ha trascendido una carta-reflexión del argentino Ángel Di María sobre las vicisitudes del trabajo de un futbolista profesional. “No sé cuánto saben de la vida, pero de fútbol nada”, acusa a la gente en general no sin antes desgranar el durísimo día a día que ha de soportar un jugador, en su caso, del Paris Saint Germain. Desvela el nuevo gurú de los futbolistas que entrenan de lunes a viernes y que el domingo no pueden quedar con sus amigos porque juegan partidos. Los hinchas no pueden ni imaginarse el sinfín de rasponazos que sufren los jugadores mientras practican ni las broncas que reciben de sus madres por llegar sucios y sudados a casa. Y así una sucesión de poderosas razones que, al parecer, justifican de sobra sus exorbitados salarios, en su caso, 1,3 millones de euros al mes. “¿Qué saben ellos de la tensión y los nervios que no te dejan dormir un día antes del partido? ¿Qué saben ellos de los partidos que jugaste lesionado o enfermo?” No me extraña nada que una gran cantidad de deportistas de élite acaben en la miseria más absoluta a los pocos años de la retirada. Hablamos de veinteañeros multimillonarios y venerados por los aficionados a los que, en muchas ocasiones, nadie ha preparado para la vida más allá del artificio.
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