Decía Kim Ghattas en su magnífico libro Marea negra que el año 1979 cambió completamente todo el Oriente Próximo con tres episodios independientes: la invasión soviética de Afganistán, el asedio de la mezquita de la Meca por radicales islámicos y la revolución islámica de Irán. Para Ghattas, aquellos tres hechos propiciaron la ola religiosa conservadora que inundó toda la zona que, además de hacer eclosionar el yihadismo moderno, dio forma a la rivalidad entre Arabia Saudí y la República Islámica de Irán, una confrontación que ha marcado el devenir de las siguientes décadas en toda la región. El ataque combinado de norteamericanos e israelíes a la República Islámica de estos días podría significar la derrota del régimen de los ayatolás y un nuevo punto y aparte en el devenir de los países de la zona. Un cambio cuyas consecuencias parecen difíciles de calibrar hoy en día.

La República Islámica, desde sus inicios, marcó un punto y aparte respecto a los distintos gobiernos de su alrededor. El ayatolá Jomeini, en 1979, logró expulsar a un sah apoyado por los estadounidenses e instaurar una teocracia que convirtió Irán en el centro del islam chiita. Un país controlado por los clérigos más conservadores, en el que estos poseen todos los resortes del poder, modelo claramente contrapuesto a las monarquías circundantes, regidas por dinastías de jeques en las que los clérigos no son más que un apoyo de unos príncipes que utilizan la religión para legitimar su poder. El régimen iraní funciona, además, como contrapoder a la influencia norteamericana en toda la región, sobre todo a las de las petromonarquías, alineadas claramente con Estados Unidos y, desde la firma de los pactos de Abrahán, a la del Estado de Israel.

Todo parece haber cambiado tras los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023. Aquella fecha ha supuesto un nuevo hito para la región y en el futuro se la considerará dándosele la misma importancia que al año 1979, fecha de inicio del Irán de los ayatolás. El ataque islamista ha sido aprovechado por Israel para reconfigurar completamente todo Oriente Próximo. Primero Gaza, reduciendo a polvo a Hamás; después el Líbano debilitando a Hezbolá; pasando por el fin del régimen de Al Asad y ahora, con la guerra en curso, la presa mayor, la República Islámica de Irán. El último escalón para que Israel, bajo la protección de su aliado norteamericano, reorganizar completamente la balanza de poder en la región. Un hecho que, sin duda, es un auténtico punto de inflexión histórico.

Todavía está por ver cuál será el porvenir de la nueva Irán, si es que israelíes y estadounidenses son capaces de acabar con el régimen. Parece claro que una invasión terrestre será descartada. Las lecciones recibidas en Irak y Afganistán están más que aprendidas. Las invasiones de ese tipo no suelen acabar bien y los vacíos de poder que se producen tras acabar con los tiranos de turno, hasta ahora, han resultado más caros en bajas que los propios derrocamientos. La hipótesis de una ocupación se hace menos posible cuando hablamos de un país de 90 millones de personas, con un régimen fuerte y asentado que cuenta con una guardia republicana bien armada y preparada, junto a una milicia popular, el movimiento Basij, dispuesta a poner a cientos de miles de candidatos a mártires en pie de guerra ante el invasor.

La única solución, por tanto, es un cambio de régimen desde dentro. Opción esta que, en el caso iraní, no deja de presentar sus dificultades. En Siria, norteamericanos e israelíes lo tuvieron fácil. Apoyar a las milicias islámicas de Al-Sharaa, a pesar de su carácter yihadista, permitió que los insurgentes islamistas acabarán con Al-Asad, mientras Estados Unidos e Israel se limitaban a ayudar con bombardeos puntuales y apoyo logístico. Todo un cambio de estrategia, para ambos países, utilizando el yihadismo radical, antiguo enemigo jurado, como aliado en la lucha por hacerse con el control de la región.

Las imágenes de Al-Sharaa, antiguo miembro de Al Qaeda formado en la lucha insurgente en Irak contra Estados Unidos, jugando al baloncesto en la Casa Blanca revelan el profundo cambio de Estados Unidos a la hora de abordar la estrategia respecto a sus zonas de influencia. En estos tiempos del presidente Trump, se acabaron las invasiones, las intervenciones humanitarias y los derrocamientos justificados por la lucha por la democracia. Lo mismo da la ideología de quien gobierne un país, siempre y cuando siga los intereses de la administración norteamericana.

El régimen iraní

En el caso iraní parece difícil encontrar un líder opositor fuerte y con poder militar al estilo de Al-Sharaa. El Consejo Nacional de Resistencia, con la Organización de los Muyahidines del Pueblo como su principal grupo, un conglomerado de movimientos de izquierda derrotados por Jomeini en 1979, no parece tener suficiente fuerza para poder tomar el control del país. Lo mismo ocurre con el hijo del sah, Reza Pahlaví, que ha tomado protagonismo los últimos meses, sobre todo, tras el inicio de las protestas internas que han propiciado el ataque exterior. Un rostro que posiblemente sea más conocido por la opinión pública internacional que por los propios iraníes. Kurdos y baluchíes, sunitas y enfrentados históricamente al régimen chií de Teherán, parecen también demasiado débiles para enfrentarse con éxito a la estructura de poder de los ayatolás.

La única opción que tal vez contara con alguna posibilidad de éxito sería la de un golpe de Estado dado desde el propio poder del régimen, estrategia ensayada con éxito en Venezuela para derrocar y capturar a Nicolás Maduro. El asesinato de Jamenei parece abrir la puerta para intentar esta opción a aquellos elementos del poder iraní, clérigos o incluso miembros del propio ejército nacional, enfrentado a la guardia revolucionaria, para que fueran capaces de hacerse con el poder e instaurar un nuevo régimen que se plegara a los dictados de Washington y Jerusalén. Sin embargo, el desarrollo de esta hipótesis se complica con el nombramiento como sucesor del hijo del asesinado líder Jamenei, pues lanza un claro mensaje de parte del régimen expresando que los seguidores del ala dura de la República Islámica aún ostentan el poder.

Sin embargo, a pesar de la obstinación del régimen, lo tiene difícil para resistir. Los misiles balísticos, su principal arma, tienen los números contados y parecen que terminarán muy pronto. Al mismo tiempo, las lanzaderas subterráneas colapsan frente a los bombardeos de los aliados de Estados Unidos y uno de los principales activos militares del régimen, los drones Shahed, también estarían acabándose debido al ritmo de su uso. Todo apunta a que el régimen iraní será incapaz de responder a la agresión en el tiempo y que su principal estrategia será intentar mantener el poder interno y evitar un golpe desde dentro de la cúpula de poder. Algo que el tiempo dirá si es capaz de lograr el actual grupo de dirigentes.

Una mujer sujeta una foto del ayatolá Alí Jameneí, fallecido en los ataques del 28 de febrero. EP

Por tanto, la cuestión no es si el cambio de régimen se dará o no, sino cómo se producirá y las consecuencias que conllevará para la región. Si 1979, con el surgimiento de la República Islámica de Irán, transformó completamente la zona creando un nuevo balance de poder, este 2026, un relevo en el régimen a través del surgimiento de unos nuevos dirigentes afines a Occidente, podría implicar un cambio radical en las relaciones internacionales a nivel regional y mundial. La desaparición del enemigo existencial de Estados Unidos e Israel implicaría alinear todo Oriente Próximo a los designios de Estados Unidos y de Israel, y, por extensión, a la de Arabia Saudí.

Poco se está hablando del papel de las potencias árabes enfrentadas a Irán. Las críticas a la guerra se centran en la administración Trump y en Netanyahu. Pero, silenciosamente, son las monarquías árabes las que presionan para que la intervención continúe, ya que la eliminación del Irán de los ayatolás significaría el fin de la Guerra Fría entre saudíes y persas, con la victoria final de la casa de Saud y de sus aliados jeques del golfo.

Para sus vecinos, la República Islámica es algo más que un mero oponente. Al mismo tiempo que ha liderado la oposición al poder suní de los reyes árabes, la República Islámica ha resultado un problema para el desarrollo económico de la región que intenta prepararse para un futuro escenario con el petróleo agotado propiciando un desarrollo desde la abundancia actual. La inestabilidad política favorecida por el régimen de los ayatolás, ha puesto en jaque las ambiciones de los príncipes árabes ahuyentando las inversiones, el turismo y el desarrollo económico necesarios para convertir la península Arábiga en un polo de atracción económico para el resto del mundo.

Los ataques de Hamás del 7-O

Ante esto, líderes como el príncipe Bin Salman parecen tenerlo claro. Los acuerdos de Abrahán, en la que varios países árabes, incluido Arabia Saudí, firmaron la paz con Israel, fue el primer paso. Y la respuesta de Irán, por medio de su aliado Hamás, tratando de romper el pacto, parece haber resultado desastrosa. Con el ataque del 7 de octubre de 2023, Hamás dio la oportunidad perfecta para que Israel, con el beneplácito de Estados Unidos, y de las monarquías arábigas, pudiera ponerse manos a la obra con el fin de transformar completamente la región. Un cambio profundo, del que todavía no somos capaces de comprender las consecuencias últimas que conllevará.

Si el régimen de los ayatolás cae, plegándose a los intereses norteamericanos, la transformación completa de Oriente Próximo será culminada. Estados Unidos logrará alinear toda la región según sus intereses, salvaguardando al mismo tiempo el de sus aliados. Una derivada importante de esta guerra, en el caso de que la ganen los norteamericanos e israelíes, es que dejará a Pekín sin un gran aliado militar y sin su principal fuente de petróleo, un duro golpe para los sueños grandilocuentes de Xi Jingpin. Israel será el otro gran beneficiario, logrando acabar con su mayor enemigo, convirtiéndose así en la fuerza miliar predominante de toda la región. Solo restarán los hutíes y Hezbolá. Los primeros lo tendrán muy difícil para aguantar en su guerra civil, y a Hezbolá le costará evitar su desarme frente a las otras minorías libanesas con las que comparte el poder. Israel, por tanto, logrará acabar con todas las amenazas importantes contra su Estado.

Al mismo tiempo, los vecinos de Irán serán los grandes beneficiarios de esta transformación. Arabia Saudí se convertirá en la gran vencedora en su particular guerra fría con Irán. Un Irán debilitado y alineado con los intereses de Washington no parece un enemigo invencible para arrebatarle el dominio entre los países musulmanes de la zona. Al mismo tiempo, la estabilidad política permitirá el desarrollo del país y podrá ser un empujón a los sueños de la nueva Arabia tecnológica y desarrollada del príncipe Bin Salman. Sin olvidar que la exportación de crudo podrá ser regulada de manera que todos los productores puedan consensuar sus cuotas de mercado.

Un nuevo Oriente Próximo está naciendo a ojos vista. Muchos son los intereses regionales que apuntan a buscar ese cambio. Más allá de Trump y las críticas a su intervención, parece que la opinión pública es incapaz de entender lo que está ocurriendo. Si 1979, con la revolución iraní, abrió una nueva época; 2026, con el posible fin del régimen de los ayatolás, significará otro nuevo capítulo para la zona. Veremos si estos posibles cambios logran traer la estabilidad a la zona, el desarrollo económico de una región que parece tratar de superar años de conflictos y violencia. Pocas dudas caven respecto a la radical transformación que se está produciendo ahora mismo, pero a la vez pocas certezas si lo que está ocurriendo, en lugar de asegurar un futuro en paz, no sirve más que para generar nuevas amenazas. Veremos qué nuevo tipo de marea trae 2026 a Oriente Próximo.