Me ha pasado esta misma semana. Mientras el verano vitoriano seguía regalando dosis de felicidad entre oscuros nubarrones e inestabilidad meteorológica elevada al máximo exponente, un pequeño grupo de una docena de sufridos e irreductibles turistas disfrutaba de la bondad urbanística de la Avenida Gasteiz embutidos en parcas y chubasqueros, prendas muy a juego con toda una selección de las últimas colecciones de chanclas y playeras diseñadas para facilitar la ventilación de los pinreles. Todos ellos se adocenaban parapetados bajo la techumbre del sempiterno tren turístico que, aunque no se lo crean, sigue recorriendo las calles y las rotondas de la capital con la pretensión de competir con Benidorm en la guerra por atraer visitantes. Aquel día llovía con cierta vehemencia y se notaba en la cara de los citados que su estancia en Gasteiz la iban a recordar durante mucho tiempo. En ésas estaba cuando recordé que en esta santa ciudad y no hace demasiado se llegó a organizar una manifestación para protestar por la masificación turística y por todos los males inherentes a la invasión de chancleteros australianos que, al parecer, amenazan con robarnos el sosiego, la comida y a los mejores especímenes de nuestra especie. En fin, ver para creer.
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