se dice estos días que dos no negocian si uno no quiere, pero eso no es cierto del todo, pues se puede negociar sin querer negociar. Me explico, o lo intento. Se puede negociar sin querer negociar, por ejemplo, para dar la impresión de que sí se quiere negociar aunque no se quiera y de que el otro no quiere negociar aunque sí quiera. No lo digo por el proceso concreto que nos ocupa estos días, que no podremos juzgar de forma certera hasta que no concluya, sino por otros en los que el resultado final ha dejado entrever, cuando no demostrado, que alguien ha estado chuleando a su interlocutor. Aunque los cruces de acusaciones igualen a las partes de cara a la galería y ofrezcan a la gente argumentos para culpar al uno o al otro, a gusto del votante, un análisis pausado de todo proceso negociador, de las decisiones tomadas en cada momento decisivo, y hasta del lenguaje corporal de cada cual a la hora de dar explicaciones, da pistas sobre quién iba de frente y quién no. También hay que tener en cuenta una cosa. A veces quienes se sientan a la mesa sí quieren negociar y llegan a un acuerdo tras muchas horas de trabajo y esfuerzo, pero todo se diluye cuando llaman a los suyos para comunicar que ya está hecho y, en lugar de recibir el visto bueno, descubren que nunca se quiso pactar.