En la vieja Italia, Verbania es joven, apenas un adolescente descubriendo los recovecos y los pliegues de la vida. Verbania se configuró en 1939 de la unión de los núcleos de Intra, Pallanza y Suna. La ciudad reposa al lado de Lago Maggiore.
En esos paisajes hipnóticos creció Flippo Ganna. Tan grande que le apodaron el Gigante de Verbania. Por un día Alberto Bettiol tomó prestado el sobrenombre de Ganna.
El Gigante de Verbania era él. El italiano se creció y floreció con una victoria de astucia en el Giro. Un lustro después de su anterior triunfo en la carrera italiana.
Moribundo, teatral, se desenterró Bettiol en el último puerto para sepultar a Leknessund, alzar el puño y santiguarse a su llegada a meta con honores tras un tratado de sabiduría ciclista. Venció Bettiol entre los vecinos de su historia de amor.
En Verbania le esperaba su mujer, impaciente, para abrazar y besar a su héroe. Cumplió con el guion novelesco Bettiol, que pudo correr a ciegas, en Braille, para exhibirse en su segunda casa. La familia de su pareja es de Verbania. El italiano conocía cada rincón de la subida donde se impulsó con entusiasmo.
Bettiol gana en casa
Ha entrenado muchas veces por esa piel de asfalto. “Recorrí la subida con la bici y en moto hace un par de meses. Sabía que el último kilómetro era realmente duro”. Allí, en las cuesta duras de Ungiasca, tomó vuelo Bettiol para posarse sobre el nido familiar en Verbania.
En Villa Maioni enraíza la Biblioteca de las Camelias, un parque botánico con cientos de variedades. Las flores y las plantas configuran el corazón de los Jardines Botánicos de Villa Taranto, uno de los complejos botánicos más importantes de Europa, con miles de especies y espectaculares floraciones con vistas al Lago Maggiore, que colecciona belleza abrumadora.
Islas estupendas, rodeadas de agua, espejo que refleja la grande bellezza, costa maravillosa, arboles que sostienen un punto de fuga en el que quedarse a vivir.
Camino de las flores de meta, del olor del triunfo, del aroma de la gloria se configuró una fuga de 16 dorsales. Una huida consentida después de los fuegos artificiales de un amanecer loco, donde todo eran prisas, urgencias y dai, dai en busca de la fuga, la razón de ser de la jornada.
Licencia para Bettiol, Leknessund, Stuyven, Valgren, Jacobs, Donovan, Sevilla, Warbasse, Busatto, Maestri, Bjerg, Huens, Joshua Kench, Aerts y Hoelgaard. Anunciaban los campanarios al paso de la comitiva por los pueblos, sonrosados por la alegría.
Repicaban pizpiretas las campanas y las bengalas escupían humo rosa, el color de Italia mientras late el corazón del Giro, con el desfile de los ciclistas en un día de calor y de buen humor. El pelotón se olvidó de la escapada, compuesta por un un puñado de ciclistas sin ínfulas para la general.
Se relajó el líder Eulálio, que no atendió la llamada del presidente de António José Seguro, al no reconocer el número del mandatario en su teléfono. No le cogió el día de descanso.
Podría haber hablado con él durante horas en el transcurso de la etapa. Tenía tiempo de sobra. Tampoco se le entrecortaría la voz ni jadearía por el esfuerzo.
Se trataba de pasar el tiempo sin preocupaciones, balanceándose en la mecedora y poder charlar de lo importante: el tiempo, el fado, la saudade… Porque no siempre lo urgente es lo importante. El pelotón llegó a 13:05 de Bettiol, sin prisa alguna.
Se recreó la carrera por un entramado de paisajes bucólicos, un museo al aire libre para los estetas para devorar con los ojos y no saciarlos nunca. Demasiados puntos de interés, que más que puntos eran mundos.
En el regazo de los Alpes, cerca de Suiza, en un lago alimentado por los antiguos glaciares, agua milenaria, la carrera discurría queda. En la fuga, un babel de nacionalidades, se hablaba el idioma de la colaboración. Se repartieron el tajo con relevos adecuados.
Ataque determinante
Hacia la desembocadura sobresalía la chepa de Bieno, una subida escasa que no desordenó la cadena de montaje de la escapada. Ungiasca era el nudo gordiano.
Una ascensión de 4,7 kilómetros al 7% y rampas del 13%. Una pared para un trazado sin oleaje, calmo y sereno como el Lago Maggiore.
La cota fue dispersando las esperanzas con el paso marcial de Huens. Cuellos estirados, ojos que sobresalía. Del relax al dolor sin anestesia. Desgarro. Valgren, Leknessund, Bettiol y Kench resistieron hasta que el noruego, segundo en Fermo, se encrespó.
Ondeaba la bandera de Noruega, la de su maillot. Bettiol le siguió con la mirada. Estaba confabulando. El alzamiento. Italiano, hábil, revivió tras hacerse el muerto. Súbito. En el pico de Ungiasca, entre los gritos y la algarabía de los tifosi, apareció Bettiol, de repente un cohete.
Aceleró con saña y adelantó a Leknessund con una facilidad pasmosa. Bettiol era un piloto de Moto GP haciendo un exterior a un palmo de la cima. Leknessund se quedó frío.
Congelado ante la aparición espectral en escena del Bettiol, que fue capaz un de conquistar un Tour de Flandes en uno de esos episodios hiperbólicos del ciclismo.
Bettiol protegía el oro. La saca de veinte segundos que tenía respecto a Leknessund. Puso tanto empeño que voló en un badén, en suspensión la rueda de atrás, sin contacto con el aire.
Por fortuna, no perdió el control de la rueda delantera. Volaba el italiano, desatado, una estela recorriendo la ribera del Lago Maggiore, inalcanzable para Leknessund. Por un día fue el Gigante de Verbania. Flores para Bettiol.