Culpa, vergüenza y redes antisociales
Es preciso señalar que, si el ser humano rebosara empatía, no habría guerras, asesinatos, violaciones, abusos, malos tratos, y tantas otras calamidades. Pero no es así. La empatía es como una orquídea muy delicada, a la que hay que cuidar. Y como todo lo que perdura y nos acompaña, requiere de dedicación y trabajo. Sin embargo, lo malo nos asalta desprevenidos, pensamos, aunque en honor a la verdad, a veces, lo buscamos. No siempre… pero, a veces, así suele ser.
No es la nuestra una época en la que la empatía se muestre satisfecha, y es que para saber del otro y condolerse de lo que le sucede hay que notar su presencia y mirar su mirada, y escuchar. Un psicólogo, la definiría como un regulador psíquico de primer orden. ¡Vaya expresión!: regulador psíquico. Se llama así, simplemente, porque regula nuestra pulsación interna, esa que a veces nos empuja al exceso. Nos permite cuidar las relaciones, porque la empatía supone tener incorporado a las demás personas como semejantes. Como humanos semejantes. Si cosificamos al semejante, deja de ser un igual, comienza a ser algo distinto, tantas veces molesto, y en el extremo se convierte en “algo” en lugar de en” alguien”. Ahí surgen las agresiones.
No obstante, no es el único freno a mano, aunque si el más costoso de mantener porque requiere un trabajo de conciencia, apertura y cuidado, como señalábamos. Están la culpa y la vergüenza, que también hacen de diques de contención y nos impiden llevar a la práctica maldades imaginadas. Regulan la run-run interno, la energía acéfala y sin freno de mano que siempre busca un más y otro más y otro…, como si el ser humano sintiera que le habita una premura insaciable que no sabe de la espera o la renuncia, y le impele a la ejecución de sus apetencias.
Si hablamos de violencia masculina, diremos que (a falta de empatía), la culpa y la vergüenza, nos inhiben a transgredir, a consumar en el cuerpo femenino, a consumir el cuerpo femenino. Son tres reguladores que no hay que desdeñar y, en cierto modo, representan variantes de lo que conocemos como la voz de la conciencia. Sin embargo, los varones más jóvenes muestran indicios de ser afectados de una forma distinta por estos tres reguladores. Me explico:
Se trata de un aspecto absolutamente paradójico, requerido de una lectura psicosocial de actualidad, la cual plantea que hoy la culpa como autocastigo no es por la transgresión, sino por la no transgresión. No es por saltarse los límites, sino por no saltarlos. Dicho de otra manera, esa voz de la conciencia que antaño frenaba la acción, con un “¡no, no lo hagas, está mal que lo hagas…!”, cuando el impulso era transgresor e incorrecto dentro de los estándares sociales; ese imperativo a la renuncia estructurante, está dejando de operar en el imaginario colectivo joven. Hoy, la voz que dicta el camino, de la mano del mantra del consumismo, también usa el imperativo, así como la seducción tentadora. Dicha voz es un “…sí, hazlo, sólo se vive una vez, que nada te frene…”. Y ocurre con los mandatos, que cuando no llegas a cumplirlos, sobreviene la culpa. Ésta no es una culpa por la transgresión, sino por la no transgresión.
La vergüenza
Señalábamos que la vergüenza es, también, un importante regulador psíquico (en psicoanálisis los llamamos defensa). Al igual que ocurre con la culpa, también este otro regulador está de cambio en su consideración habitual y clásica. Ya no se trata de la vergüenza por ser descubierto en el acto transgresor. Por el contrario, se trata de hacer del visionado del acto una condición para sentir que el sujeto existe para la cofradía fraterna. Podemos deducir que, desde este prisma, sólo se es en tanto se es visto. La vergüenza, entendida así, no sería una derivada del acto impúdico, sino que surgiría como consecuencia de no ser visto, de sentirse insuficiente para llegar a ser acogido en la red fraterna. Quizás este análisis nos ayude a entender en algo las grabaciones de violaciones y la posterior publicación en RRSS, entre la población más joven. Ahí, los cuerpos femeninos se muestran como objetos de consumo y mercadeo, y las escenas se convierten en escaparates de mostración de cuerpos masculinos que ejercen violencia y cuerpos femeninos que la padecen. Se sigue el ritual de la pantalla: hacemos para ver y hacemos para ser vistos. ¡Pero, ojo!, cabe añadir que el consumismo, puede llegar a igualar los géneros fuera de los roles propios de la cultura patriarcal, equiparándolos entre sí como meros objetos de autoconsumo.
En resumen, cabe decir que, en el mundo joven, se está jugando el peligro de forjarse una dinámica social en el que la culpa es culpa por no gozar, la vergüenza es vergüenza de no ser visto y la angustia es angustia de no ser y no angustia por no poder, como antaño.