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Sobre Xabin Egaña

Ayer se presentaba en Artium el libro de Fernando Golvano Xabin Egaña. Dar forma al gran collage del mundo. Más de cuatrocientas páginas dedicadas a un artista fallecido hace veinte años. No es poca cosa. Ni frecuente. En un tiempo que confunde actualidad con valor y novedad con interés, dedicar tanta atención a una obra cerrada tiene algo de gesto necesario. Como si, en medio del ruido, alguien se detuviera a escuchar lo que todavía cruje debajo.

Xabin Egaña nació en Oñati en 1958 y murió en Gasteiz en 2006 sin llegar a cumplir los cincuenta. Fue un artista viajero, inclasificable, poco apto para las casillas y ajeno a esa costumbre local de ordenar a los creadores por generaciones o familias. Había pasado por Donostia, Barcelona, Bilbao, Alemania, Nueva York o Noruega antes de recalar aquí. En el currículo que escribió para el catálogo de Vida nueva, la muestra de la Sala Amárica de 2000, dejó una frase mejor que muchas exégesis: “También el mundo es una academia”.

El libro recorre una obra amplia y nada obediente: diseño, dibujos, libros, polaroids y, sobre todo, pintura. Mucha pintura. También recuerda algo que a menudo se simplifica: Xabin no fue un artista lineal. Hizo cómic en sus comienzos, atravesó una figuración muy personal, avanzó hacia la abstracción y alternó esa deriva con libros de paisajes en acuarela como Oinez y Diario de un peregrino. Más que una evolución recta, lo suyo parece una acumulación de estratos: cada capa no borra la anterior, la cubre y la deja respirando por debajo.

Su obra tiene un sesgo vital y melancólico. Vital, porque está atravesada por el viaje, el movimiento y la necesidad de salir y mirar. Melancólico, porque incluso cuando la imagen se abre queda un poso de pérdida, de tiempo acumulado, de mundo quebrado. El título del volumen acierta: dar forma al gran collage del mundo. No como adorno verbal, sino como una manera precisa de nombrar una obra hecha de capas, fragmentos, memoria visual y restos de realidad. Xabin trabajaba como quien recoge esquirlas sin fingir que el jarrón sigue entero.

Tampoco era gran amigo de los saraos del mundo del arte. Le tiraba más lo alternativo, lo lateral, lo menos domesticado. De ahí que expusiera en espacios como Zuloa. También estaba muy conectado con lo que se llamó rock radical vasco. Tenía muchos amigos en aquellas bandas y en ese entorno encontraba una energía más cercana a su manera de estar que la del ceremonial artístico. Salía de noche a dibujar recorriendo bares y discotecas.

El problema de fondo no es solo la desmemoria institucional. Antes está la desmemoria social. Una sociedad olvida pronto a sus artistas, salvo que den dinero, escándalo o medallas. Y precisamente por eso la institución cultural no debería limitarse a programar novedades. También tiene que trabajar la memoria. No por nostalgia, sino por responsabilidad. Porque esa obra es patrimonio. Es herencia. Es parte de lo que una comunidad ha pensado, mirado y sido.