Solana
Francamente, no recordaba en qué consistía el verano. Ha llegado en plena primavera y ha caído a plomo sobre la mollera del menda, impotente ante la intensidad de la solana de los primeros días de junio. Y así me va, constipado como en invierno después de meses de clima irregular, y cocido como un pollo en su salsa después de echar unas horas desarrollando este negociado del periodismo en pleno arreón de los mercurios. Dadas las circunstancias, no es de extrañar que en las últimas semanas lo meteorológico haya vuelto a ser tendencia en las mejores conversaciones de barra y de ascensor, en las que el comodín del termómetro ha vuelto a desterrar silencios incómodos frente al vecino del cuarto izquierda. Quesihay qué ver, que vaya con la que está cayendo, que antaño el tiempo era más sano, que si la abuela fuma en pipa... Supongo que los humanos alaveses han logrado evolucionar no ya a base de limar los genes para sobrellevar las circunstancias, sino llevando un jersey en la cintura en el mes de agosto, por si las moscas; un paraguas en la mochila en julio, por si está de cambio; y una retahíla de capas de ropa en diciembre, por si los veranillos llegan con lustre y requieren cierto grado de destape. En cualquier caso, y pese a la adaptación, seguro que no quema a gusto de todos.