OBSERVO esto de Gibraltar no desde la barrera, no, desde andanada segunda. Ni de lejos conozco lo que la ensaladilla británico-española montada en torno al Peñón provoca en la vida de los sufridos ciudadanos de la zona, porque al final todo se acaba resumiendo en lo mismo, ciudadanos potreados. Pero así en plan observador exótico tengo una primera impresión: al Gobierno español le vino Dios a ver con su particular pirotecnia patriota y mientras miramos el dedo -con banderita y todo- no vemos la luna. Y una segunda sospecha, el tal Fabian Picardo, pomposamente ministro principal de Gibraltar y en la práctica lo que cualquiera denominaríamos alcalde, no lo sabe, pero casi seguro que es español; lo que no dejaría de tener un punto de sutil y maquiavélica justicia poética. Picardo anda por el mundo envuelto en la Union Jack y no descarto que por las noches escudriñe el horizonte en busca del corsario Drake. Se va al Sueddeutsche Zeitung -al lector alemán le debe de preocupar sobremanera Gibraltar- a decir que el Gobierno español ha montado esta penúltima movida gibraltareña para "distraer la atención" de sus "escándalos de corrupción y dinero negro". Y no le faltará razón, es un experto, gobierna uno de los paraísos fiscales de Europa donde podría perfectamente tener montado parte de su imperio negro el amigo Bárcenas. Pero de eso no habla Picardo. Él pone el ventilador -typical spanish politician way of life- y se pone chulo: "El infierno se congelará antes de que Gibraltar retire los bloques". ¿Les suena? Y, mientras, los de siempre se joden.