No crean ustedes que me he confundido con el titular, ni mucho menos. Lo que pasa es que soy de aquellos que militan en la creencia de que los años deberían arrancar con el primer día de septiembre y no con el de enero, como sucede ahora. La jornada de hoy, que para muchos señala el regreso a sus quehaceres habituales –una inmensa mayoría de la población acaba estos días su receso estival, aunque hay afortunados que justo empiezan el suyo ahora–, sería mucho más adecuada que la que usamos actualmente, ya que, normalmente precedida por las vacaciones, viene a suponer la ruptura más importante en el transcurso de los doce meses que componen el calendario. Más allá del hecho asociado a las celebraciones navideñas, no hay un antes y después en enero como el que se produce en estas fechas. La vuelta, tras un amplio receso, a los trabajos, a los colegios, a las actividades de cada cual olvidadas durante unas semanas, a los propósitos renovados que casi siempre se acaban incumpliendo y la sistemática aparición de coleccionables de todo tipo. Como esta moción no va a salir adelante, al menos quien reparte a su antojo los días festivos podría pensárselo el año que viene para celebrar el 1 de septiembre en vez del insípido 6.
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