Irreconocible

– En algún sitio leí que hay personas que se pasan la segunda parte de su vida arrepintiéndose de la primera. La frase le va como anillo al dedo a Juan Alberto Belloch, cuya involución en los (como poco) últimos veinte años es digna de tesis doctoral de psicología. Casi nada tiene que ver el tipo que hoy anda soltando bocachancladas justificadoras sobre los GAL y Galindo (valga la redundancia) con el respondón juez destinado en Bilbao que yo conocí a finales de los años 80 del siglo pasado. Es verdad que, remedando a Cortázar, el hombre no disimulaba que se creía la última chupada del mate. Vamos, que se notaba que se quería mucho y que le gustaba ser objeto de admiración. Pero la realidad es que había motivos para tenerlo en gran estima. En aquellos tiempos oscuros en que la judicatura destilaba todavía un inequívoco hedor franquista, el aragonés dictó un puñado de sentencias contra corriente que hicieron crujir los dientes a buena parte de sus colegas de toga. Y lo mismo ocurría con sus declaraciones que lo retrataban como un demócrata convencido.

El ascenso de Galindo

– No tengo ninguna duda de que aquel Belloch habría criticado duramente al actual, el que proclamó anteayer en una entrevista en El Periódico de Aragón que los GAL “tuvieron un coste mínimo” porque “había voluntarios a barullo para financiar sus gastos”. O el que en esa misma entrevista se jactó de haber actuado correctamente al ascender al infame Enrique Rodríguez Galindo porque “el número de agrupaciones de ETA que se detuvieron en los años de Galindo fue espectacular. Era el que mejor resultados obtenía y el que más información llegó a acumular”. Me resulta llamativo que, de estas declaraciones, haya sido la primera la que esté provocando una gran riada de indignación, en algunos casos, brutalmente tardía. Sinceramente, creo que el elogio a alguien tan siniestro como el señor de las mazmorras de Intxaurrondo es bastante más grave que el enunciado de lo que, por desgracia, no podemos decir que fuera mentira.

Hipocresía

– Es innegable que suena cínico y chulesco en labios de quien lo dice. Pero los hechos contantes y sonantes no dejan lugar a las dudas. Ojalá hubiera sido de otro modo, pero los GAL no tuvieron apenas sanción social más allá de Euskal Herria. Incluso matizaría: de un parte de Euskal Herria. Como dice el propio Belloch, las encuestas del Ministerio de Interior de la época recogían un amplio respaldo popular a sus crímenes. La derecha política y mediática se limitó a utilizarlos como arma política contra el PSOE. Con gran hipocresía. l