varios años después de su publicación, creo que cien, las obras literarias pasan a ser patrimonio de todos, lo que se traduce en que pueden descargarse en formato electrónico por el módico precio de 0,99 euros. Esta circunstancia alimenta la tendencia a la tacañería que a veces aflora en mi habitualmente desprendido carácter y por ello tiendo a perder más horas de sueño con las viejas glorias de las letras que con Zafón, Pérez Reverte o Sarrionandia. En el no inmenso pero sí vasto catálogo de libros por la cara hay ladrillos imposibles de digerir que uno acomete por curiosidad e inconsciencia y acaba dejando en la tercera página, pero también entretenidísimas historias que además nos dejan útiles enseñanzas para los tiempos presentes y futuros. Por ejemplo, los Episodios Nacionales de Galdós, en los que el canario lo mismo describe un recién nacido parlamentarismo que funcionaba al albur de lo que decían los periódicos sobre sus señorías, como ahora, que el horror de la guerra en toda su magnitud. Saltar doscientos años hacia atrás para reconocer las mismas malas y buenas pasiones, los mismos grilletes mentales y las mismas ansias de libertad en tan diferentes escenarios invita al fatalismo, pero no sé por qué, también tiene algo de reconfortante.