Aquel infausto mes de julio de 1936, los militares fascistas se sublevaron contra la legítimamente democrática II República Española. Y si bien en un primer momento la asonada tenía, según los criterios de los propios conspiradores, un componente restauracionista que pusiera freno a la “hidra de siete cabezas del marxismo” y a la desmembración de España, sin que, tal como indican los historiadores De Pablo, Goñi y López de Maturana, “inicialmente, cuando se produjo el golpe, la cuestión de la reacción del catolicismo contra el laicismo jugara papel alguno”, lo cierto es que el catolicismo se convirtió en la argamasa perfecta para prestar argumentos a la insurrección armada y dotar a la misma de la fuerza ideológica necesaria para consolidarse y aglutinar el apoyo de distintas corrientes políticas que, como el caso del carlismo en Euskalerria, eran profundamente católicas.
Como señaló el abertzale de Amurrio Jesús Galíndez (asesinado por el dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo en 1956), “por eso, junto a los sublevados, se alinearon las fuerzas conservadoras y reaccionarias en estrecho contubernio con los señoritos de Falange”.
En opinión del historiador Alfonso Botti, la supuesta causa religiosa de la sublevación fue un amasijo complementario de justificación que ofreció al militarismo franquista “la clave interpretativa universal para contrarrestar la igualmente universalista del bando republicano que hacía del conflicto el choque decisivo entre fascismo y democracia”. Esta tesis también ha sido avalada por el diplomático e historiador israelí Shlomo Ben Amí, afirmando que “en cuanto a Franco, su invocación del nombre de Dios y sus palabras animadas por un espíritu de cruzada, no obedecían a móviles metafísicos sino también y principalmente a razones políticas”.
La línea argumental de la contienda bélica como una guerra santa fue bien pronto desarrollada por los jefes insurrectos y la jerarquía eclesiástica. Entre los primeros, Franco, a quien apodaban Paca la culona, utilizó el término Cruzada en su Proclama a los Españoles pronunciada en Ceuta el 21 de julio: “!Españoles! Tened fe y no desmayar ni un momento, la desbandada se inicia, a nuestros aeródromos ya llegan aviones militares desplazados de Madrid. Van patrióticamente a unirse a la cruzada general”.
Cuatro días más tarde, Paco el Rana (otro de sus motes), afirmó desde Radio Tetuán que “En esta Cruzada por una España grande, poderosa y respetada, no ha de faltar ninguno”. El 8 de agosto, el general Emilio Mola, el llamado Director de la sublevación que había sido nombrado gobernador militar de Navarra, calificó la guerra como “cruzada contra la barbarie”.
Entre los jerarcas de la Iglesia, un vasco desempeñó un papel protagonista. El 23 de agosto de 1936 el obispo de Pamplona, el baracaldés Marcelino Olaechea, hizo alusión a ello en su nota de petición económica para las fuerzas golpistas: “ lo que se está librando –decía– ,es una cruzada, y la Iglesia mientras pide a Dios la paz y el ahorro de la sangre de todos sus hijos –de los que la aman y luchan por defenderla y de los que la ultrajan y quieren su ruina– no puede menos de poner cuanto tiene a favor de sus cruzados”.
Pero aquella supuesta “razón cristiana”, uno de cuyos conspicuos portavoces fue también el obispo de Salamanca Enrique Plá y Deniel, pontificando que la guerra era un combate entre “la ciudad terrenal de los sin Dios y la ciudad celeste de los hijos de Dios”, encalló en tierra vasca.
Y encalló en ella porque aquella utilización del sentimiento religioso como instrumento de captación de voluntades, plena de contradicciones, se volvió contra quienes se sirvieron de ella con tanta irreflexión como torpeza.
El pretexto de la supuesta cruzada religiosa no tenía sentido cuando la víctima propiciatoria de la “ira divina” fascista era una ciudadanía, la vasca, profundamente católica y gobernada por un lehendakari democristiano que había establecido en el pequeño territorio controlado por el Gobierno de Euzkadi, un “oasis” de respeto al culto público de todas las confesiones cristianas. Un “oasis” que propició, por ejemplo, el cambio de posición de la intelectualidad católica francesa (Mauriac, Mounier, Maritain, Sangnier), inicialmente alineada con Franco, para abrazar la causa humanitarista vasca y denunciar firmemente, tal como expone Joseba Goñi, “el comportamiento escandalosamente anticristiano de los defensores de la causa de Dios en relación con los católicos nacionalistas vascos”. Para el filósofo Jacques Maritain, para quien la guerra era una cosa profana y no sagrada, “en nombre de la guerra santa, la Cruz de Cristo brilla como un signo de guerra sobre la agonía de los fusilados”. El periodista y escritor François Mauriac, que había luchado en la I Guerra Mundial, declaró que “no se asesina a un viejo pueblo cristiano [el vasco] porque creyó que no tenía que rebelarse”.
En este sentido, y en un ámbito propiamente vasco, resultan muy ilustradoras las declaraciones efectuadas años después de los hechos –y recogidas por Jiménez de Aberasturi–, por el gudari del PNV Joseba Elosegi: “El que un enemigo que se decía católico se lanzase sobre Euskadi, arremetiendo a sangre y fuego, matando a todo aquel que, al parecer, solamente había votado a los nacionalistas vascos, fue una actitud que le acarreó el enfrentamiento con todo un pueblo (…) ya que era extraña la contradicción que suponía que los que se decían católicos, que se habían levantado por defender a la cristiandad, arremetieran y mataran a aquellos vascos que el mundo entero conocía como el pueblo más católico de la Península”.
UNA LUCHA ENTRE RICOS Y POBRES
Por todo ello, en contra de la consideración cristiana de aquel levantamiento y posterior guerra, resulta, a mi juicio, mucho más ajustada a la verdadera realidad, la interpretación ofrecida por el sacerdote republicano Leocadio Lobo, para quien la guerra era una lucha “entre ricos, apoyada por la Iglesia y el Ejército, y pobres”. Para este prelado, que trabajó denodadamente en la contienda en la restitución del culto religioso público en territorio republicano, era totalmente antinatural la alianza de la Iglesia y Franco “con fascistas, totalitarios, violentos y contrarios a la personalidad humana, y “moros””.
En el campo abertzale, Jesús Galíndez y José Antonio Agirre incidieron en esta tesis. El amurriotarra, definió la contienda como “una lucha entre dos concepciones distintas de la vida: de un lado estaban los que lo tenían todo y aún querían más y de otro, los que nada tenían y querían algo”. Y para el lehendakari, la guerra era “un conflicto entre las legítimas ansias de justicia social y un conservadurismo caduco, aferrado a sus privilegios”.
La Guerra Civil no fue nunca una guerra santa porque, como afirmó el dirigente abertzale navarro Manuel Irujo (no, esta vez tampoco falta a la cita), “Cristo no predicó la bayoneta, la bomba, el explosivo, para la conquista de ideas y corazones, sino el amor”.