Cuando Maialen Baldeón recuerda sus inicios, se le escapa una sonrisa que no necesita explicación. Tenía 9 años y solo sabía una cosa: quería dejar el baloncesto. Su padre, que había practicado esgrima, le propuso probar. Ella frunce ligeramente el ceño al contarlo, como si aún pudiera oírse diciendo que no le iba a gustar. “No sabía ni lo que era”, admite entre risas. Pero fue probarlo y sentir algo distinto.
Mientras lo cuenta, sus ojos se iluminan con ese brillo que aparece cuando se habla de algo que ya forma parte de uno mismo. “Lo probé… y me encantó”. No hay romanticismo en la frase, solo hechos. Desde entonces, la esgrima dejó de ser una actividad extraescolar para convertirse en su espacio.
Con 13 años se proclamó campeona de Álava en su categoría. Al recordarlo, baja la mirada un segundo y vuelve a sonreír, esta vez con un punto de orgullo tímido. “Fue la primera vez que sentí que algo se me daba realmente bien”. Más que la medalla, fue la sensación de que el esfuerzo tenía recompensa. De que había encontrado algo propio.
A los 15, Maialen empezó a competir en categoría absoluta. El salto fue brusco. “Ahí eres la novata”, dice, y las palabras parecen pesarle todavía un poco. “Pasas de ganar a empezar casi desde cero”. Sin embargo, lejos de desanimarla, aquello la hizo crecer. Aprendió a perder, analizar e insistir.
“Cuando fui campeona de Álava es la primera vez que sentí que algo se me daba bien”
Hoy con 20 años, compite en torneos nacionales desde hace cuatro. Cuando habla de esos campeonatos, su tono cambia ligeramente. Se vuelve más serio. “Ves a gente que es referente en la esgrima y piensas: ¿Qué hago yo aquí? –hace una pausa–. Pero cuando empieza el asalto, todo eso desaparece”. Porque en la pista solo hay dos tiradores.
Estrategia y sangre fría
Maialen practica espada, una de las tres armas de la esgrima junto al florete y al sable. En esta modalidad todo el cuerpo es blanco válido y los tocados dobles cuentan.
Eso significa que cada decisión es un riesgo calculado. Atacar demasiado rápido puede suponer recibir al mismo tiempo. En cambio, si esperas demasiado puedes perder antes de tener la oportunidad de atacar.
Las competiciones arrancan con asaltos a cinco tocados en fase de grupos y continúan con eliminatorias a 15, divididas en tres periodos. Son combates intensos, en los que el físico importa –y mucho–, pero donde la cabeza suele decidir.
“Es muy físico, acabas agotada”, explica con sinceridad. “Pero es más mental todavía. Tiene parecidos con el ajedrez”. En esgrima no gana solo quien es más rápido, sino quien anticipa, quien engaña, quien mantiene la calma cuando el marcador aprieta.
En el Club Esgrima Gasteiz (CEGA), donde entrena desde pequeña, aprendió que la base del progreso está en la repetición. “Hay ejercicios que haces una y otra vez”, resalta. “A veces parecen aburridos, pero cuando en un combate te salen sin pensar. Lo entiendes todo”.
Perfeccionar el fondo –el ataque directo– le llevó horas de insistencia. Lo cuenta con tenacidad y cariño. “Hasta que no me salía perfecto no paraba”.
Su entrenadora, María Ascasso, suele describirla como cabezota en el mejor sentido: “Es constante, exigente consigo misma e incapaz de conformarse”.
Ser tiradora implica asumir la responsabilidad total de lo que ocurre. No hay compañera que cubra un error inmediato. No hay balón que repartir. “Tienes que decidir en menos de un segundo”, repite. Y en esa decisión se concentra todo: técnica, intuición y carácter.
“Los ejercicios parecen muy aburridos, pero lo entiendes todo cuando en un combate te salen sin pensar”
Bajo la máscara
Desde la grada, la esgrima puede parecer un deporte silencioso. Pero dentro de la careta la adrenalina se dispara. Cada movimiento del adversario se convierte en una pista. Maialen lo describe como una conversación rápida y tensa entre dos personas que intentan imponerse sin perder la cabeza.
La esgrima exige coordinación, resistencia y reflejos, pero también resiliencia. En un sistema de eliminación directa, un mal asalto puede dejar fuera a cualquiera. “Te enseña a seguir cuando algo no sale”, asegura, esta vez con una seriedad que no necesita adornos.
Y, sin embargo, uno de los recuerdos más felices no fue individual. Fue en equipo, en un Campeonato de Euskadi. Cuando dieron el último tocado y aseguraron la victoria, se abrazaron y saltaron juntas. Maialen esboza una sonrisa junto una ligera risa y dice: “Normalmente celebras sola. Compartirlo fue diferente”.
Sus objetivos inmediatos radican en seguir escalando posiciones en el ranking nacional y tomar parte en el campeonato de España sub-23 previsto el 7 de marzo en Logroño. El sueño, competir algún día a nivel internacional. No lo dice con énfasis, sino con esa serenidad que da el trabajo constante. Cuando habla del futuro no pierde el brillo en lo ojos.
“Los ejercicios parecen muy aburridos, pero lo entiendes todo cuando en un combate te salen sin pensar”
Porque para Maialen la esgrima nunca fue un deporte minoritario, sino el lugar donde aprendió a confiar en sí misma y a decidir sin titubeos. “Yo también empecé sin saber nada”, comenta, como quien se reconoce en aquella niña de 9 años que no quería seguir en baloncesto.
Hoy, cada vez que se ajusta la máscara, no solo empieza un asalto; empieza todo lo que ha construido desde entonces. Y en ese instante –breve, eléctrico– caben los años de trabajo, las dudas superadas y la certeza de que eligió bien.