Álava pone en valor la historia de sus manantiales y balnearios

La Diputación disecciona las 38 fuentes curativas y los complejos termales del territorio que causaron furor en el siglo XIX
La mayoría están hoy olvidadas
Nanclares, Sobrón y Kuartango acogieron auténticas pequeñas ciudades

10.01.2020 | 06:22

Vitoria- Corría 1809 cuando el religioso Pablo Ogueta, del convento de San Andrés de Muga en Labastida, descansaba junto a un molino, aquejado de una hepatitis crónica. De repente, el agua que fluía del arroyo Makarralde "abrió una sima en cuyo fondo surgió una fuente cristalina que, más allá de calmar su sed, mitigó sus fuertes dolores articulares y sanó su mal de orina", según relataban en 1828 el cirujano Telesforo Polo y el boticario Ceferino Rufrancos, ambos de Haro, tras la petición del propietario del molino, José María de Paternina, para que estudiaran las posibles propiedades sanatorias del agua que pasaba por su propiedad.

La milagrosa curación del religioso de Labastida provocó que las bondades de la fuente de Torrentejo, hoy cubierta completamente por la vegetación, se extendieran entre los habitantes de la zona y gentes llegadas de Miranda de Ebro, Haro y Vitoria "aquejadas de enfermedades gastrointestinales o relacionadas con la menstruación, que siempre sanaron tomando periódicamente el agua y realizando dietas y ejercicio regular".

Historias como la de la fuente de Torrentejo, o Santa Lucía, y otros manantiales de agua minero-medicinales pueblan Álava de norte a sur y de este a oeste. En muchos casos se quedaron en pequeños puntos de peregrinaje en busca de agua con la que calmar los males. En otros, como los grandes balnearios de Nanclares de la Oca y Zuazo de Kuartango, los complejos levantados alrededor de sus aguas se convirtieron en los grandes centros de ocio y esparcimiento de la sociedad burguesa del siglo XIX.

Aburrida en sus cada vez más industrializadas ciudades, la clase alta ansiaba encontrar nuevas formas de pasar el tiempo. Eso, sumado a la posibilidad de regenerar cuerpo y alma, entre otras cosas, a base de novedosas técnicas de hidroterapia y supuestas propiedades entre medicinales y milagrosas del agua, acabó por convertir Álava en uno de los escenarios del auge de los balnearios a mediados del siglo XIX. Nanclares de la Oca, Zuazo de Kuartango, Salinillas de Buradón, Sobrón y Soportilla... No son pocas las localidades alavesas que levantaron auténticos complejos hídricos, casi pequeñas ciudades que con el paso del tiempo acabaron derruidos, reconvertidos para otros usos y, en definitiva, olvidados incluso para los vecinos más cercanos.

Para recordarlos y ponerlos en valor, no sólo los grandes balnearios sino también los pequeños manantiales de decenas de pueblos alaveses, el servicio de patrimonio histórico-arquitectónico de la Diputación Foral de Álava ha elaborado un exhaustivo informe, con un equipo multidisciplinar que incluye también a profesionales de la Universidad del País Vasco e historiadores independientes, sobre la arquitectura balnearia del territorio.

Además de su documentación histórica, el informe recoge medidas y propuestas concretas para poner en valor el pasado de los diferentes complejos hidroterápicos de Álava. En total, los autores han inventariado 38 fuentes y balnearios -uno de ellos en Trebiño, el complejo de Cucho-, para los que incluyen recomendaciones individualizadas. Desde los principales complejos termales hasta la fuente de Urgazi, en Aberasturi, donde "los visitantes que vienen a curar sus dolencias embadurnan el cuerpo con el negro barro que forma el agua en su recorrido y, una vez dejado secar, se lavan con el agua de la fuente y beben un buen trago". Un agua de la que, por cierto, se decía que tenía "un fuerte olor a huevos podridos", por lo que "no resulta agradable a todos los paladares y olfatos", como bien asumía Manuel Grisaleña en su clasificación de manantiales minero-medicinales de comienzos del siglo XX.

En el otro extremo se situaban auténticas "pequeñas ciudades" como el balneario de Sobrón y Soportilla, que arrancó "como una modesta casa de baños de dos plantas y cuatro bañeras" en 1859, señala el informe foral, pero que con los años ganaría espacio e importancia con ampliaciones y reformas. El complejo termal abarcaba mil y un servicios para los burgueses: hoteles, restaurantes, salones de baile, gabinetes de lectura, cafés, billares, salones de juego, oficina telegráfica, peluquería, estancos, tiendas, bazares, paseos arbolados, juegos de pelota, bolos, tiro al blanco, canchas de recreo, estafeta postal, carruajes para paseos e incluso una capilla. El estallido de la Guerra Civil puso sin embargo fin a su etapa como balneario para ir acogiendo otros usos.

Por su parte, el balneario de Zuazo de Kuartango se levantó en torno a las bondades del manantial conocido con el nombre de fuente negra o fuente de los huevos lluecos, por el fuerte olor que emanaba, recuerda el trabajo foral. Zonas para el baño con pilas de zinc y mármol de Carrara, estancias para pulverizaciones, duchas y baños de asiento... El complejo fue creciendo hasta albergar amplios y múltiples salones, uno de ellos de gran amplitud donde se celebraban conciertos y sesiones de cine, reconocido como uno de los más elegantes de la época. El de Nanclares de la Oca, hoy en día colegio de los Menesianos, el balneario mejor conservado de Álava, floreció gracias a su cercanía a Vitoria y su espectacular gran hotel. También el de Salinillas de Buradón, el de Cucho en Trebiño, el de Ibarra en Aramaio...

el declive Pese a su éxito, todos los grandes centros termales acabaron cerrando sus puertas de forma progresiva entre 1900 y 1950. El de Aramaio lo hizo cerca de 1910; el de Nanclares, pese a realizar en 1892 una enorme inversión económica, fue vendido en 1914 a los Menesianos. El de Salinillas de Buradón aguantó hasta los años veinte, pero tras la Guerra Civil, únicamente los de Cucho, Zuazo de Kuartango y Sobrón-Soportilla se mantuvieron en uso. Por poco tiempo.

38 fuentes y balnearios

Amurrio. Las fuentes de Artomaña y Astobiza, el balneario de Baranbio y la casa de baños de Villalaín.

Aramaio. Las fuentes de Arexola, Basokoulia, Itxurrondo, Goikoerrota, Ipurtotz y Alto de Cruzeta, además del balneario de Aramaiona.

Asparrena. La fuente Clueca, en Gordoa.

Ayala. Las fuentes de Zubibarri, Oleta, de la salud, de la iglesia, la cerrada y el balneario de Luiaondo.

Barrundia. La fuente Clueca, en Heredia.

Iruña Oka. El balneario de Nanclares.

Kuartango. El balneario de Zuazo de Kuartango.

Labastida. La fuente de Torrentejo-Molino Paternina y el balneario de Salinillas de Buradón.

Lantarón. El balneario de Sobrón y Soportilla.

Llodio. La fuente Iturrigorri.

Legutio. Las fuentes de Iturrigorri, Goikerrota, Iturrigorritxu y el balneario de Santa Filomena de Gomillaz.

Okondo. Las fuentes de Malkuartu.

Ribera Alta. La fuente de Paul.

Trebiño. El balneario de Cucho.

Vitoria. La fuente de Urgazi en Aberasturi y la fuente y casa de baños del Mineral en Vitoria.

Zigoitia. La fuente Labate.

Zuia. Las fuentes de Domaikia y Eskartegi.

equipo de trabajo

Autores. José Rodríguez, profesor de arqueología de la UPV; Luis Miguel Martínez, profesor de geología de la UPV; Beatriz López, historiadora; y Ángel Martínez, arqueólogo del gabinete de arqueología, patrimonio y territorio.