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Mamitis crónica

Elena Zudaire

Garbitzaileak

Hace varias semanas que no duermo como debería o, mejor dicho, como me gustaría. Mi insomnio no es nuevo en esta columna y a temporadas es un visitante realmente pesado. Ahora estoy en una de esas temporadas. Los ovillos mentales en los que me enmaraño de madrugada son muchos y muy variados; a veces, más o menos graves, otras, totalmente superfluos pero machacantes. Pero, en definitiva, todos ellos no paran de perturbarme hasta conseguir que abra los ojos. Con esta preocupación latente, leí el otro día que, de la misma manera que nuestro cuerpo tiene un maravilloso mecanismo para auto limpiarse más allá del excusado, resulta que el cerebro también cuenta con el suyo propio: el sistema glinfático. Esta limpieza consiste en que nuestro cerebro genera una sustancia que permite ensanchar sus vasos sanguíneos para que el líquido cefalorraquídeo circule a sus anchas, arrastrando la basura sobrante. Pues bien, yo todo este alucinante tinglado me lo imagino en mi caso como una brigadilla de limpieza con pocas ganas de trabajar, que pasa las noches enteras inmersa en un eterno descanso, mientras toma café, charla y se fuma un cigarro tan ricamente. O como un grupete de aficionados que se dedica a bailar la conga, en vez de entregarse a la faena con los escobones. Quién sabe. El caso es que los miembros de mi sistema glinfático hacen cualquier cosa menos depurar los conductos de mi cerebro, y ahí está toda la información servible y prescindible que tengo acumulada, montando un atasco monumental. ¿Cómo voy a lograr dormir así a pierna suelta? Mi frustración radica en que no puedo coger un megáfono para llamarles al orden, ni tampoco hay un buzón donde pueda exponerles mis quejas. Así que, de momento, seguiré con mis ejercicios de relajación, porque también leí que España es el primer país del mundo en consumo de somníferos. Y ese melón yo no lo quiero abrir.