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Agricultura regenerativa: la revolución silenciosa

Más allá de un aspecto ecológico, este modelo propone devolver la vida a la tierra y al suelo. En Álava, productores y técnicos empiezan a explorar sus beneficios y también sus límites

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En los campos de Álava empieza a tomar fuerza una idea que, aunque suene nueva, conecta con prácticas muy antiguas: cuidar el suelo para que el suelo nos cuide.

Bajo ese principio se articula la agricultura regenerativa, un enfoque va más allá de producir alimentos sin químicos y que pone el foco en devolver la vida a la tierra.

En un escenario actual que está marcado por muchos años de intensificación agrícola, pérdida de biodiversidad y dependencia de insumos externos, esta forma de cultivar empieza a abrirse paso también en Euskadi. Pero ¿qué significa exactamente agricultura regenerativa?

El valor de un suelo sano

La clave es entender el suelo como un organismo vivo y con ello, la agricultura regenerativa plantea que, si este está sano, será capaz de alimentar a las plantas de manera equilibrada. Y eso, a su vez, repercute en la calidad de los alimentos.

La agricultura regenerativa no se conforma con “no dañar”, sino que aspira a “reparar”

A menudo se confunde este enfoque con la agricultura ecológica, pero no son exactamente lo mismo. La producción ecológica se basa en una normativa concreta que prohíbe el uso de determinados productos químicos y regula los procesos de cultivo.

La agricultura regenerativa, en cambio, no siempre está ligada a un sello oficial. Es más bien una filosofía de trabajo que pone el acento en el impacto positivo sobre el suelo y el entorno.

Eso sí, en muchos casos, ambas prácticas coinciden y se complementan, pero el matiz es importante: la regenerativa no se conforma con “no dañar”, sino que aspira a “reparar”.

En el territorio alavés y en el conjunto de Euskadi ya existen experiencias que sirven de ejemplo claro de este cambio de enfoque. Algunas explotaciones agrarias están apostando por reducir el uso de maquinaria pesada para evitar la compactación del suelo, introducir cultivos de cobertura entre cosechas o recuperar variedades locales que estén más adaptadas al territorio.

También se están desarrollando proyectos que combinan agricultura y ganadería, permitiendo que el paso controlado de animales contribuya a fertilizar la tierra de forma natural.

Aunque todavía son iniciativas anecdóticas, el interés va en aumento. Centros de investigación agraria y asociaciones rurales están empezando a estudiar y difundir estas prácticas, mientras que algunos productores las adoptan como una vía para reducir costes a largo plazo y ganar resiliencia frente al cambio climático.

Un suelo más sano tiende a producir alimentos con mejor perfil nutricional

Para el consumidor, los beneficios no siempre son visibles a simple vista, pero existen. Un suelo más sano tiende a producir alimentos con mejor perfil nutricional, aunque este aspecto sigue siendo objeto de estudio.

Además, la agricultura regenerativa suele ir asociada a circuitos cortos de comercialización y a una mayor transparencia en los procesos productivos. Traducido, quien compra sabe el origen de lo que consume y en qué condiciones se ha producido.

También hay un impacto indirecto importante: suelos con mayor capacidad de retener agua ayudan a reducir la erosión y a mitigar los efectos de sequías o lluvias intensas.

Esto contribuye a la estabilidad de la producción y, en última instancia, a la seguridad alimentaria. A escala global, se considera además una herramienta útil para capturar carbono en el suelo y combatir el cambio climático.

n los campos de Álava empieza a tomar fuerza una idea que, aunque suene nueva, conecta con prácticas muy antiguas: cuidar el suelo para que el suelo nos cuide

Desafíos por salvar

Sin embargo, la implantación de la agricultura regenerativa plantea retos significativos. El primero es el conocimiento ya que no existe una receta mágica y cada explotación debe adaptar las prácticas a su contexto específico. Esto requiere formación, asesoramiento técnico y, en muchos casos, un cambio profundo en la forma de entender el trabajo agrícola.

El segundo reto es económico. Aunque a largo plazo puede reducir la dependencia de insumos externos, el primer paso puede implicar inversiones y una posible bajada de rendimientos en los primeros años.

La agricultura regenerativa propone observar más e intervenir menos, trabajar con los ciclos naturales en lugar de forzarlos

Por último, está el reto cultural. Cambiar inercias de muchas décadas no se hace de un día para otro y es complejo. La agricultura regenerativa propone observar más e intervenir menos, trabajar con los ciclos naturales en lugar de forzarlos y para algunos profesionales del sector, esto supone replantear conocimientos y hábitos muy arraigados.

Aun así, el movimiento sigue creciendo. En Álava, donde el vínculo entre territorio, agricultura y alimentación es especialmente fuerte, la agricultura regenerativa empieza a abrir un nuevo horizonte que parece no detenerse en el futuro. No como una solución milagro, sino como una vía posible para reconciliar producción y sostenibilidad en un sector tan importante como es el sector primario en nuestro territorio.

Al final, no se trata solo de lo que se cultiva, sino de cómo se hace. Y es que, en esa relación con la tierra y el suelo no solo está en juego el futuro del campo, sino también la calidad de los productos que llegan a nuestra mesa de forma diaria.