“Hay temas que no pueden faltar jamás. Pero también necesito sorprender, ofrecer algo distinto, incorporar lo nuevo. La lista de canciones puede ir variando a lo largo de la gira, según la emoción de cada noche”. Así sucederá el próximo 7 de noviembre, con el regreso a la capital alavesa de Raphael. El encuentro con el público se producirá en el Buesa Arena, donde las entradas ya se encuentran disponibles. Será dentro de la gira Raphaelísimo, en la que está recuperando buena parte de los temas que han cimentado su carrera a lo largo de las décadas.

Hace diez años, la última vez que vino al Buesa Arena, comentó en estas mismas páginas: “La música todavía tiene mucho que enseñarme”. ¿Sigue siendo un estudiante de esto?

–Absolutamente. Y espero no dejar de serlo nunca. Cuando uno cree que ya lo sabe todo, se acabó. La música cambia, el público cambia, uno mismo cambia… y eso obliga a estar atento, a escuchar, a observar. Yo sigo aprendiendo cada día, en cada ensayo, en cada concierto. Eso es lo maravilloso de este oficio: que nunca se termina de aprender.

“No intento gustar. Intento ser auténtico. Los jóvenes no son tontos; perciben cuando alguien no es verdadero”

Hay multitud de canciones que el público quiere escuchar y supongo que, siempre, al afrontar cualquier nueva gira, tiene que ser un auténtico dolor de cabeza decidir qué entra en el repertorio y qué se queda fuera, ¿verdad?

–Es lo más difícil de preparar de una gira, sin duda. Porque el público quiere oír sus canciones, las que forman parte de su vida. Y yo eso lo respeto muchísimo. Hay temas que no pueden faltar jamás. Pero también necesito sorprender, ofrecer algo distinto, incorporar lo nuevo. La lista de canciones puede ir variando a lo largo de la gira, según la emoción de cada noche. No me gustan los repertorios rígidos; siempre tiene que haber margen para la improvisación.

El valor de las canciones

¿Tiene sus canciones preferidas dentro de la trayectoria de Raphael? ¿Cuáles?

–Hay muchas. He tenido la suerte de contar con un repertorio muy sólido a lo largo de mi carrera. Yo soy aquél cambió mi vida. Mi gran noche es la celebración eterna con mi querido público. Qué sabe nadie es mi himno… Pero hay otras menos conocidas que a mí me conmueven profundamente, como, por ejemplo, Si no estuvieras tú. Las canciones van creciendo contigo. Algunas las entiendes de verdad con los años.

Raphael Cedida

¿Qué canciones de otros artistas o grupos le hubiera gustado cantar pero hasta ahora no ha podido llevarlas a su terreno?

–He tenido la suerte de cantar muchísimas canciones maravillosas, incluso homenajear a grandes autores y a la canción francesa recientemente con el disco Ayer… aún. Pero siempre hay canciones que uno admira y piensa: “qué maravilla”. No tengo una espinita concreta, porque muchas de ellas las grabé en Raphael 6.0, donde precisamente interpreté temas que me hubiera gustado cantar antes. Si algo me emociona de verdad, tarde o temprano acaba encontrando su momento.

“Queda la ilusión intacta. Y el hambre de escenario. Lo que cambia con los años es la experiencia, la serenidad”

Tanto en este concierto como en el resto de los que tiene previstos a lo largo de este 2026, habrá entre el público gente de todas las edades, también de 20 y 30 años. Quiero decir, habrá generaciones muy distintas entre sí compartiendo el mismo espacio, el suyo. ¿Cómo se hace para poder gustarle a todas esas generaciones, a un abanico tan amplio?

–No intento gustar. Intento ser auténtico. Los jóvenes no son tontos; perciben enseguida cuando alguien no es verdadero. Yo salgo al escenario a darlo todo, como siempre he hecho. Y la emoción no tiene edad. Cuando una canción está interpretada con verdad, llega igual a alguien de veinte años que a alguien de setenta. La clave es el respeto: al público, a la música y a uno mismo.

¿Un pionero?

Incluso de la última vez que estuvo en Vitoria a hoy, y solo han pasado diez años, la industria de la música ha cambiado mucho. Ahora se subraya mucho la idea de que la música en castellano está ganando a la anglosajona. Eso sí, Raphael ya triunfaba hace décadas en muchos países, también atreviéndose a cantar en otros idiomas. ¿Se ve como un pionero?

–Yo no he pensado nunca en términos de pionero. Yo salí a cantar fuera porque quería que me escucharan. Y el público respondió. Si eso abrió caminos, me siento orgulloso, claro que sí. Siempre he defendido nuestra lengua en los escenarios de todo el mundo. Pero lo hice de forma natural, porque era quien soy y porque siento una verdadera vocación por mi profesión.

“Sigo aprendiendo cada día, en cada ensayo, en cada concierto. Eso es lo maravilloso de este oficio”

¿Qué queda y qué no de aquel chaval que empezó cantando ‘Te voy a contar mi vida’, por ejemplo?

–Queda la ilusión intacta. Eso no se ha ido nunca. Y el hambre de escenario. Lo que cambia es la experiencia, la serenidad. Antes todo era ímpetu; ahora hay más conciencia de cada paso. Pero la pasión es exactamente la misma.

Es perfectamente consciente de lo que Raphael representa para millones de personas en muchos países. ¿Pero qué representa para Miguel Rafael Martos Sánchez?

Raphael y Rafael Martos son la misma persona… no hago grandes separaciones. Tengo la fortuna de poder dedicarme al oficio que más me llena y no necesito vivir en dos mundos distintos. Después de más de sesenta años de carrera, he encontrado equilibrio y serenidad entre mi vida personal y profesional. Prefiero verlas unidas.

La música

Sí, la música es su profesión, su modo de vida, pero ante todo para usted, la música es...

–Es necesidad. Es mi forma de respirar. No sabría vivir sin música. No es solo un trabajo; es mi manera de entender el mundo y de relacionarme con él.

Como es lógico y normal, todos los conciertos de este año son en grandes recintos. ¿Qué hay que saber para dominar escenarios de gran formato, dónde está el truco? ¿No echa en falta una gira por teatros más pequeñitos, casi solo con un piano y poco más?

–Un escenario grande no se domina por tamaño, sino por presencia. Tienes que hacerlo íntimo, aunque haya miles de personas. Yo canto igual para dos mil que para veinte mil. Y sí, los teatros pequeños tienen un encanto especial, más cercano, casi confidencial. Pero mientras haya público con ganas de vivir esa experiencia y dialogo juntos, el formato es lo de menos.