Síguenos en redes sociales:

¿Aprenderemos?

Fuerzas israelíes interceptaban y detenían embarcaciones de la Flotilla Global Sumud y de la Coalición de la Flotilla de la Libertad entre el 18 y el 20 de mayo de 2026. El lunes 19 capturaron decenas de embarcaciones y centenares de activistas en aguas internacionales. Estamos hablando de una violación de la libertad de navegación, de un uso ilegal de la fuerza, de detenciones arbitrarias y de otros posibles cargos relacionados, entre otras cosas, con el uso desproporcionado de la fuerza.

Poco después, el ministro de Seguridad Nacional del régimen de Netanyahu, Itamar Ben Gvir, difundía unos vídeos en los que aparecía humillando y burlándose de integrantes de la flotilla humanitaria detenida por Israel, provocando una fuerte conmoción internacional.

En las imágenes se ve a personas esposadas, arrodilladas y tratadas como enemigos peligrosos pese a tratarse de activistas internacionales desarmados. Sin embargo, la verdadera gravedad de esas escenas no reside únicamente en su brutalidad visible, sino en lo que implícitamente sugieren: si eso puede hacerse públicamente con ciudadanos europeos bajo la mirada de las cámaras, ¿qué ocurre diariamente con miles de palestinos sometidos a detención administrativa lejos de la atención mediática?

También resulta extremadamente lamentable que Ben Gvir se pavonee de esa manera. Pero una encuesta realizada entre población judía israelí en diciembre de 2023 preguntaba hasta qué punto Israel debía tener en cuenta el sufrimiento de la población civil de Gaza al planificar las operaciones militares. El 80% respondió que debía tenerlo en cuenta en una medida muy pequeña o bastante pequeña. Esa cifra refleja hasta qué punto la deshumanización de la población palestina ha penetrado en amplios sectores de la sociedad israelí. De ahí que desde hace tiempo proliferen vídeos en redes sociales con canciones, mensajes y bromas que trivializan el sufrimiento de civiles palestinos.

Todo ello nos conmociona a algunos/as, pero trágicamente menos de lo que pensamos. Las manifestaciones numerosas no dan una imagen completa. Existe una mayoría silenciosa fatigada, fragmentada y saturada de información. Vivimos en un mundo con al menos diez grandes conflictos y crisis humanitarias activas –Sudán, Gaza, Ucrania, Congo, Yemen, Siria, Myanmar, Haití, el Sahel o Etiopía– sin contar lugares que aún arrastran efectos de graves vulneraciones de derechos humanos, como el Sáhara o partes de Centro y Sudamérica. Unos reciben atención mientras otros apenas aparecen en nuestras mentes. Eso no depende solo del número de víctimas. Influyen la cercanía cultural, los intereses geopolíticos, la facilidad narrativa al simplificar el relato, la disponibilidad de imágenes y la lógica de unos algoritmos que premian la indignación rápida y la polarización. Una guerra sin vídeos virales o sin un relato fácilmente simplificable prácticamente desaparece de la conversación pública.

A ello se suma una sensación creciente de impotencia. La gente ve imágenes atroces cada día sin percibir mecanismos de acción que considere reales. Esa sobreexposición produce cansancio moral y repliegue a la vida privada. El resultado es que consumimos tragedias a gran velocidad, pero participamos cada vez menos políticamente. Además, parte de la atención hacia ciertos conflictos ya no se centra en las víctimas, sino en batallas culturales internas: izquierda contra derecha, extremismos, inmigración, religión o identidades políticas.

Todo esto refuerza una idea muy antigua: solo importamos “nosotros”, y “ellos” quedan fuera de toda consideración. Durante siglos, el “nosotros” humano fue pequeño: familia, tribu, religión, etnia o nación. Quienes quedan fuera pueden ser ignorados, explotados o eliminados. Pero gran parte de la historia moderna ha consistido precisamente en ampliar ese círculo. Los derechos humanos, el derecho internacional y la noción de crímenes contra la humanidad nacen de la idea de que al sufrimiento de alguien lejano también debe atribuírsele relevancia. Los derechos humanos son un intento de introducir racionalidad en medio de emociones intensas ocasionadas por las barbaries de la historia. Para ello hay que pensar con la cabeza y no con la tripa. Con esa frialdad debe quedar claro que esos crímenes son inaceptables, los cometa quien los cometa. Y que los excesos no deben agravarse porque las emociones nos lleven a establecer víctimas de primera y de segunda.

En ese marco de derechos humanos resulta muy inquietante lo ocurrido en Loiu con integrantes de la flotilla, que son de los que han ampliado su concepto de “nosotros” para incluir a “otros”. Hay un contingente policial inexistente en otros aeropuertos, al parecer debido a una afluencia mayor de la habitual por causas completamente ajenas a la flotilla. Por mucha provocación que pudiera haber habido, me preocupa que se reduzca a la gente así y que, ya una vez en el suelo, hayan sido aporreados sin que haya mediado causa o peligro que, a mi entender y vistas las imágenes, hubiera justificado tales porrazos. Y a futuro, ante situaciones en las que haya que improvisar, debería establecerse prioridades claras y públicas en las directrices y protocolos. A ver qué más sale de las investigaciones aún en curso.

Esa tendencia histórica del “nosotros” contra “ellos” nunca fue irreversible, y por ello no cabe rendirse. Ampliar el “nosotros” exige un esfuerzo didáctico y cultural constante. El periodismo, la educación y la ONU pueden contrarrestar la deshumanización y recordar que nadie debería convertir a los “otros” en irrelevantes. Y lo podemos hacer nosotros también.

Decir, por ejemplo, que ciudadanos tailandeses, filipinos y nepalíes –que nada tenían que ver con el conflicto– han sido víctimas de Hamás no debilita la denuncia del genocidio en Gaza; si acaso, la refuerza. Y tampoco debilita la causa palestina, porque identificar a todo el pueblo palestino con Hamás también supone caer en la aquello del “nosotros” contra “ellos”. Ejemplos de esa simplificación los vemos por doquier y de todos los colores y también la hemos visto por aquí.

¿Necesitaremos una nueva catástrofe global para volver a ampliar ese “nosotros”? Tras la Segunda Guerra Mundial surgieron instituciones como la ONU, la Declaración Universal de los Derechos Humanos y buena parte del sistema internacional moderno. El horror obligó a reconocer que el extremismo ciego y la lógica tribal podían conducir a la destrucción mutua.

Por eso el desafío del siglo XXI consiste en aprender antes, sin necesitar una catástrofe definitiva. No existe una solución simple ni inmediata, pero tampoco estamos condenados inevitablemente al desastre. Cada persona puede ampliar el alcance de su propio “nosotros”: negándose a deshumanizar, interesándose por sufrimientos percibidos como lejanos, cuestionando las propagandas de unos y otros y defendiendo principios universales incluso cuando afectan a quienes sentimos menos o más cercanos. Puede parecer poco, pero la alternativa es peor. Porque si dejamos de intentarlo, entonces sí estaremos realmente abocados a la catástrofe.

Ya lo decía Martín Niemöller en su famoso poema: “Cuando los nazis detuvieron a los comunistas, no dije nada; al fin y al cabo, yo no era comunista” (socialista, judío, etc). “Cuando me arrestaron, ya no quedaba nadie que pudiera protestar”. No eran parte del “nosotros” y luego ya fue tarde. O conseguimos trascender el “nosotros” versus “ellos”, o nos aplastarán los diversos Ben Gvirs del mundo.

@Krakenberger