Ahora que el frío parece que quiere empezar a apretar de verdad, el calor está más que asegurado este sábado en el Urban Rock Concept. Será a las 21.00 horas cuando el espacio de Portal de Gamarra, que todavía tiene algunas entradas disponibles, abra sus puertas para, poco después, dejarse atrapar por los temas de siempre y las últimas canciones de Ñu, como siempre con José Carlos Molina al frente.

¿Cómo está siendo la vuelta a los conciertos en condiciones prepandémicas?

Nos pilla un poco de aquella manera. Cuando todo se paró, estábamos con muchas fechas previstas y con una inercia de directos muy fuerte. Detenerse y volver a empezar en un momento diferente al que teníamos programado nos ha venido bastante jodido. Además, en estos últimos meses han aprovechado todos los promotores y los grupos guiris para venir y dejar vacíos los bolsillos de la gente. Claro, nosotros ahora somos los que recogemos las frutas y los tomates que nos han dejado todos los que han pasado por delante en la carretera. Nos queda la calderilla que tiene la gente en los bolsillos para los grupos españoles. Eso me pone de muy mala hostia y me gustaría que cayese una bomba.

Y a pesar de eso, se acerca nuevo disco...

Nuevos. Mi disco en solitario lo tengo ya aquí. Quiero organizar una promoción concreta con él. Y también hay nuevo disco con Ñu, que, eso sí, todavía no está fabricado. Realmente no creo que necesitemos discos nuevos para que la gente vaya a vernos, tenemos demasiado repertorio ya. Pero creo que siempre hay que presentar algo nuevo a la gente, por lo menos para que lo escuche en casa y se entretenga un rato. Con todo, el nuevo disco de Ñu saldrá un poco más adelante. Después ya veremos. Nadie sabe qué pasará. Ahora parece que estamos igual que en el año 2000. Están acojonando a la gente con que no hay que sacar discos, que ya nada funciona. Y me acuerdo en 2000 de escuchar la misma gilipollez. Los músicos tenemos que sacar álbumes.

Después de tantos años en esto y sabiendo a la perfección lo que funciona, lo fácil sería repetir la fórmula y ya está.

Si elegí este oficio fue precisamente para no repetirme. Sí, podría haber hecho canciones como El flautista sin parar. Imagina, hacer 12 iguales, pero con diferentes ritmos. Lo mismo me hubiera ido bien, no te digo que no. Pero estaría aburrido, a lo mejor me habría suicidado, me hubiera dado a las drogas o yo qué sé (risas). Así que intento ir buscando nuevos alicientes en mi música. También es verdad que la mayoría de la gente no es muy de eso y quiere siempre lo mismo. Pero lo hago más que nada por sobrevivir yo dentro de mi oficio.

Aún así, hay canciones que hay que tocar en los conciertos sí o sí, si uno quiere salir vivo...

Sí y lo hago. En realidad, te reconozco que estoy haciendo un poco de abuelo consentidor. Estoy en ese plan de: venga, lo que quieran los niños. En realidad, los estoy maleducando. Estoy maleducando al público cuando en realidad me gustaría coger una ametralladora y cargármelos a todos (risas).

Todo cambia, también la escena actual, en la que Ñu sigue pero aparecen nuevas bandas.

La gente nueva que sale, afortunadamente, inventa a partir de una parte de la historia. Yo estoy al día con todo lo que pasa, lo que sucede es que a mí los nuevos sonidos, aunque los utilizo algo, me aburren un poco. Me gusta más coger sonidos de otras épocas, la verdad. Si me pusiera a hacer lo que la gente ahora llama metal, me aburriría. Lo que yo vendo es mi historia. No puedo estar a la última que sale en sonido, producción, tecnología y moda porque entonces dejaría de ser quien soy, me convertiría en alguien con peluca rosa y consolador en el culo.

Cuando sale al escenario y ve que en la primera fila hay un chaval o una chavala de 17 o 18 años...

No pasa nada. Depende de si es chaval o chavala (risas). Me alegra mucho verles. Es síntoma de que a la gente joven también le gusta lo clásico. Yo también veía a los payasos en la televisión cuando ellos eran muy mayores y a mí tampoco me impresionaba tanto su edad.

En los últimos años, y parece que la pandemia ha agudizado esto, los festivales se están multiplicando. ¿Escenario pequeño o grande?

En principio, me muevo mejor en escenario grande porque hago mis rollos, mis paseos, mis gestos y todo eso. En los pequeños tengo que reducir esa parte a una especie de monólogo de José Sacristán o Lola Herrera (risas). A los festivales parece que ahora va mucha gente, pero lo de cagar en el campo y en váteres que huelen mal es una mierda. Prefiero mear en el váter de un teatro, que está mucho más limpio. A partir de ahí, lo que me gustaría es que suelten las llaves de los teatros y nos los dejen como en Inglaterra. Bueno, como nos pasaba a nosotros cuando empezamos, que tocábamos en los teatros, los cines, los colegios mayores y demás. Luego nos pasamos a lo de las discotecas y el grupo que más funcionaba era el que hacía mejor música para borrachos. Ahí perdimos todo (risas).

Han cambiado mucho las cosas desde mediados de los años 70.

En algunos aspectos, sí. Pero en lo cruel que puede ser el público con el artista, no ha cambiado nada. En este país, además, va por épocas. Nunca nos matan del todo, siempre se quedan la posibilidad de resucitarte para seguir jugando. Nos suben arriba y luego nos tiran. Y así hasta el final.

Pero esto de la música algo tiene para que usted siga.

Pues sí, la verdad. Puede que de vez en cuando me pueda recoger por ahí alguna viuda solitaria que, por pena, me de un desayuno por las mañanas. Sigo intentando conseguir esa suerte.