Pogacar viene del futuro

El prodigio esloveno responde con contundencia y destruye a todos sus rivales en la pelea por el Tour en el contacto con los Alpes, donde vence Teuns e Izagirre, fantástico, es segundo

03.07.2021 | 18:18
Pogacar, en su escapada en solitario en la primera etapa alpina.

La historia del Tour de Francia se escribe desde el futuro. De allí llega Tadej Pogacar, un ciclista único, inaccesible para el resto. La carrera se entiende desde A. P. (antes de Pogacar) y D. P. (después de Pogacar). Es la inscripción que dejó en los Alpes el prodigio esloveno, un campeón exuberante que ningunea a sus adversarios desde una superioridad inusitada, nunca antes vista en este milenio. Nada se le resiste a Pogacar, varios cuerpos por encima de sus rivales. En Le Grand-Bornand, donde Ion Izagirre, tremenda su etapa, fue segundo tras Dylan Teuns, guillotinó el Tour. Hizo rodar las cabezas de todos. Robespierre.

A Van Aert, que le alteró el viernes, le colocó más de cinco minutos. Al resto, les lastró con más de tres. La venganza del emperador. Tras su Epifanía, una gesta inolvidable, se abrazó a Joseba Elgezabal, su masajista, el hombre que cuida las piernas de oro del muchacho de platino. Pogacar es un portento que entronca con la tradición de Merckx e Hinault. Dejó a enfriar el champán para París en un jornada para la mitología del Tour. Memorable.

El patrón de la Grande Boucle, nuevo líder y salvo sucesos extraordinarios único candidato real al trono de los Campos Elíseos, arrugó a Carapaz, que balbuceó resistencia, y lo tiró a una papelera sin posibilidad de reciclaje. Todo resulta hiperbólico y desmedido en Pogacar, que compite contra sí mismo. Frente a su ambicioso reflejo. Él solo se basta para derribar a un pelotón entero. Caballo salvaje. La leyenda del indomable. El modelo Ineos, heredero del Sky que tomó la idea del US Postal de Armstrong, disponía un tren que ahogaba a los rivales para que su líder se disparase a un par de brazadas de meta. Incluso en aquellos tiempos, Chris Froome, epítome de la era, nunca asustó del modo en el que lo hace el esloveno.

A Pogacar, verso libre, se le queda corto esperar al último puerto. Es impaciente. Un loco. Prefiere el tremendismo de las figuras que enraízan en la memoria colectiva de los héroes. Pogacar apartó la niebla que le rodeó la víspera. La dispersó a puñetazos de furia en el telón lechoso y húmedo de la Romme, la subida que servirá para situar el hito del esloveno en el memorándum del Tour. "Me he sentido bien y he decidido atacar antes de las subidas finales. Le dije a mis compañeros que íbamos a intentar romper la carrera. Cuando he visto que la subida era dura y todo el mundo sufría, he atacado", analizó el esloveno. Después masticó el Col de la Colombière, donde recogió a todos los fugados salvo Teuns, para iluminar su Tour. El esloveno se pintó de amarillo con un ataque sin parangón, con una pose del ciclismo de tonos sepia, épico y fantástico.

Pogacar alzó la voz a más de 30 kilómetros de la llegada. Un exceso. El eco de su exhibición aún retumba en los Alpes. Un pasaje para los incunables del Tour. Otro. Pogacar subió con el plato grande para minimizar a los sufrientes, guiñapos en sus manos, en rampas del 12%. Donde todos boqueaban con el rostro torcido y el cuerpo deshabitado, extinguida la fuerza, él sonreía su dicha. Las montañas son llanuras para el rey del Tour, que no concede indultos. Inmisericorde. Pogacar, amo y señor, manda con 1:48 sobre Van Aert, y más de 4:30 sobre Urán, Carapaz, Vingegaard, Kelderman o Mas. Pello Bilbao es décimo en la general. El gernikarra es un ciclista de aliento largo. Todos ellos compiten por el podio. La cúspide es de Pogacar.

A los caídos Roglic y Thomas los devoró el monstruo del Tour, al que no se le conoce clemencia, siempre despiadado. El esloveno y el galés pertenecían al pasado cuando los Alpes abrazaron la carrera, que está loca y que se perturba aún más con la lluvia, que barre las pieles con el cepillo del temor. Las gotas en el casco son el tintineo de la desesperación, el tic-tac de otro bomba de relojería en un territorio para sobrevivir. A Pogacar le ametrallaron con ferocidad, con saña y rabia en vísperas de un día húmedo, en el que el miedo se reflejó en el asfalto, que era un espejo de los temores en los empapados Alpes. El esloveno respondió atacando. Nada le destruye. El kevlar de su equipo es de piel y huesos, pero Pogacar está hecho del material con el que se construyen los sueños.

FANTÁSTICO ION IZAGIRRE

En la Côte de Mont-Saxonnex, la fuga donde resplandecían Izagirre y Castroviejo estaba por encima de los cinco minutos. Se adentró el Tour en la niebla de la Romme, donde a Van der Poel se le deshilachó el amarillo tras seis días de fastos. El neerlandés se descascarilló por el empeño de Formolo, el último soldado de Pogacar, que también estranguló a Van Aert, el otro activista que quiso aniquilar a Pogacar un gigante de rostro barbilampiño. El esloveno respondió a la afrenta con la virulencia y la exaltación de los viejos campeones orgullosos y valientes.
Aplastó a todos. Los aniquiló.

También a Carapaz, que soportó la primera sacudida eléctrica del esloveno, alto voltaje, en el grupo de los mejores, donde no cohabitaban ni Van der Poel ni Van Aert. En la segunda descarga del esloveno se ovilló Carapaz, al que no le alcanzó para medirse al ciclista destinado a marcar una época. Desatado el genio esloveno, el resto de adversarios solo pudo bajar la cabeza y digerir una tunda tremenda. En ese ecosistema, Pogacar se elevó incluso por encima del cielo. Abrió la puerta a otra dimensión. Pogacar viene del futuro.

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