Por si quedaba alguna duda de que el orden mundial ha cambiado, el ataque coordinado por EEUU e Israel sobre Irán ha evidenciado que es así. Este ataque probablemente da la puntilla definitiva a la ONU, que si bien nunca fue un prodigio de eficiencia, al menos nos daba una apariencia de civilización. Me atrevo a esta aseveración, quizá demasiado audaz, basándome en que quien está removiendo los cimientos del derecho internacional no es cualquiera, es quien a lo largo del siglo XX se arrogó el papel de referencia de la democracia y de líder del orden mundial nacido tras el fin de la II Guerra Mundial –ONU incluida– y apuntalado tras la caída del muro de Berlín y la desintegración de la URSS. En 2003, antes de que los EEUU de George W. Bush iniciaran la invasión de Irak, el entonces secretario de Estado Colin Powell compareció ante el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas para intentar justificar la intervención –con escasa fortuna a la luz de los acontecimientos posteriores– porque el régimen de Sadam Hussein estaba en posesión de armas de destrucción masiva. En esta ocasión, ni siquiera se ha cumplido con este trámite diplomático. Porque la diplomacia como la hemos conocido agoniza. Me temo que el mundo se rige ya, sin esforzarse por ocultarlo, por la ley de la jungla.
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