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“Hay una burbuja de miedo sobre la IA, pero ese miedo está desde que la tecnología existe”

Ramón Verástegui, referente gasteiztarra en finanzas cuantitativas en Nueva York, analiza en Ignacio Aldecoa los sesgos de los mercados y los límites de la tecnología

“Hay una burbuja de miedo sobre la IA, pero ese miedo está desde que la tecnología existe”Pilar Barco

La Casa de Cultura Ignacio Aldecoa de Vitoria se convertirá mañana a las 19.00 horas en el escenario de un reencuentro muy esperado. La Comisión de Álava de la Real Sociedad Bascongada de los Amigos del País celebra el ingreso como Amigo de Número del vitoriano Ramón Verástegui. Doctor en Física y Matemática Aplicada por la Universidad de Columbia y fundador en Nueva York del fondo Kairos Investment Advisors, Verástegui ofrecerá una conferencia titulada La convergencia del ser humano y la máquina en las finanzas. En esta charla, abierta al público, abordará el verdadero impacto de la inteligencia artificial en los mercados financieros globales y la necesidad de un examen crítico frente al relato del reemplazo tecnológico. Antes de subirse al atril, comparte sus reflexiones sobre su trayectoria, los sesgos de la mente humana y los retos de un mundo automatizado.

Después de tantos años viviendo y trabajando en Nueva York. ¿Qué supone para usted volver a Vitoria para impartir esta charla?

Para mí es, francamente, muy emotivo y muy especial, porque yo me fui de Vitoria cuando tenía 18 años. Me fui a Madrid, después a París, a Boston y luego terminé en Nueva York. En todo ese proceso hubo un montón de gente que me ayudó muchísimo. Siento que es el momento de empezar a devolver un poco todo lo que me han ayudado. Normalmente, cuando las personas te ayudan, hay una tendencia a devolver la ayuda, pero la forma correcta no es devolverla hacia atrás, sino hacia adelante. Para mí no solamente es especial el poder regresar, sino que además mi familia está aquí.

Si echa la vista atrás, ¿imaginó alguna vez aquel estudiante que salió de Vitoria que acabaría gestionando inversiones en Wall Street y fundando su propio fondo en Nueva York? 

Es extraño, porque cuando salí de Vitoria yo no pensaba en estas cosas; me atraía más la física y la ingeniería. De hecho, fui a Madrid para diseñar cohetes y allí descubrí el potencial de la inteligencia artificial. Después, en París, combiné temas de energía y de IA, pero al ver que esta tecnología estaba aún “en pantalones cortos”, me mudé a Boston. En el MIT investigaba en reactores de fusión nuclear, en contacto con la NASA, hasta que unos amigos de Madrid me invitaron a sus clases en la Escuela de Negocios. Al entrar, descubrí fascinado que las ecuaciones que ponían en la pizarra para las finanzas eran exactamente las mismas que yo usaba para los reactores nucleares. El impacto de esas matemáticas en el mundo financiero me atrapó: me mudé a Nueva York para estudiar matemáticas aplicadas y, tras el doctorado, entré en la banca de inversión.

¿Cómo empezó el proyecto de crear su propio fondo?

Es un proyecto que se construye paso a paso. Comencé siendo muy junior en un banco de inversión, especializándome en productos estructurados muy complejos. Mis clientes eran grandes gestores y yo iba a proponerles ideas de inversión. Poco a poco el proceso creció; pasé a asesorar a fondos enormes y a desarrollar innovación financiera directamente desde mi mesa. Tras unos 12 o 15 años en esto, mis propios clientes me dijeron: “Llevas diez años contándonos lo que tenemos que hacer, ¿por qué no vienes con nosotros a ejecutarlo?”. Así di el salto a trabajar con ellos de forma directa y, tras un tiempo, logré el capital necesario para montar Kairos, que es el gran sueño de cualquier inversor.

Desde Wall Street, ¿cómo se vive el auge de la inteligencia artificial?

Para nosotros es el último paso de un proceso de automatización que arrancó en los años 80. Fue entonces cuando los ordenadores empezaron a sustituir a los personajes típicos de película estilo Gordon Gekko por perfiles cuantitativos, intelectuales y matemáticos. La IA lo que ha hecho ha sido acelerar esta tendencia de forma brutal. Hoy manejamos volúmenes de datos masivos: satélites, tráfico o consumos de tarjetas de crédito en tiempo real.

Hoy veo inconcebible cursar una carrera en Europa sin hacer un Erasmus. Salir te da diversidad de opiniones, amigos y salidas laborales.

Ahora, al otro extremo, ¿qué tenemos las personas que la IA no va a poder reemplazar?

El modelo del futuro no es un robot sustituyéndonos, sino un sistema híbrido: el ser humano más la IA. La máquina calcula a velocidades increíbles y tiene memoria infinita, pero es rígida y exige entornos estáticos. Nosotros somos mucho más flexibles, consumimos apenas 20 vatios de energía —organismos óptimos si nos comparas con una bombilla— y aprendemos con muchísima menos información. Además, pensamos de forma causal, detectamos cambios de régimen y discernimos la realidad. La IA se equivoca mucho más de lo que la gente cree, alucina y extrapola el futuro basándose solo en el pasado; por eso necesita verificación y escepticismo. 

El título de su conferencia habla de “la convergencia del ser humano y la máquina”. ¿Qué espera que aprenda la gente que acuda a la charla?

Quiero transmitir calma y una visión realista frente a la burbuja de miedo al gran reemplazo humano. Ya en 1821, el economista David Ricardo escribió un artículo alertando de que las máquinas nos sustituirían. Cada ciclo tecnológico paradigmático despierta temores brutales, pero la tecnología nace para complementar al ser humano. Es obvio que cambiará el empleo, igual que hace 300 años casi todos trabajaban en el campo y hoy estamos enfocados en los servicios. La IA es un modelo matemático con límites estrictos: si la información varía o cambian los objetivos, funciona regular. Explicaré cómo funciona “la Fórmula 1 de la inversión”, bloque a bloque, y cómo en este negocio lo verdaderamente complejo no es determinar en qué invertir, sino cuánto invertir y qué tiempo dedicarle a cada cosa; una gran verdad aplicable tanto a las finanzas como a la propia carrera profesional. 

Ramón Verástegui, doctor en Física y Matemática Aplicada.

Si un joven alavés le dijera que quiere trabajar algún día en instituciones como el MIT, Columbia o Wall Street, ¿qué consejo le daría? 

Primero, que intente rodearse y trabajar siempre con los mejores, porque la gente brillante te empuja y te enseña. Segundo, buscar la excelencia, pero combinándola con habilidades humanas. En Nueva York contratamos perfiles técnicamente brillantes, pero sin ego, con capacidad de comunicación y que no vivan pegados al teléfono, porque eso destruye el trabajo en equipo. Buscamos gente empírica y escéptica. Y, por supuesto, salir fuera de tu entorno para romper el provincianismo; viajar y descubrir que otros hacen las cosas de forma distinta te abre los ojos.

¿Le recomendaría entonces moverse de sitio para ganar experiencia?

Sin duda; en mi caso, las becas me permitieron estudiar en París, Boston y Nueva York, abriéndome mundos de innovación total. Cuando estaba en el MIT dudando de mi futuro, le escribí a un gran profesor y me citó a desayunar disculpándose por no atenderme antes al estar reunido con Bill Clinton. Aquel sabio me dio un consejo clave: "En 20 años a nadie le importará dónde estudiaste, sino lo que has hecho en cada lugar". En EEUU nadie te dice qué hacer porque nadie asume el coste de tus errores; tú eres el dueño de tu destino, como decía Shakespeare en Julio César: "El destino está dentro de nosotros mismos". Hoy veo inconcebible cursar una carrera en Europa sin hacer un Erasmus. Salir te da diversidad de opiniones, amigos y salidas laborales. Yo viví en residencias compartiendo cuarto hasta los 32 años, sacrificando la comodidad, el coche o la casa que ya tenían mis amigos, y con 15 dólares al mes sobrantes para ir al cine. Pero éramos inmensamente felices porque estábamos empujando la frontera del conocimiento científico y de la IA. Si logro transmitir a los jóvenes de Vitoria que ese camino apasionante sí es posible, mi misión estará completada.