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Piel prestada

La cultura lleva siglos diciendo una cosa simple: el ser humano se disfraza para enseñar algo, no para ocultarlo. La máscara nunca ha sido solo un escondite. Ha sido un lenguaje. Mucho antes de que unos chavales aparecieran en TikTok con orejas, colas y andares de zorro, ya estaban los excéntricos del romanticismo, los dandis que convirtieron su aspecto en manifiesto y los bohemios que hicieron de la rareza una forma de disentir. No eran enfermos. Eran una enmienda a la normalidad de su tiempo.

Luego llegó el gran cabaret contemporáneo. Hippies, glam, punkis, góticos, siniestros, ravers, emos. Cada generación ha fabricado su pequeña zoología estética y cada generación adulta ha reaccionado con el mismo temblor de párroco. Siempre hay alguien dispuesto a anunciar que esta vez sí, ahora sí, la juventud ha cruzado una línea intolerable. Ayer era por llevar el pelo largo. Luego por raparse media cabeza. Más tarde por agujerearse la cara. Hoy por ponerse una cola de peluche. El escándalo cambia de complemento, pero la cantinela moral sigue siendo la misma.

Lo interesante, culturalmente hablando, no es que existan furries o therians. Lo interesante es la rapidez con la que cierta sociedad decide leer cualquier puesta en escena como un parte psiquiátrico. Como si disfrazarse de lobo fuera más extravagante que disfrazarse de ejecutivo, de coach motivacional o de persona adulta equilibrada mientras se vive pegado a una pantalla y se acepta sin rechistar la estética corporativa del mundo. Hay disfraces bastante más agresivos y pasan por sensatos porque cotizan mejor.

El arte, además, nunca ha dejado de coquetear con lo animal. Las mitologías están llenas de híbridos, el carnaval ha funcionado como permiso para dejar de ser uno mismo y la cultura pop lleva décadas explotando el poder de la máscara, del avatar y de la identidad performativa. Bowie no salía al escenario a defender la normalidad. Leigh Bowery tampoco pedía permiso. El club, la performance, el cómic, el cosplay y media escena contemporánea descansan sobre la misma intuición: a veces hace falta exagerar el cuerpo para decir algo verdadero sobre él.

Por eso resulta cómico que tanta alarma se concentre ahora en cuatro adolescentes que maúllan en internet. No porque todo lo que hagan sea admirable, ni porque cualquier moda juvenil merezca reverencias automáticas, sino porque el mecanismo es viejísimo. Aparece una estética que no encaja en el catálogo habitual y enseguida se activa el dispositivo de siempre: ridiculizar, simplificar, patologizar.

Quizá no haya que preguntar tan deprisa qué les pasa a quienes se ponen orejas de gato. Quizá convenga preguntarse qué clase de cultura es esta que tolera sin pestañear los disfraces del poder, del éxito y de la falsa normalidad, pero se pone exquisita cuando unos chavales deciden parecerse a un animal. En una época tan domesticada, quizá no venga mal que todavía quede gente con ganas de salirse del rebaño.