Hace tiempo que el ocio nocturno pasó en mi caso a mejor vida, pero este pasado sábado fue la excepción que confirma la regla. El motivo no era otro que una comida de antiguos alumnos del colegio previo al paso a la universidad y lo cierto es que la jornada no defraudó las expectativas pese a las bajas de última hora. Resulta gratificante compartir mesa y mantel con gente a la que, en algún caso, hacía más de dos décadas que no había visto. Los lazos que se formaron durante la adolescencia son, en ocasiones, irrompibles y así quedó de manifiesto en un ágape repleto de buen rollo y diversión. Casi todos con alguna cana y kilos de más, rememoramos algunas batallas que permanecían frescas en la memoria y nos pusimos al día sobre las ocupaciones de cada uno, la familia... Ni qué decir tiene que lo pasamos como los indios pese a que desgraciadamente el día no acompañó en lo climatológico. El vino y los cubatas –tampoco tantos en mi caso, que conste, porque al día siguiente estaba programada otra comida en casa de mi cuñada– comenzaron a hacer mella y a algunos guerreros con evidentes ganas de marcha se nos hizo más tarde que a otros. El deseo generalizado ya es protagonizar una nueva quedada en poco tiempo, esta vez en una sidrería.
- Multimedia
- Servicios
- Participación