A la siguiente, sí
no creo que hagan falta grandes conocimientos de medicina para establecer tres o cuatro pautas de hábitos que contribuyan a llevar una vida saludable. Una alimentación pobre en grasas e hidratos de carbono, contenida en carnes y embutidos y rica en frutas y verduras con cinco comidas al día, ejercicio físico suave pero diario, dormir ocho horas y trabajar otras tantas sin estresarse y tal y cual previene riesgos cardiovasculares o alteraciones del sistema nervioso, controla el peso, la hipertensión y el colesterol. La cantinela la conocemos y hasta ahí ya llegamos. El problema es que la vida no es así y esto impone unos cambios de hábitos que a menudo no podemos o no queremos abordar y siempre terminamos posponiendo para mejor ocasión. Es, más o menos, como acaba hoy la enésima cumbre del cambio climático. Sabemos grosso modo los hábitos económicos de producción y consumo que están provocando un indiscutible deterioro sobre el ecosistema planetario, y también los cambios que debemos asumir para revertirlo. Pero es tan costoso que los gobiernos se limitan a asumir que sí, que van a procurar llevar una vida más saludable, pero dejan los cambios profundos para la siguiente cumbre. A esa conclusión llegaron en Lima, Durban, Copenhague o ahora París.