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Por qué Goya se quedó sordo: la causa oculta que cambió su pintura

La sordera irrumpe en la vida de quien la padece convirtiéndola en un océano de silencio. Afecta a la mente directamente porque altera la percepción que tenemos del mundo, obligando a la persona a replegarse hacia su interior, en donde los pensamientos se intensifican y las emociones adquieren nuevas dimensiones

Por qué Goya se quedó sordo: la causa oculta que cambió su pinturaArchivo

No siempre, pero la sordera psicológicamente puede degenerar en aislamiento y desconfianza. En el ámbito de lo social, la incomunicación levanta muros invisibles, ya que las conversaciones se fragmentan, los vínculos se tensan y el individuo sordo queda a menudo al margen, convertido en espectador. Sin embargo, en ese silencio forzado también puede gestarse una sensibilidad distinta, una forma más aguda de observar, sentir y comprender la realidad.

Francisco de Goya y Lucientes no perdió el oído de golpe. El silencio se le fue echando encima poco a poco, como una niebla espesa que ves avanzar. Cuando finalmente quedó completamente sordo, Goya ya no era ni el pintor de la corte ni el cronista visual que representó su tiempo, estaba empezando a convertirse en el artista moderno y precursor de vanguardias que hoy reconocemos. Y en el origen de esa transformación la mayoría de los entendidos sitúan una causa que resultó ser tan cotidiana como invisible para él: el plomo.

El plomo fue durante siglos un compañero inseparable de los pintores, ya que se encontraba presente en los pigmentos, en los barnices, en los aceites… y hasta en los remedios médicos. Se manipulaba sin guantes, se molía a mano, se mezclaba con los dedos, llegando a la boca a la hora de afinar los pinceles. Nadie hablaba de su toxicidad, dado que el plomo era sinónimo de calidad, brillo y durabilidad.

Retrato de Francisco de Goya, en 1815.

El blanco de plomo

Pese a que en su última etapa los tonos más oscuros hayan sido quienes adquirieron más protagonismo, es obvio que el pigmento más importante para un pintor es el blanco. Ese blanco de plomo, también llamado albayalde, era la base de la pintura al óleo, puesto que servía para aclarar colores, crear luces y dar cuerpo a la materia pictórica. Sin él, la pintura simplemente no funcionaría de la misma forma.

A ese blanco se sumaban otros pigmentos plúmbeos (hechos con plomo) como el amarillo de Nápoles, el minio o ciertos rojos y ocres. Goya los usó todos durante décadas, especialmente en su etapa como pintor de tapices y retratista oficial.

La preparación de los colores implicaba moler el pigmento seco y mezclarlo con aceite de linaza. Ese proceso liberaba partículas finísimas de plomo que se inhalaban fácilmente, a lo que había que añadir el contacto continuo y directo del compuesto con la piel. La intoxicación no era inmediata, sino lenta, acumulativa y silenciosa, por lo que era tremendamente peligrosa.

En aquella época se hablaba de esos males como los cólicos de los pintores. Los síntomas que padecían los artistas hoy se asocian al saturnismo: dolores abdominales, mareos, temblores, alteraciones del ánimo, problemas neurológicos y sordera. Desde 1792 se tiene conocimiento de las dolencias de Goya relacionadas probablemente con el plomo. Sufrió de vértigos, desorientación y principalmente una progresiva pérdida de audición. Fue empeorando poco a poco.

La sordera terminó por ser total e irreversible, fruto de una intoxicación profunda. Hoy en día la medicina señala que el saturnismo crónico encaja bien con el cuadro clínico del artista, aunque no pueda demostrarse de forma absoluta. En cualquier caso, la coincidencia entre su exposición continuada al plomo y la aparición de los síntomas es difícil de ignorar.

Autorretrato de Goya con el doctor Arrieta, fechado en 1820.

Aislado del mundo

Lo que sí sabemos es que Goya quedó aislado del mundo sonoro. Ya no oía las conversaciones, quedando como dependiente de la lectura de los labios y la escritura para comunicarse. Pero ese aislamiento fue más mental y emocional que físico.

Paradójicamente, la sordera agudizó su visión. Al quedar excluido de la conversación social, Goya empezó a profundizar su mirada más hacia dentro, pero también hacia los márgenes. Su obra se volvió más libre y crítica. Desapareció buena parte del optimismo ilustrado de sus primeras etapas y emergió una visión tan amarga y despiadada como lúcida y aguda sobre la condición humana.

Los caprichos, Los desastres de la guerra y Las Pinturas Negras como epílogo a este viaje no pueden entenderse sin este quiebre vital. El silencio le separó del mundo, pero le permitió observarlo sin filtros, sin ruidos que distrajera su foco de atención.

Cuadro de Ernest Descals sobre Goya y las Pinturas Negras.

La Quinta del Sordo

En 1819 Goya compró una casa a las afueras de Madrid, junto al río Manzanares. La finca se llamaba ya entonces la Quinta del Sordo. No fue por él, sino por un anterior propietario que también lo era. Sin embargo, el nombre adquirió un valor casi simbólico al convertirse en la residencia de un artista completamente aislado por su sordera.

Allí, en las paredes de su propia casa, pintó directamente las obras más inquietantes de su longeva carrera. Eran imágenes de carácter privado, nacidas del silencio, el miedo, la vejez y una conciencia brutal del paso del tiempo. Saturno devorando a su hijo, los aquelarres, las figuras deformadas y los rostros alucinados parecen surgir de una mente que ha convivido demasiado tiempo con la oscuridad.

El plomo, el mismo material que le permitió pintar durante décadas, había contribuido a empujarlo a ese aislamiento, pero también, de forma cruelmente irónica, había sido parte del camino que lo llevó a crear algunas de las obras más poderosas de la historia del arte. Ni Goya ni nadie en aquel tiempo sabían que el plomo era venenoso, pero el silencio que le impuso no apagó su voz, que gritaba sonoramente a través de su pincel. La hizo más profunda, incómoda y duradera. Y quizás por eso, dos siglos y pico después, seguimos escuchando a Goya con tanta claridad.