El volante es un gran invento que permite a un conductor dirigir cualquier vehículo hacia donde quiere y puede. Aunque no es más que un instrumento que forma parte de un sistema asaz complejo en el que intervienen diversos elementos como los propios vehículos con sus múltiples características, los conductores de los mismos, las carreteras, los talleres, los viandantes, por citar solo algunos de ellos, y, algo imprescindible para que el sistema de movilidad funcione aceptablemente, las normas.

Viene a cuento esta referencia a la conducción por la analogía que he contemplado en algún medio de comunicación sobre la situación económica, sociológica y política encontrando expresiones como la de ¿hay alguien al volante?, en relación a la Unión Europea (UE), y en el ámbito mundial a la Organización de Naciones Unidas (ONU). No obstante, considero más correcto preguntarnos, en este caso, si es que hay algún volante operativo.

La deriva geopolítica que el sistema de relaciones internacionales está experimentando en este siglo XXI –aunque su inicio cabe situarlo en las últimas décadas del siglo anterior–, está provocando esa duda y la necesidad de tener en cuenta el parangón de lo que ocurriría en nuestro sistema de movilidad si alguien iluminado, decidiese romper con las normas y reglas de la convivencia circulatoria. Hablaríamos de caos y desastre. Pues es lo que está ocurriendo en estos últimos años tras la irrupción y consolidación de personajes profusamente mencionados e interesadamente apoyados por determinados grupos de poder.

Y no podemos quedarnos en la simpleza de que procesos aritméticos de decisión por mayorías, pero no democráticos, por ser irrespetuosos con los valores que defiende este modelo: igualdad ante la ley, voto universal, funcionamiento por mayorías, pero con respeto absoluto a los derechos de las minorías, entre otros, pueden justificarse para que personas alejadas de cualquier estándar ético e intelectual estén operando el volante o aspiren a llevarlo.

Conviene aproximarse con rigor y contundencia a lo que sucede para poder realizar cambios de dirección, que no volantazos, que minimicen los riesgos relacionados con la convivencia y la ejecución de medidas que faciliten una vida más amable a las personas y colectivos, mediante la asunción de correcciones del esquema de normas y reglas que afecten positivamente a la consecución de los aspectos democráticos mencionados.

Los países que en el mundo son se relacionan entre sí a través de un sistema que puede identificarse, entre otras cosas, por una serie de subsistemas: alianzas políticas, militares, económicas, comerciales, culturales, las cuales, sumadas y contempladas en sus interrelaciones, dan cuerpo a lo que llamamos un sistema de gobernanza.

Este sistema ha permanecido relativamente estable desde los años 50 del pasado siglo, aunque, ciertamente, quizá sea más correcto hablar de equilibrio inestable, pero equilibrio, al fin y al cabo, y en la misma Europa, la UE, ha jugado y debe jugar un papel relevante. Es cierto, también, que ese equilibrio ha sido roto por tres actores importantes EEUU, Israel y la Federación Rusa dificultando con ello el buen funcionamiento de antiguos esquemas relacionales (Westfalia 1648), además de la creciente incidencia de otros nuevos asuntos estratégicos como el cambio climático y el crecimiento exponencial del conocimiento y sus aplicaciones.

Esa ruptura supone la aparición de retos, especialmente para la UE, sobre los que conviene realizar un proceso rápido y eficaz de análisis, que ya ha sido avanzado por el informe Europa, última oportunidad de Enrico Letta, o Pour un traité de democratisation de L’Europe de varios autores, en torno a la decisión y ejecución de propuestas, aunque ello implique varias velocidades en su desarrollo. Dicho proceso debe despejar tres cuestiones estructurales: la voluntad de hacerlo, los objetivos del mismo y cómo alcanzar las metas.

Supongamos que la UE desde su cuarto de máquinas comenzase a realizar el análisis sugerido, aunque es bastante probable que ya lo haya hecho, y que sus procedimientos decisorios y diferencias ideológicas estén dificultando la puesta en escena de posibles acciones de futuro. En ese supuesto ¿qué áreas y temas deberían articularse como prioridades?

Procedamos a enumerar los asuntos primordiales desde una perspectiva flexible, organizativa y operativa, comenzando por presentar los dos planos que resultan claves para la existencia de la propia UE. Por un lado, está la perspectiva estructural, es decir, quién, cómo, y para qué participa y compone la UE los valores y procedimientos y, por otro, la estratégica, objetivos, métodos y actuaciones, a largo plazo, es decir, el qué y para qué.

Actuar en el primer ámbito, el estructural, implica abordar asuntos relacionados con la soberanía de cada miembro perteneciente a la UE, ya que hace referencia, entre otros asuntos, a la puesta en marcha de procesos independientes entre sí pero engarzados con los principios y mecanismos que les afectan, como abordar la creación de un mercado único de capitales y fiscal, con asuntos como el Presupuesto, la deuda pública común, las criptomonedas o el mercado bancario.

En este sentido, también se requiere un mercado único digital, en el que lograr un tratamiento de la Inteligencia Artificial (IA), su control y desarrollo y, finalmente, un espacio único de seguridad. Este último implica la creación de una industria, ejército, mecanismos y dirección del mismo, desde una metodología democrática, por electiva estrictamente europea, y no por la existente en la actualidad que es absolutamente subordinada y no electa, aunque sí voluntariamente aceptada.

Por lo que respecta al espacio estratégico, los conflictos hoy públicamente reconocidos: Ucrania, Gaza, Irán, Líbano o Cisjordania han explicitado la conveniencia de ampliar los enfoques geopolíticos, dando entrada a factores, elementos y protagonistas con existencia oculta u ocultada con anterioridad a esos conflictos.

La constatación de que sólo con recursos económicos y riquezas ingentes no se garantiza la capacidad de defensa de los intereses ante la existencia de elementos, diferentes a las armas, que influyen en los conflictos. El estrecho de Ormuz ha estado siempre ahí, pero lo que lo convierte en arma estratégica es la restricción al comercio global, en términos de reducción de un 20% del transporte de combustibles fósiles y sus derivados del tipo de fertilizantes, plásticos y medicamentos hacia el mercado global. La aparición de alianzas estratégicas ajenas a los bloques ideológicos y ligadas a intereses más chanflones y espurios, cuyo claro ejemplo es el acercamiento de EEUU y Rusia, o el alejamiento de los EEUU de la UE. Y, por último, la articulación de alianzas más flexibles y pragmáticas. Todas ellas indican la conveniencia de impulsar un proceso racional de adecuación a los nuevos principios del funcionamiento global.

Termino este breve repaso insistiendo en algo muy presente en tiempos recientes como la necesidad de poner en marcha, por parte de la UE, ese proceso de análisis, diseño y ejecución de elementos dinámicos que faciliten su consolidación y evolución como un actor principal en todos los ámbitos globales de manera sostenible en el tiempo y coherente con el esquema de los valores sustentadores de la propia UE.

Economista