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Kuss honra los Dolomitas

El norteamericano se impone en la agonía de tappone del Giro con permiso de su compañero Vingegaard , que domina la carrera, y cierra el círculo de victorias en todas las grandes

Kuss honra los DolomitasGiro de Italia

En el grandioso anfiteatro de los majestuosos Dolomitas, excepcionales montañas, morada de los dioses y de los escultores de la belleza, no sirven las caretas, tampoco el maquillaje ni el camuflaje. Todo queda al descubierto ante su imponente latido, frente a sus aristas cortantes, bajo sus puños de piedra.

Los Dolomitas tasan las almas. Mercadean con ellas las montañas, que recuerdan a los hombres su insignificancia, su vulnerabilidad, hormigas que desdeñan las moles, pesadas, altivas, descaradamente bellas, indomables. Evocadoras y fascinantes. Hipnóticas.

Fortalezas catedralicias, pilares del cielo, infierno para los seres humanos. Allí abrió la puerta a la gloria Sepp Kuss, que golpeó con la fuerza inmaterial de las entrañas.

Con el deseo y la pasión de los vencidos, Durango Kid, el colibrí que vuela al lado de Jonas Vingegaard, anidó extasiado Alleghe, bajo el monte Civetta. Ligero, nacido para volar, el norteamericano cerró el círculo. Emocionado, alcanzó el Nirvana.

Emocionado, Sepp Kuss.

Vencedor de etapa en el Giro, el Tour y la Vuelta. Costalero y guía de montaña de Vingegaard, Kuss conquistó la tappone. Entró en la historia a través del padecimiento. Por los Dolomitas se sube a gatas. Dolor para la gloria. No hay otro atajo posible.

Kuss liquidó la esperanza de Giulio Ciccone y Derek Gee en el asalto final a Piani di Pezzè, una agonía extrema. Al italiano la montaña se le cayó encima y el canadiense no pudo con su vecino del sur. 

En la cuesta final, una empalizada extrema, la fatiga en cada poro de piel, Kuss escuchó los gritos de ánimo de su familia, entre voces como las de Beñat y Peio, padre e hijo que gritan entusiasmados a los ciclistas en el Giro.

Vingegaard felicita a Kuss.

Un pasillo humano dio la bienvenida a Kuss. Su madre estaba a 500 metros de meta. Nada como el amor de madre. Eso le impulsó para coronarse en Alleghe. Medio minutos más tarde, Vingegaard abrazó a Kuss con cariño. En ese enlace estaba el regalo del danés, que hubiese ganado de querer hacerlo.

Arensman cede

Los Dolomitas se aclaró el podio. Además del intocable Vingegaard, que entró con Gall. Hindley adelantó a Arensman, laminado en la montaña final de un etapa fastuosa.

El danés dispone de una renta de 4:03 sobre Gall, de 5:04 respecto a Hindley y de 5:33 con Arensman a la espera de la última incursión montañosa a Piancavallo. 

Todos camino del purgatorio en seis episodios terroríficos. Los Dolomitas, colosales, asomaban con las cumbres del Passo Duran (12,1 km al 8,7 %), Coi (5,8 km al 9,4 %), Forcella Staulanza (6,3 km al 7%), Passo Giau (9,8 km al 9,3%), Passo Falzarego (10, 1km al 5,4%) y Piani di Pezzè (5km al 9,7). Una mesa de autopsias. El dolor de las montañas se adentraban hasta el tuétano.

Concentrados los gigantes en un centenar de kilómetros, una expedición al cadalso. Un calvario. Una marcha hacia la muerte en vida. A la crucifixión en unas montañas que subliman lo bello y lo cruel. Lo salvaje.

Un altar que exige sacrificios. Se trataba de sobrevivir en rampas asfixiantes, que descartaban a unos y a otros sin distinciones.

La fuga, que arrancó alegre con el ritmo de tambor de Kuss, alfil de Vingegaard, Ciccone, Gee, Pellizzari, Rubio o Caruso en el Passo Duran, perdía brío mientras se amontonaban los retos de Coi y Forcella Staulanza. Encuentros en la tercera fase. En cada pedalada se atravesaba una frontera de la que no se regresa. Envejecían los ciclistas a cada metro.

Escapada de calidad

En ese tránsito se astilló Igor Arrieta. La carrera era una letanía en los escalones del Passo Giau, la Cima Coppi del Giro, la montaña más alta y formidable. La cumbre, a 2344 metros.

Ciccone la holló para decorar aún más su maglia azzurra, la que distingue al mejor escalador. Vingegaard, el líder, el señor de rosa, disfrutaba de las vistas.

Disponía de dos sherpas, Piganzoli y Lemmen. Gall, Hindley, Arensman, Bernal y Eulálio, que se agarraba con los dientes de la voluntad, se sostenían.

Por la cima de las cimas la fuga tenía una renta de dos minutos y medio. En el descenso, se asustó Gall, que se cuadró entre horquillas que recogían la melena de la carretera, enmarañada, libre, feliz entre el Síndrome de Stendhal de los Dolomitas.

Las montañas fueran bautizadas así en honor al geólogo francés Déodat Gratet de Dolomieu, que descubrió la dolomía.

Antes, al macizo alpino se le conocía como Monti Pallidi, las montañas pálidas debido a la peculiar blancura que distingue a las rocas respecto al tono más oscuro de otras formaciones alpinas.

El acervo popular sostenía que esa luz extraña era hija de un hechizo. Las montañas mágicas. Los Dolomitas tienen la particularidad de reflejar la luz circundante. Calidoscopios rocosos.

Con la caricia de la luz, su piel se vuelve roja al inicio de la puesta del sol, para después lucir violetas hasta desaparecer por completo con la oscuridad de la noche.

Ataque de Ciccone

La negrura atrapó a la mayoría aunque el día era luminoso, el cielo combinando el azul de su terciopelo y los penachos blancos de las nubes. Los abetos, púas verdes que peinaban el recorrido desde los costados, conforman la serenidad de los Dolomitas, le otorga musicalidad.

En la cadena montañosa palpita el bosque de los violines. Allí crecen los abetos rojos, los luthiers de los Stradivarius. En el siglo XVII, Antonio Stradivari viajó durante dos días desde su ciudad natal hasta el bosque de Paneveggio para encontrar la madera perfecta para alimentar la leyenda de sus instrumentos musicales mas cotizados del planeta.

El más caro de los Stradivarius de tasó en 15 millones de dólares. La fuga cotizaba al alza en Passo Falzarego, interminables las montañas, infinitas.

Dectahlon trataba de lijar el entusiasmo de los hombres libres, que se miraban con resquemor antes de ir al encuentro de la última pared. Ineos tomó la responsabilidad en el grupo de los aristócratas.

Viajaba en carroza en Vingegaard, acomodado y protegido. Kuss, por delante, pasaba revista. Ciccone, agitado, se midió con Rubio por los rescoldos de la montaña. Duelo en las alturas. Se cruzaron algunas palabras.

Gesticuló, teatral, Ciccone y decidió atacar en el descenso para quitarse los demonios de encima. Le visitaron más tarde con el vuelo de Durango Kid, que hizo presa en Piani di Pezzè. Kuss honra los Dolomitas.