Matt Haig esbozó su novela en el paréntesis de una pandemia mundial sobre los frágiles mimbres de un planeta sumido en una crisis espiritual permanente, desde los inicios de 2020. El escritor recreó la mente en la arquitectura imposible de una biblioteca infinita suspendida entre la vida y la muerte, un espejo vital que devuelve una imagen que urge redimir, la nostalgia de un yo perdido entre las expectativas de otros. No ofrece respuestas, sino que visibiliza encrucijadas que desaprisionan la fuerza necesaria para el crecimiento personal.

La sabiduría de asumir la muerte como una posibilidad inminente, descartaría una gran mayoría de las determinaciones por las que nos decantamos, empujados por el miedo o el entusiasmo. Creer en el tiempo como una magnitud física inagotable, desencadena un trazado de recorridos fruto de nuestras decisiones, más o menos acertadas. Como apuntaba magistralmente Silvia Plath, nos empuja el anhelo de sentir todas las tonalidades, matices y variaciones de la experiencia física y mental que sea posible.

Deleitarnos con todas las variantes que nos ofrecen las infinitas posibilidades desarrolladas por los sentidos, es la tentación que mueve el mundo, desde el tónico salvaje del que hablaba Thoreau, es decir, la búsqueda inconsciente y necesaria del locus amoenus virgiliano, que viste a la soledad escogida como la más atractiva de las musas, hasta el animal social que impulsa a buscar conexión con los otros. El tan estimulante ejercicio de reconocimiento colectivo para el que estamos programados desde el Paleolítico Medio, como herramienta de supervivencia física y emocional.

Un espejo vital que devuelve una imagen que urge redimir, la nostalgia de un yo perdido entre las expectativas de otros

El autor desarrolla de manera extraordinaria esta pulsión vital en su novela La biblioteca de la medianoche (The Midnigth Library es su título original), cuya protagonista, Nora Seed, se ve deslumbrada por sus múltiples capacidades, bloqueada ante la eventualidad de brillar. Aterrada por el riesgo que implica amar, disfrutar, triunfar, asumir el libre albedrío como ocasión para madurar sus pasiones, empatiza de manera catastrófica con lo que se espera de ella, siempre a punto de vivir, sin llegar a materializarlo: Se sentía como una conductora con el carné recién sacado en una rotonda con mucho tráfico, esperando nerviosa un hueco para entrar.

Fascinada por la teoría de la superposición cuántica desarrollada por Schrödinger, renunciar logra desestabilizarla tanto como aceptar el salto que implica decidir, consciente de las consecuencias, a veces irreversibles, de nuestras propias determinaciones. Optar entre volar al vacío o permanecer en la jaula. Hay momentos álgidos en los que su viaje fluye entre los universos elegidos hasta el punto de desdibujarse, cohabitando en el multiverso, envuelta en un halo agotador, con una intensidad plena y contradictoria a caballo entre amoralidad arrogante y conformidad exasperante, que angustia profundamente al lector y lo seduce al tiempo.

Vivir no es un acto de valentía, sino de constancia. Los arrepentimientos no miran hacia atrás, se proyectan

Haig nos recuerda con plena conciencia que ningún estilo de vida nos inmuniza contra el drama y evidencia el espacio que la tristeza reclama, implacable, en cualquier existencia. Toda historia, por óptima que sea, implica desgaste y renuncia; no existe la plenitud, solo diferentes formas de carencia. La única manera de aprender es vivir… Con demasiada frecuencia, nuestra idea del éxito es una idea falsaria, impuesta desde fuera, toda una batería de medidas que usamos como baremo para nuestras vidas.

Nora se impone avanzar, imparable, descartando comprender el sentido de vivir, zambulléndose en el más puro epicureísmo, desencadenando un poder inigualable: la aceptación de lo efímero de la presencia. Declina la autorización a veces exigida por el entorno y se elige al dictado de su propio decálogo vital.

Coquetea con el existencialismo, pero no desde el hastío, sino desde la rebeldía. Vivir no es un acto de valentía, sino de constancia. Los arrepentimientos no miran hacia atrás, se proyectan. No hay nostalgia por lo que se renunció ser, sino por lo que se cree que hubiese sido mejor. El autor convierte esa proyección en un espacio narrativo y nos guía para caminarlo. Vuelca en un lenguaje absolutamente incisivo toda su intención: una obra que aborda un tema tan delicado como es la salud mental no puede permitirse ser edulcorado.

El propósito de la señora Elm, la bibliotecaria, es el reconocimiento de Nora del derecho a equivocarse y es en esa indulgencia donde encuentra el camino de la serenidad. Proporciona a su discípula una brújula vital en la que reconocerse frágil, humana, envuelta en una narrativa que combina hábilmente el realismo mágico con un profundo análisis de las emociones que a menudo bloquean la existencia.

Novela

‘La biblioteca de la medianoche

Autor: Matt Haig.

Editorial: ADN Editorial.

Traducción del inglés: Miguel Marqués Muñoz.

En este sentir se da cabida al error no como un estigma, sino como una puerta abierta a una nueva realidad, una inyección de esperanza, tan necesaria en estos tiempos convulsos en el que el sentimiento de pérdida es una constante.

Las exigencias contemporáneas, el imperativo de la tan manida obsesión por ser la mejor versión de uno mismo, desata una concatenación de culpas, de vergüenza ante el fracaso por comparación con existencias cuyas sombras son deliberadamente camufladas.

La sobrexposición, en cualquiera de sus manifestaciones, nos sume en agravios comparativos que diluyen nuestra esencia, destruyen la introspección necesaria para un crecimiento vital real. Desmarcarse del entorno es una premisa esencial para la construcción de un yo auténtico, autosuficiente.

Su lectura es sencilla, incluso previsible por momentos, cualidad que torna en un bálsamo que abraza y calma, logrando cambiar la relación emocional de quien la recibe con su propia vida. Estamos ante un texto sin pretensiones, cuya función es recordar que leer sigue siendo una forma de vivir otras vidas sin perder la nuestra, exponiendo de manera directa y áspera las aristas en las que nuestro yo se tambalea. Exhaustos ante el vértigo de elegirnos de manera consciente e independiente de la valoración externa, claudicamos a lo esperado.

Descubrimos una novela diferente, un soplo de aire fresco que expone la ansiedad contemporánea sin banalizarla, relativizando, ofreciendo luz. Expone una idea tan sencilla como devastadora: disfrutar de la existencia que nuestras decisiones han creado, por errática e imperfecta que resulte.

La biblioteca de la medianoche plantea un diálogo entre la literatura y la vida, un espacio que permanece abierto, un ente vivo que respira como lo hacen todas las bibliotecas, esperando impaciente al próximo lector que entre sin saber si busca solo una historia, o, quizá, una razón para quedarse un poco más.