Las pasadas Navidades se colaron en nuestra casa dos pequeños elfos para animar la cuenta atrás hasta el 25 de diciembre. Voluntaria pero inconscientemente, ama y aita nos obligamos a preparar cada mañana una escena protagonizada por estos pequeños seres. El esfuerzo no es poco, sobre todo cuando recuerdas que no has preparado el teatrillo metiendo ya un pie en la cama, pero se ve recompensado por la ilusión con la txiki al despertar cada mañana, inquieta por descubrir la última travesura de la pareja de duendes.

Este año, hemos repetido la jugada y, de nuevo, la emoción de la inocencia infantil compensa tener que exprimir las neuronas cada noche para colocar en situaciones divertidas a los pequeños ayudantes de Santa Claus.

Precisamente, es su ADN anglosajón lo que nos ha hecho repensar la jugada. En este lado del mundo parece inevitable engullir sin reflexión costumbres que no son propias. Somos carne de cañón de la mercantilización globalista de tradiciones ajenas si hay negocio de por medio.

Sin embargo, en muchas casos ha producido un efecto secundario. Halloween ha revivido la tradición de gau beltza o arimen gaua y la moda de los elfos nos ha llevado a algunos a ampliar el periodo laboral de los galtzagorris. En nuestra casa los ayudantes de Olentzero y Mari Domingi comienzan ahora su trabajo el 1 de diciembre.