Pertenezco, según parece, a la generación X. Eso significa que mis viajes en el tiempo están marcados por el paseo al futuro de 2015 que protagonizó Marty McFly en 1985 y por la caza de replicantes con coches volando por las calles en 2019. Quieras que no, esto te da una perspectiva bastante exacta del paso del tiempo. Es decir, poniéndome un poco cínica y dramática, el futuro ya me ha decepcionado. Por si fuera poco, resulta que formo parte de la generación EGB, particularmente empeñada en la nostalgia de un tiempo perdido, el de los 80, no necesariamente mejor (la profusión de hombreras da cuenta de ello). Y desde esta coctelera asisto con curiosidad a esta moda desatada en redes sociales de rescatar fotografías de 2016. Al parecer, ese fue “el último buen año”, una apreciación que, según la gente que sabe, tiene en parte que ver con lo que denominan optimismo milenial y de parte de la generación Z y con unas redes sociales más jóvenes, menos agresivas y menos gestionadas por el famoso –y tenebroso– algoritmo. Los ejercicios de nostalgia son peligrosos, edulcoran y abren la puerta a la melancolía. Por otra parte, estos tiempos de neocolonialismo, neoimperialismo, neoautoritarismo y neos varios quizá demuestran que nos empeñamos en tropezar en la misma piedra, la de 2016, la de 1986 o la de 1816, lo mismo da.