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Tiempos convulsos: entre la incertidumbre y la esperanza

Son momentos de zozobra: suenan tambores de guerra, se rearman países, se invaden territorios, se masacran poblaciones y las tropas avanzan por regiones asoladas; mientras tanto, la democracia retrocede y proliferan regímenes autocráticos que controlan parlamentos, gobiernan por decreto, abandonan acuerdos multilaterales y grandes masas financieras se mueven por el mundo condicionando la estabilidad de los países. Es la antítesis de los llamados “valores occidentales” que guiaron la organización global: el chantaje y la intimidación se convierten en normas de conducta, y la falacia se esgrime como verdad que justifica atropellos.

Todo ello genera cambios bruscos: se pasa de la globalización al proteccionismo; del imperio de la ley a la ley del más fuerte; del acuerdo multilateral al “sálvese quien pueda”; de la acogida de inmigrantes a su expulsión; del control ambiental a la “barra libre” de la contaminación. Aliados de siempre niegan su colaboración cuando se les necesita. Son tiempos de profundas contradicciones.

Pensar que todo ello es fruto de la felonía de malvados gobernantes elegidos por ciudadanos resentidos, es una simpleza. Creo, más bien, que existen razones que apuntan a un cambio estructural que influye en las decisiones. Hay un desajuste en la sociedad: mientras la ciencia, la tecnología, las pandemias, las comunicaciones, el deterioro ambiental y los flujos financieros son de carácter global, el mundo está regulado por gobiernos locales que velan por sus propios intereses. Existe una clara contradicción entre una sociedad que nace y viejas estructuras que gobiernan, así como, entre desarrollo económico, referencias éticas y organizaciones democráticas. Estamos asistiendo a los erráticos pasos de un cambio histórico que alumbrará un nuevo modelo de sociedad.

Esta situación global genera en la persona estupor, incertidumbre y sentimiento de impotencia. Cada mañana aparecen acontecimientos que atentan contra nuestras íntimas convicciones y se va perdiendo la confianza en las autoridades que, por miedo a represalias, contemporizan con la situación. ¿Qué se puede hacer?

Sin embargo, esta situación de desconcierto y caos puede ofrecernos otra visión: está naciendo un nuevo orden social que es necesario construir. Desde nuestro pequeño territorio, el País Vasco, podemos trabajar en la creación de un sistema que, anticipándose al futuro, responda a nuestros mejores anhelos. Se cuenta con fuerzas políticas experimentadas, una economía razonable y una comunidad con solventes ejemplos y entidades de cobertura. Falta generar un sistema de gobernanza en el que confluyan las distintas fuerzas y pueda movilizar a la sociedad en la asunción de sus responsabilidades, estableciendo como principio ético la dignidad y el protagonismo de la persona, que se convierte en sujeto y finalidad de la organización social.

Los turbulentos acontecimientos externos deben pillarnos con los deberes hechos, sabiendo a dónde nos dirigimos. Sin esa preparación, podríamos ser arrastrados y desaparecer como territorio con identidad propia. Los cambios revolucionarios generan crisis, estupor e incertidumbre, pero también son momentos propicios para remover viejas y anquilosadas estructuras y abordar soluciones justas a problemas sociales endémicos. La crisis actual puede ofrecernos esperanza y darnos un sentido de responsabilidad histórica que ayude a “vadear” la situación turbulenta que vivimos y orientar la nave del país hacia los destinos que deseamos.

Quiero terminar este artículo con palabras llenas de esperanza de Arizmendiarrieta, escritas hace cincuenta años y recogidas en el libro de Joxe Azurmendi, El hombre cooperativo:

Mano con mano, mente con mente, renovados, unidos en el trabajo y por medio del trabajo, en nuestra pequeña tierra crearemos para todos entornos más humanos y mejoraremos esta tierra.

En nuestra nueva igualdad insertaremos la aldea y el pueblo; el pueblo y todo lo demás: “siempre adelante”.

Nadie siervo ni señor de nadie; solamente todos para todos. Hemos de aceptar en nuestras funciones nuevos comportamientos.

Esta será nuestra unión humana y progresiva, la que puede levantar el pueblo con la fuerza del pueblo.