oe Biden tiene ante sí retos de proporciones extraordinarias. Debe ser capaz de gestionar de forma efectiva la pandemia de la covid-19, sacar adelante un plan masivo de estímulos a la economía y tratar de recomponer las alianzas globales de Estados Unidos para poder hacer frente a China. El nuevo presidente debe también tratar de reparar los daños del trumpismo a la democracia estadounidense, recomponer la unidad del país y afrontar los problemas nacionales subyacentes que hayan podido legitimar el mensaje trumpista ante millones de votantes.

El impacto de los sucesos del 6 de enero en el Capitolio desvió la atención del resultado de los runoffs (la segunda vuelta) en las elecciones senatoriales en el Estado de Georgia el día anterior, cinco de enero. En ellas, los candidatos demócratas Jon Ossoff y Raphael Warnock consiguieron la hazaña de derrotar, en un estado tradicionalmente republicano del Sur, a sus rivales del GOP, ambos en ejercicio, y hacer posible así el control demócrata del Senado.

No es exagerado subrayar la importancia de estos resultados. Le permitirán a Biden ejecutar su programa de gobierno sin necesidad de negociar continuamente con -y tener que someterse a- Mitch McConnell, el gran perdedor de los comicios de Georgia. Biden podrá sacar adelante su ambicioso plan económico de estímulos masivos a la economía.

Es un programa neo keynesiano que va encaminado a mitigar las fuertes desigualdades socio-económicas y reducir los impactos de la exclusión social provocados por las políticas neoliberales de trickle-down que, de la mano de la globalización, están entre las causas del auge de los populismos que sufrimos hoy. En efecto, vamos a ver un foco creciente en Occidente en torno a los problemas, muy agudos, de desigualdad socio-económica. Lance Taylor, en Macroeconomic Inequality from Reagan to Trump (2020), proporciona un buen análisis de los patrones de desigualdad en Estados Unidos desde Reagan.

El giro neo keynesiano irá unido a una transformación de la gobernanza de la globalización. Se trata de transitar desde la hiper-globalización de las últimas décadas (mermada desde la crisis financiera de 2008) a lo que Ronald Robertson denominó hace casi treinta años glocalization o “glocalización”. Una situación de glocalización implica una gestión localizada (de ámbito nacional o en arreglos de cogobernanza con entes regionales) de la economía global.

Ocupar el espacio político populista requiere prestar atención a estos grupos de excluidos. Pierre Rosanvallon, en su libro más reciente, ha sugerido acertadamente que los populismos no van simplemente a desvanecerse si no se ofrecen soluciones a los problemas materiales o económicos de muchos ciudadanos. Algunas de las reclamaciones populistas no son mera propaganda política. Dani Rodrik, de Harvard University, asegura que los populistas son los únicos que no han mentido respecto al trilema de la globalización, esto es, la imposibilidad de asegurar simultáneamente globalización económica, soberanía nacional y democracia.

Así pues, contener la amenaza populista a la democracia requiere un conjunto de políticas (económicas y otras) distintas y opuestas en buena medida a las practicadas en los últimos treinta años en Occidente. Las políticas fiscales expansivas y las inversiones en infraestructuras que Biden lleva en su programa pueden contribuir, junto con otras iniciativas, a reducir algunos riesgos populistas, a superar el discurso de resentimiento y a poner fin “a una era sombría de demonización”, tal y como dijo el demócrata en su discurso del pasado siete de noviembre en Wilmington (Delaware). En consonancia con su política económica, y en un país roto por el enfrentamiento político, el nuevo presidente va a articular y transmitir un mensaje de transversalidad muy necesario ahora.

Los indicadores económicos muestran un escenario de optimismo para Joe Biden. Todo indica que va a poder realizar un ingente gasto público sin que la inflación resulte una preocupación prioritaria. El propio Biden ha estado enviando señales de que tiene la intención de utilizar el control demócrata en el Senado para realizar un mayor gasto sin preocuparse por los déficits. Los progresistas han aplaudido, al igual que los mercados. Existe la urgencia de continuar protegiendo a los desempleados, reanimar la economía y evitar una recesión prolongada. El CARES Act, el paquete de ayudas al desempleo y las empresas en vigor desde marzo de 2020, ha funcionado eficazmente. Es posible que veamos a muchos republicanos y a los medios de comunicación favorables a la disciplina fiscal bajar el tono de sus habituales advertencias sobre los males de la deuda pública.

Aunque parezca paradójico, en un contexto de inestabilidad política e institucional es muy posible que seamos testigos de una economía en auge. Paul Krugman nos recuerda que los efectos económicos directos de la inestabilidad política tienden a ser pequeños. Biden no debe tener como modelo a Obama, quien sacó a Estados Unidos del agujero de la Gran Recesión pero fue tímido en su propuesta de estímulos a la economía. El nuevo presidente debe pensar en Franklin D. Roosevelt. Los daños socio-económicos de la pandemia han creado un escenario de reconstrucción, los argumentos neoliberales ya no sirven para justificar la política económica y el control legislativo por parte demócrata permite ejecutar un programa ambicioso esta vez.

En un país en el que la mayoría de los blancos goza de ingresos más altos, mejor educación, acceso a mejor cuidado sanitario y mayor riqueza heredada, conviene recordar que la cuestión para las minorías raciales, particularmente afroamericanos y muchos hispanos, es de vida o muerte en un número no desdeñable de casos. Biden quiere promover una agenda de ayudas a la creación y expansión de pequeñas empresas en zonas “desaventajadas económicamente”, en particular empresas de propietarios afro-americanos, hispanos, nativo-americanos y de otros grupos minoritarios. De los 300.000 millones de dólares que Biden quiere invertir en I+D+i en cuatro años, un 10% se dedicará a promover la igualdad racial y las oportunidades de emprendimiento de las minorías.

Hay también un plan de vivienda que pretende combatir la desigualdad racial en el mercado inmobiliario, construir vivienda pública y ofrecer ayuda financiera para su compra por parte de ciudadanos de menores ingresos. Los HBCUs (Historic Black Colleges and Universities) contarán con ayuda financiera del gobierno para ofrecer matrícula gratuíta a estudiantes de familias con ingresos inferiores a 125.000 dólares al año. Las ayudas económicas y la inversión pública serán fundamentales para estos grupos de población, que han sufrido la pandemia de la covid-19 en mayor grado que otros ciudadanos.

A pesar de la demagogia supremacista de Trump, una gran mayoría de estadounidenses admite que el racismo sistémico contra los afro-americanos es un problema muy grave que es preciso afrontar sin demora. Desde el asesinato de George Floyd por parte de la policía de Minneapolis en el verano de 2020, aproximadamente 22 millones de estadounidenses se han manifestado en unas 2.500 localidades, grandes y pequeñas, en apoyo al movimiento Black Lives Matter. Naturalmente, no hay que esperar que el racismo desaparezca de la vida estadounidense con Biden pero, tras el retroceso trumpista, se vuelve ahora a tomar una dirección en la que habrá progresos.

Las relaciones raciales y los demás temas en la agenda del presidente se van a abordar desde una Casa Blanca que proclama con determinación un espíritu de regeneración democrática imprescindible actualmente y una llamada a la unidad que Estados Unidos necesita como nunca antes.

El 20 de enero se celebraba en buena medida que “la democracia ha prevalecido”, como recordó el presidente en su discurso de toma de posesión. La joven poeta californiana Amanda Gorman, participante en los actos, añadió acertadamente: “While democracy can be periodically delayed, it can never be permanently defeated” (aunque la democracia pueda ser suspendida algunas veces, nunca puede ser derrotada de forma permanente). US Fulbright Specialist, Senior Research Scholar en MIT y Visiting Professor London School of Economics