El tercer brindis de MagnierEfe
Camino al horizonte, además de la fuga a ninguna parte del cuarteto, las nubes formaban un muro de esponjas grises en Pieve di Soligo. Un lugar en el que festejar y hacer un brindis con el champán del pueblo, el Prosecco, el vino blanco espumoso más famoso de Italia.
Ácido, con gusto cítrico pero también ligeramente dulce y fresco según los expertos. Se trata de un vino sencillo, fácil de beber y muy aromático.
El Giro proponía una ruta estupenda por los viñedos que custodiaban a los ciclistas entre las laderas, miles de hectáreas, que aromatizaron la victoria de Paul Magnier. El francés descorchó su tercer logro.
Se agitó con determinación para batir a Milan, otra vez impotente, y Zambanini, que no pudieron con el francés en un final revirado, burlón y juguetón. Magnier salió disparado de la última curva para posar otra vez con cara de ganador. Hat-trick.
Burbujeante, achampanado el velocista galo, demostró que el más rápido de la carrera italiana. Sus primera dos victorias las cosechó en el tríptico búlgaro del Giro en la Grande Partenza. Bautizó la Corsa rosa a toda velocidad. Fue el primer líder. De rosa al rojo vivo. En Burgas y Sofia.
Vistió después de ciclamino durante varios días hasta que perdió velocidad en las jornadas que penalizan a los esprinters. En el paréntesis entre montañas, Magnier conquistó Pieve di Soligo. Gritó su logro con rabia.
No le costó vencer al esprint, pero sí llegar a él, laminado por las cuestas. Rehabilitado, fijado en los tacos de salida del territorio de la velocidad, se impuso con contundencia.
Entre vides saboreó Magnier el mejor trago de la vendimia: el de la victoria. Siempre dulce. Nada entra tan rico en el paladar como un triunfo. Copas arriba. ¡Hip, hip, hurra!
El espíritu del hombre que aguarda a la naturaleza, mandona, caprichosa, juguetona, ingobernable guio a Magnier. En esos ciclos vitales, el vino le da fama a la región del Véneto, que se deletrea con la retorcida caligrafía de las infinitas vides y el cosquilleo de un hormiguero de bodegas.
Un catálogo de etnoturismo se desplegó ante las miradas ojerosas de los ciclistas el día antes de la crucifixión en la tappone. El territorio del más allá.
Etapa reina
Las montañas que abruman pasaran revista a los límites de los seres humanos por los paisajes hipnóticos de los Dolomitas. Belleza salvaje. Un clásico. Un Giro sin tappone no es un Giro.
A solo dos jornadas del final, espera feroz, un trazado repleto de colmillos, con 5.100 metros de desnivel acumulado y el Passo Giau (9,9 km al 9,3%), la cima Coppi de 2026 (el punto más alto y duro del Giro) en su esqueleto por encima de los 2.300 metros.
Antes de relacionarse con las nubes, deberán encarar el Passo Duran y la Forcella Staulanza. El remate espera en el inédito Pianni di Pezzè, un puerto corto pero demoledor, con rampas por encima del 14%.
Una jornada para la supervivencia. En ese viaje a los abismos, a lo desconocido, a los entresijos del alma, Jonas Vingegaard partirá con más de cuatro minutos de renta sobre Gall, Arensman y Hindley. Todos convocados para bajar al infierno en una trinchera infinita que cuelga del cielo.
Terranales, Jonas Geens, James Shaw, Mattia Bais y Andrea Mifsud, hermanados en Fastro, una ascensión sin honduras, apelmazada en el costumbrismo, peleaban por un imposible con el señuelo de la esperanza. Se entendían de maravilla, porque la derrota, compartida, es menos dolorosa.
El alivio de los descamisados, amparados en la ruta por el ánimo de las gentes, que se veían reflejados en ellos. Seres de la misma especia.
Gente corriente, aunque extraordinaria en la carretera. Lejos en cualquier caso de los héroes y Pegasos lucen las piernas doradas de los mejores.
Caída de Eulálio
La fuga representaba los sueños y la utopía, el ascensor social de la plebe, el mecanismo que tanto se atasca. La polea de meritocracia suele fallar. Más aún en la carretera, una ley insobornable.
La sufrió Afonso Eulálio, de blanco, el líder de los jóvenes después de un puñado de días de rosa. El Giro no tiene memoria ni misericordia.
En un punto de avituallamiento, el portugués fue un fado y saudade. Tristeza y melancolía. Se cayó y se dio un buen golpe en un repecho.
Obligado a perseguir. Robert Stannard le rescató. Le llevó a hombros y poso a su líder con cariño y cuidado en el seno del pelotón.
Aunque dolorido, después de comprobar que la clavícula continuaba sana, se repuso el portugués a tiempo. Celebraba Eulálio su gran Giro, la renovación en el Bahrain y su subida de salario tras el notable rendimiento ofrecido. Ser líder cotiza en el parqué bursátil de las clausulas de los representantes.
Giro de Italia
Decimoctava etapa
1. Paul Magnier (Soudal) 3h46:50
2. Edoardo Zambanini (Baharain) m.t.
3. Jonathan Milan (Lidl) m.t.
77. Markel Beloki (Education First) 3:04
110. Igor Arrieta (UAE) a 4:00
General
1. Jonas Vingegaard (Visma) 70h44:04
2. Felix Gall (Decathlon) a 4:03
3. Thymen Arensman (Ineos) a 4:27
19. Igor Arrieta (UAE) a 31:26
23. Markel Beloki (Education First) a 44:13
Geens rebañó la copa de quimeras. Fue el último en entregarse. Su último aliento chocó con la realidad del Muro di Ca' del Poggio, un kilómetro picajoso, al 11,3% de desnivel, un kilómetro vertical que superar con una pértiga. Una pared que atravesar con un ariete. Aceleraron todos, de repente en pánico. La pelea por la posición. Codos, frenazos y bandazos.
La estampa del muro, estupenda, festoneada de colorido, de algarabía y el manto rosa de las bengalas, arengó la poesía de Eulálio, caído antes, pero orgulloso después.
El portugués mostró la cresta, estimulado. Agigantado. Vingegaard le controló en dos pedaladas. El danés, sobrado, agarró los puntos de la montaña. Una manera de demostrar su poder.
Se agrietó el pelotón, mordisqueado por las termitas que carcomen las piernas de madera. Patas de palo. La selección natural conformó una amalgama con los mejores. Vingegaard, Gall, Hindley, Arensman, Gee, Bernal, Eulálio...
El portugués, rebelde, la dignidad por bandera, siguió las huellas de Kulset, inconformista. Se grapó el pelotón en el extrarradio de Pieve di Soligo. Se invocó el esprint. La cata ciega de la velocidad. El tercer brindis de Magnier.