Para mucha gente, marzo trae la primera alergia, un sol tímido y la ilusión de guardar por fin el abrigo. Para una parte del sector cultural trae otra cosa: la yincana de las ayudas. No florecen los almendros: florecen los anexos. No cantan los pájaros: crujen los certificados digitales. No llega la primavera: llega la temporada alta del PDF. Es el momento en que muchos colectivos tienen que hacer dos cosas a la vez, las dos urgentes y las dos plomíferas. Por un lado, justificar hasta la extenuación lo que hicieron el año pasado. Por otro, volver a presentarse a nuevas convocatorias para intentar sacar adelante el siguiente proyecto. Traducido: contar con detalle lo que ya pasó mientras se redacta con entusiasmo reglado lo que todavía no ha podido pasar. Diputación, Ayuntamiento y, en los casos con más suerte, también Gobierno Vasco. Tres puertas a las que llamar. Tres formularios que piden casi lo mismo, pero nunca de la misma manera. Tres plazos. Tres plataformas. Tres lenguajes administrativos. Y, si llegan las tres ayudas, tres justificaciones después. A veces, además, tocan las estatales. Y, para quien logra seguir subiendo de categoría, incluso las europeas, donde la burocracia ya compite en otra división. La cultura como práctica artística, sí, pero también como deporte federado de ventanilla. Porque una cosa es recibir una subvención y otra atravesar su posparto documental. Hay que entregar facturas, comprobantes de pago, retenciones de IRPF, justificantes de esas retenciones, contratos, extractos, memorias técnicas, memorias económicas. Si hay local, más papeles. Si hay personal, más papeles. Si hay colaboraciones, todavía más. Al final, un festival acaba pareciendo menos un proyecto cultural que una oposición a gestor de carpetas.
Además, las ayudas no cubren el 100%. La ley fija límites y lo habitual es quedarse en torno al 75%. El resto hay que ir a buscarlo como se pueda: encajando varias convocatorias a la vez o intentando atraer patrocinio privado. Y ahí aparece la vieja trampa. El dinero privado suele acercarse a lo que asegura visibilidad, afluencia, foto y público abundante. Lo que trabaja en procesos, pensamiento, investigación o propuestas menos aparatosas lo tiene bastante peor. Hace más cultura que ruido, y el ruido cotiza mejor. Lo más irónico, si no fuera porque agota, es que buena parte de estas exigencias recaen sobre asociaciones pequeñas y colectivos modestos. Estructuras sin contable, sin personal administrativo y muchas veces sin nadie contratado. Quien idea un programa, acompaña artistas, monta una exposición o coordina un encuentro es también quien luego pasa horas buscando un justificante bancario, revisando si falta una firma o comprobando si el archivo subido pesa más de lo permitido. La profesionalización, por lo visto, consiste en saber escanear muy bien. Nadie discute que el dinero público deba justificarse. Lo discutible es un sistema que parece poner a prueba, sobre todo, a quienes menos estructura tienen para soportarlo. Marzo llega con flores para unos. Para otros llega con una carpeta hinchada y la sospecha de que, antes de hacer cultura, aquí hay que demostrar aptitudes para la escalada burocrática.