En su última novela, Islandia, Manuel Vilas transforma su propia ruptura matrimonial en un agradecimiento literario. A medio camino entre la autobiografía y la ficción, el poeta y autor reconstruye once años de amor tras escuchar la frase “más importante” que le han dicho en su vida, y que se la cambió por completo: “Ya no estoy enamorada de ti”.

'Islandia' es la última novela de Manuel Vilas. Gaizka Portillo

Ha escrito Islandia, mezclando ficción y autobiografía, y basándose en su ruptura amorosa. La otra persona le ha deseado éxito. ¿Cómo se gestiona esto?

Es una novela autobiográfica y está basada en lo que a mí me ha pasado: una separación matrimonial. Empecé a escribirla con un ánimo terapéutico, verbalizando lo que yo llevaba dentro tras la noticia que me da mi exmujer: “Ya no estoy enamorada de ti”. A partir de ahí hago una reconstrucción de lo que fue nuestro amor, de 11 años de matrimonio, exploro los abismos de los últimos meses, hay largas conversaciones con Ada... Está escrito a modo de diario, porque luego narra un viaje a Islandia, que efectivamente ocurrió. El origen sería terapéutico, la empecé a escribir porque no entendía lo que había pasado.

¿Qué le permite la ficción contar sobre esta historia que la realidad no?

La ficción me permite una mirada mucho más profunda y también una especulación. Allí donde la realidad no explica nada, la ficción sí. Es un mundo de hipótesis, un mundo insondable que se abre. Te lo permite todo. De hecho, esa es su utilidad. Inventa lo humano, lo explora, lo recorre... Por ejemplo, el divorcio ocurre en la cocina (risas). Este dato es real, pero luego hay exploración: “Los muebles de la cocina han sido testigos de nuestro adiós”. Eso ya es ficción, enriquece el proceso, extiende y multiplica la historia. Abre el mundo de las posibilidades infinitas.

Su antigua compañera también es escritora. Tras su separación, ¿ha continuado leyéndola?

Sí, claro. Por supuesto, y ella a mí. De hecho, he hablado con ella dos veces ya esta mañana. Seguimos siendo familia, y es un poco lo que yo narro en la novela. Es el paso del amor romántico o de matrimonio a la amistad. Yo estuve casado con Ana (Merino) 11 años. De hecho, sigo casado, porque no nos hemos divorciado -legalmente digo- y tampoco creo que lo vayamos a hacer porque estamos casados en Estados Unidos. Tampoco homologamos el matrimonio. Entonces, nosotros seguimos teniendo una relación de familia. Esa metamorfosis del amor romántico... Fíjate que hay una dificultad ahí para poder nombrar este tipo de amor. Yo siempre me pregunto: “¿Cómo se llama esto: matrimonio, pareja, relación sentimental...? Hay un orden lingüístico quebradizo ahí, y eso significa que cuando algo tiene dificultad para nombrarse, es que ahí hay un problema. Un problema lingüístico siempre lleva un problema psicológico. 

Cuando una ruptura tiene como motivo simplemente que el amor cambia de forma, ¿duele incluso más que cuando hay otra causa?

A ver... El narrador al principio no sabe qué ha pasado. Incluso presupone que igual hay un tercero y le pregunta si se ha enamorado de otra persona. Pero no se ha enamorado de otra persona. Entonces, es un divorcio absolutamente legítimo. No hay nadie de por medio. Yo aconsejo que los divorcios sean así. Esto es muy recomendable (risas). Si uno de los dos intuye que puede pasar, o que se está abriendo esa puerta ya, lo mejor es dejarlo antes de que pase.

¿Cree que cierto público puede juzgarle por ser un escritor masculino de 63 años que trata el amor y el desamor con tanta naturalidad?

Yo he escrito esta novela porque la he vivido. Para mí la legitimidad procede siempre de la vida. La intención de la novela es contar un divorcio, pero no es un ajuste de cuentas. Yo jamás hubiera escrito eso. Es un agradecimiento ficcional, pero también real, a la que ha sido mi mujer durante 11 años. He tenido la suerte de haber estado con una mujer excepcional. En ese sentido, es un agradecimiento a su generosidad. Bueno, yo la echo muchísimo de menos. Tengo mucho dolor, porque he perdido a una persona con la que yo veía el mundo, y ahora lo veo solo. O sea, yo estoy de luto.

'Ordeza' es otra de las novelas de Manuel Vilas. Gaizka Portillo

En la novela visibiliza la incapacidad que tienen algunos hombres para gestionar las emociones.

Ojalá la lean los hombres, la novela. Porque los hombres son ciegos, no se dan cuenta. Yo conozco a mi sector genérico y les va a costar, ¿eh? Porque les conozco, les va a costar. Pero, ojalá..., no por estar a la moda de los tiempos. No por eso, sino porque van a sentirse mucho mejor.

El protagonista llega a dudar si ha amado de verdad alguna vez, incluso a sí mismo. ¿Se puede amar sin amarse primero?

La catástrofe que le pasa al protagonista es tan grande que llega a ponerlo todo en crisis. Es una sensación muy dolorosa, la ceguera, donde la persona se pregunta: “¿Por qué me pasa esto?”. Aquí hay una cosa de la condición humana, que a mí también me pasó con Ordeza, que es que no valoras lo que tienes hasta que lo pierdes. Esta es una fatalidad que anunciamos en todas partes: el arte, la literatura, la filosofía moral... Sin embargo, da igual que esté, los seres humanos siguen cayendo ahí.

En 11 años pasan muchas cosas. ¿Islandia será autoconclusivo?

Me asaltó con urgencia dejar memoria de esos 11 años. No podía soportar que los olvidáramos los dos, porque fueron maravillosos. Para mí, y creo que para ella también. Las rupturas amorosas, y es lo que he intentado con este libro, deben ser revisadas sociológicamente. Esta frecuencia con la que suceden divorcios llenos de odio, gente enfadada, echándose los trastos encima... Depende de la inteligencia emocional de las personas que han decidido dar ese paso. Ahí estamos en pañales. Nosotros hemos sido marido y mujer durante muchos años juntos, ¿qué sentido tiene que destruyamos todo eso, todo lo construido? Ahora nuestra relación se ha deteriorado, ya no tenemos muchas cosas de las que teníamos, pero vamos a darnos otra segunda oportunidad como amigos. Y esto es posible, y hace que la vida después de un divorcio no se acabe.