vuelven con la tarjeta de memoria llena. Y las retinas cargadas. Dos semanas de gira en Japón han dejado en The Freetangas una sensación de espectacular vorágine, un paladar que sabe a sopa de miso con punk. A otaku en templo taoísta. A metro, metro y más metro.
Porque Javi, Mikel y Asier no han parado. Era la única forma de ofrecer siete bolos por toda la geografía nipona en menos de una semana. La única de tratar de absorber la apoteosis urbana de un desbordante Tokyo -allí donde dispares hay una foto-, la única de disfrutar de un viaje que ha combinado su pasión musical con el descubrimiento de un universo paralelo.
Trece horas de vuelo después, el trío gasteiztarra aterrizaba en las islas, con equipaje de maletas, instrumentos y jet lag. Sogo, desde hace años anfitrión de numerosos grupos vascos en el país del sol naciente, les abrió las puertas de su propia casa, "a dos paradas de metro de Shibuya, un cruce que cada día pasan casi un millón de personas, donde se grabó la escena de Lost in traslation", apunta Javi. "Según llegas a Tokyo te marea, es un sobreexceso de información".
En la capital japonesa desaparecen las marcas. Las marcas espaciales, succionadas por las comerciales. "Aquí tienes la referencia de la farmacia de la esquina, allí no". Tras dos días de aclimatación, entre el barrio tecnológico y la paz zen, entre la zona de freakies y un tráfico arrasador -"pero no oyes ni un claxon ni un taco"-, los tres se percataron de algo. Japón es ordenado, eficiente. El tiempo es dinero. Sogo les había dado algunas claves: "no molestar, no pararse en cualquier sitio, andar por la izquierda, tener las cosas claras a la hora de comprar o comer algo...". Eran ciertas.
El hormiguero, la vida incesante se trasladó a la música. Primer bolo, en la sala Marz. Nervios en los preparativos. Innecesarios. A lo largo de toda la gira, la profesionalidad de los técnicos ha marcado los conciertos. Eso sí, se empieza en punto. Freetangas son los últimos de un total de seis grupos. Tienen cuarenta minutos. Descargan trece temas. En la primera canción, la claqueta de Mikel no funciona. Tiran adelante. Asier aprende dos fórmulas en inglés para las presentaciones. Pero en Freetangas son los instrumentos los que hablan. Y en Japón no hay molestas conversaciones que los interrumpan. "Son un público más de observar".
En los directos se paga entrada. Hay que hacer valer el trabajo de los técnicos y los grupos. La red se sostiene por ese respeto. "Por eso, aparte de nuestras sensaciones, lo que contaba era responder a Sogo, al manager, que nos ha apoyado muchísimo y que está abriendo una puerta entre dos mundos".
Aquí no se para. Un poco de postconcierto, metro, casa, dormir... Ohayou! y a la furgoneta Nissan, camino del pueblo natal de Sogo, Tsu, a 600 kilómetros de Tokyo. Siete personas, más instrumentos, en busca de un local al más puro estilo gaztetxe. "Bueno, más bien el decorado de una película sobre un gaztetxe, todo limpio y ordenado". Tras un primer bolo más electrónico, Freetangas se dejan llevar por su lado más cañero en la sala Bass 1 y en Nagoya (sala Tiny 7), con festivales que derivan hacia el punk, con bandas como Red Bacteria Vacuum, Buddha Head, Thermostad... Conciertos más intensos, "en un rollo más sudoroso".
De la casa de Sogo al típico hotel japonés con tatami, a un resort de espirituales jardines... Cinco horas de sueño máximo al día. Comidas de lo más variado. Pez limón, atún rojo, un ramen (sopa de fideos) "de llorar de bueno", arroces, carnes... "He cogido tres kilos", confiesa Javi. Nada de siesta. Konnichiwa y camino del Dojin Bar, un local hippie donde compartieron tablas -una vez más, perfectamente organizadas- con A-Fank Syndicate, más que probables visitantes en la gira inversa al País Vasco.
Quedan tres bolos en la capital. En las salas Moon Step, Warp y Chikyuya. "Vino gente que había estado en el primer concierto", recuerda Javi. Freetangas ya acumula sus primeros fans, vende algunos discos y camisetas. Descubren al grupo Anglipogachan, un dueto en el que el batería toca el xilófono y el violinista el piano. ¡Todo a la vez! ¡¡¡Y en plan operístico!!!
Tras el bolo, Sogo reparte encuestas entre el público. Los tokyotarras opinan. "Muchos nos decían que era una música que nunca se había oído en Japón", explica el teclista vitoriano. Fiesta latina de Japonicus, el proyecto de Sogo, y oyasumi. A la cama. Al día siguiente, más ración de subway. Moverse a otro barrio de Tokyo "es como ir de aquí a Irun". Y toca correr de vuelta a la estación para no quedarse colgados. Y, para acabar, al día siguiente, último concierto solidario, en el festival de la ONG Peace not War...
La música acaba. Quedan unas horas para disfrutar de la explosión de color y comercio, para volver a sumergirse en el hormigueo, entre casas bajas y rascacielos, entre mercados tradicionales, carteles y neones. Comienzan a tomarle el pulso cuando toca irse. "Me hubiese quedado un mes más", asegura Javi. "Y, de hecho, nos han abierto las puertas para volver". Tras una gira intensa -siete bolos en ocho días-, Freetangas están en envidiable forma, algo que se dejará notar en la presentación de Persecution, el viernes en la sala Ibu Hots junto a sus amigos de Sequence the silence.
Teichi, Txako, Sogo... En Japón ha quedado más de un tomodachi. Hay muchos e-mails por responder. No ha sido un sayonara, sino un matta ne. Queda paladear los sabores. Degustar el eco de los bolos. Y rememorar las mezclas de los boles. Freetangas vuelven de Japón con un ejemplo de trabajo impecable. Exige esfuerzo, pero ofrece al músico la posibilidad de un circuito continuado para mostrar su trabajo. Serio y eficiente. Profesional y eficaz. El arte no tiene por qué reñir con una manera empresarial de entender el trabajo. Cuando se sube a unas tablas, sigue naciendo la expresión. Aquí... y en Japón.