Costa Brava: brava tierra, bravo mar

A veces los viajes arrancan al final. Y este fue el caso. Estamos en Portbou, a un suspiro de atravesar la hendidura que la montaña cedió al mar, bañada por una tierra verde colmada de olivos. Lo que sería el colofón de este viaje cruzando una frontera es, finalmente, el inicio.

26.11.2020 | 19:32
Una imagen de la desembocadura del Ter.

Portbou, Alt Empordà, gran estación y una playa urbana con sabor a confín. Walter Benjamin llegó hasta aquí huyendo de la barbarie, y hoy esta ciudad mantiene con pasión el recuerdo y la memoria de este gran pensador que se adelantó a su tiempo. El memorial dedicado a Benjamin, creado por el artista Dani Karavan, nos hace reflexionar muchísimo. Un lugar clave para entender la obra de Karavan, al lado de la entrada al cementerio de Portbou, mirando al infinito túnel donde un espejo refleja nuestra imagen difuminada por las olas y la espuma del mar. Es una intervención en el paisaje espectacular. Pasajes es el nombre de todo este trabajo realizado por Dani. Somos nosotros al final del túnel, túnel que se abre a la esperanza.

Ya en el propio cementerio está la fosa donde parece ser están los restos de Benjamin; cerca, lápidas con simbología masónica. Nos encontramos en el que fue el cementerio de los no católicos que se levantó en Portbou. El lugar nos cuenta de manera simultánea una historia de tolerancia y de salvajismo. Los no católicos tenían que subir por una cuesta sin asfaltar, llena de piedras y barro, para poder dar el último adiós a sus seres queridos; los creyentes católicos tenían menos dificultad, porque su camino estaba en buenas condiciones y entraban por la puerta principal.

La visita finaliza en la parte alta del cementerio, donde fuera, y sobre una pared blanca salpicada por las manchas de unos grafitis no demasiado bien borrados, Karavan instaló una pequeña plataforma con un pequeño cubo metálico situado en el centro. Es el lugar para respirar y hacer una última reflexión. Un nudo en la garganta se apodera del viajero y en silencio baja hasta el paseo que lleva a la playa de Portbou.

Playa de Portbou. Foto: Minto/Wikipedia.


Hoy la previsión avanza viento del sur y lluvia. Los barcos están atracados en el moderno puerto deportivo. Paseíto y una cerveza mirando al mar con otra perspectiva, claro. Llega la hora de la cena y nos dirigimos al Hostal Portbou, a su restaurante Pamtomataria. El discreto y muy amable Francesc Ribera nos ha preparado una cena fría a base de embutidos, sobrasada, chorizos y quesos locales.

La cena comienza con algo único. Francesc nos ofrece unos trozos de tres variedades de pan acompañadas de dos variedades de aceite de oliva virgen. Tenemos que probar los diferentes panes con los dos aceites y decirle qué combinación es la que más nos gusta para que nos prepare el pan con tomate a nuestro gusto. Todo es local, cercano a Portbou, y Francesc conoce a las personas que elaboran cada producto que nos ofrece.

En una bonita tabla de madera nos trae los embutidos y los quesos que serán nuestra cena, regados con un suave vino de la DO Empordà, vino con recuerdos del salitre marino. Las viandas son extraordinarias, y además al conocer a quien las elabora y dónde trabaja, nos damos cuenta de que cerca, y a nada que nos movamos con curiosidad, podemos viajar a través de esta sofisticada cena por las tierras del Alt Empordà. Es otra manera de moverse gracias a los sabores y olores. A modo de cierre, cuatro quesos: dos de oveja, uno de vaca y el cuarto de cabra. A este paseante gastronómico le gustó especialmente uno blanquísimo de oveja elaborado en Siruana d'Empordà con agua de mar. Sencillamente único.

Empuries: griegos, romanos... y mucho más.


Cara al sur


Abandonamos esta tierra de aduanas y comercio dirigiéndonos al sur. Nos alejamos un poco del Pirineo, que apenas hemos sentido, y llegamos al golfo de Roses. Estamos en L'Escala, una ciudad ya más grande, con un paseo marítimo que llega hasta la misma puerta de Empuries, ese puerto y ciudad que fundaron los griegos y que después los romanos ampliaron y que ya estaba habitado en las edades del Bronce y del Hierro.

Parece ser que por estas tierras elevadas mirando al mar vivía el denominado hombre de Tautavel. Para ambas culturas Empuries fue su puerta de entrada a la península. Los griegos trajeron sus técnicas de conservación del pescado, y hoy esa tradición renovada la encontramos en seis empresas que siguen elaborando la conserva de anchoa a la manera tradicional.

Un lugar emblemático es El Xillu, regentado por la familia Moner. Fue Francesc Moner, padre del actual gerente, Marc Moner, quién comenzó con este trabajo y hoy El Xillu es una de las enseñas más conocidas de L'Escala.

En la tienda-bar se pueden degustar diferentes pinchos elaborados con sus propias anchoas. Y se pueden comer unas aceitunas rellenas de verdadera anchoa. También hay gildas, con la receta que un día inventó un olitejo. Curioso este mundo, una receta creada en Donostia por un navarro, elaborada con mimo en el Mediterráneo.



El viaje continúa sorbiendo a ratos el sabor a mar brava que tiene esta costa. Todo el mundo le habla a este peregrino de la tramontana. Le tienen respeto y hasta cierto miedo a este viento norte noreste. Aires fríos que llegan del midi francés y que provocan grandes olas y tremendas tempestades en la costa del cabo de Creus.

Y dicen que fue la borrasca Gloria la que alteró el paisaje y el propio delta del río Ter. Hemos arribado atravesando dunas bajas y pequeños pinares, a un lugar mágico, salvaje y que está a un paso de la civilización. Es la desembocadura del Ter. Algunos llaman al lugar el delta del Ter, la gola del Ter. Nos miran desde la cercana lejanía las islas Medas, elegantes y un poco descaradas.

Hoy el paraje presenta un aspecto increíble, es sábado y decenas de familias con niños están pasando la mañana entre olas, rico sol y pequeñas balsas de agua que dan al paisaje un carácter único. Mucha gente anda construyendo sus tiendas indias, tipis, con las maderas que hay en los arenales. El aire es de un frescor revitalizante y el ambiente como muy bio. Apenas queda el recuerdo de que el Ter atraviesa Salt, Girona, Colomers, Jafre, Verges y Ullàzonas. La magia del lugar trajo a la memoria de este vagabundo el recuerdo de otro lugar mágico, Cabo Polonio, en Uruguay. Arenales y mares lejanos unidos por un algo mágico que nos hace ver el mundo como una unidad.

Girona y más


Nos vamos poco a poco acercando a Girona, pero antes pasamos por Sa Tuna. Una playa de piedra, unas pocas casas y pasadizos blancos que reflejan un azul exultante dan como resultado un lugar próximo al paraíso. Sa Tuna por la mañana es un lugar en el que uno podría convertirse en ermitaño. La estampa es de ensueño, mar tranquilo y un joven manejando un velero por control remoto desde la orilla; solo falta un café recién molido para que la imagen sea perfecta. En Sa Tuna con tan poco se logra casi de todo.

El mar rugiendo demuestra su fuerza y elegancia en los rompientes de calas como la de Llevadó, dejando apenas un hilo de arena entre el agua y la roca viva. Cae una llovizna y el mar está inquieto, Llevadó se convierte así en una playa salvaje situada en el último confín de la Tierra.

Son espacios únicos en los que el mar y el bosque se entrelazan, verde y azul, lugares accesibles y con urbanizaciones cercanas pero que conservan un aire de sitio alejado de la civilización. Eso sí, a primera hora en verano y con calor, la arena desaparece cubierta por cuerpos bañados en factor de protección 50.

El viaje continúa hacia el sur; ya hemos atravesado el límite del cap de Creus, estamos en Tossa de Mar, con su castillo fortaleza y su recinto amurallado de la Vila Vella que hace las delicias de este peregrino del mar. En la cima de la montaña, ocupando el Palau del Batlle de Sac, se encuentra este santa santorum de la pintura contemporánea.

Vista de la playa de Tossa de Mar desde el recinto amurallado de la Vila Vella. Foto: Jorge Franganillo/Wikipedia


El icono del museo municipal es la obra El violinista celeste, de Marc Chagall. Chagall, enamorado del azul de Tossa, regaló a la ciudad esta obra. Tossa era su paraíso azul.

Antes de llegar a saborear este precioso cuadro se tiene que visitar la colección que cuida con pasión Rosa, directora del museo. Tossa es de la ciudades que obligan a uno a perderse por sus estrechas calles, callejines llenos de sorpresas en el siguiente recodo, pequeñas cuestas que acaban en ningún lugar. Y si se pasea a la luz de la luna, el rumor del Mediterráneo lo embriaga todo.

Tossa es seductora, misteriosa. Y Girona... pues un poco más. Girona está rodeada de ríos; el Onyar es su río madre, aunque no el más grande ni el más caudaloso, que para eso está el Ter. El Onyar da sustos con sus crecidas y da sobre todo elegancia y sosiego a esta ciudad que ya los romanos, en tiempos de la Vía Augusta, tomaron como centro militar y económico levantado la imponente Força Vella.

Girona es también su Ciutat Vella y su sinuosa judería, que cuesta descubrir. Así, un paseo con una experta guía como Mireia hace de la caminata un descubrimiento de lo que Girona representa, tanto para la Costa Brava como para Catalunya.

En lo más alto de la ciudad se levanta su catedral. La escalinata de acceso impone mucho, ¿que sería subir estas escaleras hace 700 años rodeado de mercaderes, bullicio y miedo a lo divino? Hoy se asciende disfrutando del camino, porque sabemos que en su interior nos esperan extraordinarios tesoros. La torre de Carlomagno se ve más alta de lo que es. Ya dentro llega la primera sorpresa con su nave gótica de 23 metros, el espacio gótico abovedado más grande del mundo. Es un gótico menos luminoso que otros, pero no importa, la atmósfera es inquietante y si miramos hacia el altar vemos la silla de Carlomagno. Sin querer nos vienen imágenes de una serie de televisión que se rodó aquí mismo. Carlomagno nunca se sentó en la silla, pero tampoco importa, así que nos dirigimos al claustro, otra joya del románico catalán. Y dejamos para el final el postre, una visita en silencio monacal al tapiz de la creación. No se puede pedir más.

Siguiendo el rastro de los judíos


Bueno, por pedir se puede pedir conocer el rastro de la cultura judía de la ciudad, y para ello el Museo de historia de los judíos, sito en la judería de Girona, es ejemplar. Nos cuenta con detalle qué fue de los judíos que vivieron y trabajaron en Girona, cuáles fueron sus tradiciones y qué supuso la histórica marginación que sufrieron hasta que fueron expulsados de la tierra donde nacieron.

Detalles de su cultura, tradición religiosa y gastronomía aún perduran. Caminando por la judería pueden verse ejemplos de la Mezuzá, esos pequeños receptáculos que guardan en su interior versículos de la Torá, colocados siempre en la jamba derecha de las puertas y que antes de atravesar se tocan y se reza.



Nosotros estamos pendientes de atravesar otra puerta, la del restaurante Dvnum, donde estamos invitados a probar su menú degustación. En la cocina oficia Jordi Rollán, un hombre que ama su tierra y sus productos, que trabaja el arroz como nadie y que a la hora del emplatado hace notar su delicadeza y respeto al tratar el producto. La cena degustación necesitaría todo un artículo que el editor de esta revista no me puede permitir. Solo comentar que Rollán conoció las cocinas de Can Roca y que también estuvo cerca de nosotros, en el Fagollaga de Ixak Salaberria, en Hernani.

La tabla de quesos es extraordinaria y la bodega cuenta con mas de 300 referencias. Solo queda dar las gracias a Joan Morillo, propietario junto a Laura Tejero, que bordó en su labor de sumiller, y a todo el equipo, que se desvivió por atendernos.

Seguiremos contando lo que nos sucede en nuestras expediciones por el globo terráqueo.