Taparse los ojos
hay días -intentamos que los más- que uno llega a trabajar de buen humor y en plan asertivo y otros que no tanto, que llegamos como arrastrando tensiones o apatías. Hay mañanas que afrontamos la jornada con más ganas y otras con menos. Y hay otras en las que de repente se nos cae el mundo a los pies y nos quedamos noqueados. Anteayer fue uno de esos días, cuando los boletines radiofónicos relataban la paliza a una chica de 18 años y lo que anoche se confirmaría como el escalofriante homicidio de su hija de año y medio a manos de un profesor de música de 30 años en pleno centro de Vitoria. Quizás no sea demasiado profesional en este oficio, pero muchas veces nuestra reacción ante estas barbaridades es hacer como esos niños que se tapan los ojos para esconderse de una situación de su entorno familiar que les perturba o los oídos para hacer que los gritos de su alrededor no existan. Pero es una realidad que chilla y está ahí, en la que se repite el perfil agresivo y machista de un chaval de edad joven y no precisamente víctima de la exclusión social. Las calles de Vitoria y las instituciones expresaron ayer su dolor. Pero la cultura de la desigualdad seguirá ahí mañana y exige medidas a pie de calle que vayan más allá de los pronunciamientos ante el impacto del momento.