Buscan los viejillos la forma para que las instituciones pertinentes declaren como refugio climático nuestro amado templo del cortado mañanero, que no tiene aire acondicionado, pero sí un ventilador de cuando Franco era cabo que en tiempos se movía de un lado a otro, pero que en pandemia decidió quedarse fijo apuntando solo a la barra, y se está la mar de bien si encuentras justo el punto Gräfenberg. Más allá de que nuestro querido escanciador de café y otras sustancias no ve nada claro que el local cumpla las condiciones para la designación, lo cierto es que el barman ya ha cerrado la temporada de caldo para comenzar la de gazpacho, a la espera de que a mediados de junio, estas cuatro paredes abran como udaleku. Eso es algo que ya está dando escalofríos a varios de los aitites, porque cada vez que las juventudes están por aquí se deja de hablar de ciertos temas para no escandalizar más las prístinas mentes de los querubines, no sea que se vayan a enterar de que no te puedes fiar de nadie –y menos en política–, que la gente tiende a ser puñetera por naturaleza y que Murphy era un cabrón con pintas haciendo leyes. Pero que a pesar de todo ello, hay que descojonarse por aquello de regalarle a la Parca la mejor de la sonrisas. Dientes, dientes, que es lo que les jode. En la Pantoja we trust.
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