agarró unos segundos. Jorgenson, Del Toro y Johannessen intuían al alicantino, el maillot desabrochado, una cadena balanceándose en su cuello. A Seixas, en el grupo del líder y Skjelmose, le daba consuelo anímico Bisiaux. Una tirita para la moral.
Se subía a cámara lenta, congeladas las piernas por las cuestas que crepitaban calor y dureza. Los árboles traían algo de consuelo a Ayuso, con una veintena de segundos de renta sobre Del Toro, Jorgenson y Johannessen.
A Tuckwell la montaña comenzaba a doblarle el ánimo. Mostraba la chepa, pero resistió. Seixas le dejó. Con el francés subía Skjelmose a unos segundos de los perseguidores de Ayuso. Del Toro mostró la cresta.
Se lanzó a por el alicantino. Seixas, admirable el pundonor, peleaba en una demostración descomunal de su capacidades. A pesar de todo, no se abandonó. Ayuso apretó cuando sintió la sed de venganza del mexicano, emisario de Pogacar.
Dos ex mal avenidos. Quedan los rescoldos del divorcio. Del Toro hizo estallar a Ayuso en cuanto le tocó el hombro. Una recta sin final, al 11%, era la autopista hacia el cielo, en el que se encaramó Del Toro. A Seixas le tocó caminar en el averno. Gloria para Del Toro. Honor para Seixas.