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Segaert rompe los cálculos

El belga se anticipa y sorprende a los velocistas en Novi Ligure con un latigazo de ingenio en el callejero de la ciudad

Segaert rompe los cálculosGiro de Italia

La fanfarria alegre del Giro floreció en Novi Ligure, donde un museo recuerda y ensalza las figura de Costante Girardengo, primer héroe ciclista italiano y Fausto Coppi, il Campeonissimo.

En el territorio sentimental y emocional de la carrera italiana, en el corazón del ciclismo, palpitó Alec Segaert, capaz de doblar la voluntad del pelotón tras sorprender con un latigazo extraordinario.

El belga, aprovechó el bamboleo de las curvas por el callejero de Novi Luagre para impulsarse con determinación y alcanzar la gloria. Bautismo en el Giro.

Gran contrarrelojista, Segaert, entendió de maravilla lo que proponía el desenlace. Su lectura de carrera fue perfecta. Tiraba el Visma de Vingegaard, sin urgencias en el esprint, más como inercia de protección de su líder entre las calles.

Asegurado el danés, sabía el belga que no saldrían a por él. No les interesaba ni les preocupaba. Aplicó el cálculo y la inteligencia antes que la fuerza bruta Segaert. Venció desde la astucia. Así derrotó David a Goliat.

Desarticulado el mecano del esprint por la ausencia de varios velocistas, el belga lanzó su apuesta. Un directo duro y al mentón.

Tomó unos metros y logró un triunfo magnífico tras ser capaz de mantener una velocidad altísima en la distancia de un prólogo. Se anticipó Segaert a un esprint de grandes ausentes. Los que el Movistar amputó en el filo de Colle Giovo y Bric Berton. 

En las aristas de esas subidas en el meridiano del día, pedalearon en el aire espeso de la derrota Magnier, Milan y Van Uden, asfixiados por la maniobra audaz, ambiciosa y valiente del Movistar, que lanzó el esprint a más de 100 kilómetros de distancia de la meta. La idea era desbrozar el camino para Orluis Aular.

Se quedaron sin vistas a la victoria, tapiados por las paredes de las montañas, un calvario para ellos. Descatalogados. Fuera de foco.

Nadie contaba con Segaert. Eso descompuso el escenario que pretendía el Movistar. Aular fue sexto. Además del vencedor, le superaron Aerts, Silva,Vernon y Stuyven.

En Novi Ligure, a la felicidad de Segaert se acopló de la Afonso Eulálio, seis segundos más líder tras una bonificación. El Giro no será suyo, pero disfruta cada día de rosa. Honrando la memoria y el espíritu de la carrera. 

Girardengo conquistó dos veces las Corsa rosa, en 1919y 1923. Hijo de campesinos, de la pobreza, Girardengo corría con rabia, con pulsión, con la determinación de los que huyen. Gobernó seis veces la Milán-San Remo y alzó los brazos en treinta etapas del Giro.

El pelotón rueda durante la etapa entre Imperia y Nuvi Ligure.

El gran campeón italiano de la época se anotó tres Il Lombardia entre su centenar de logros. Girardengo fue el hombre que amaba el pueblo. Campeonísimo hasta la irrupción de Alfredo Binda, que hizo feliz a Italia.

Binda, apodado La Gioconda por su perenne sonrisa, no paraba de sonreír. Vencedor de la carrera en 1925, 1927, 1928, 1929 y 1933. La Gioconda ganaba tanto que la organización del Giro le sepultó con dinero. 22.500 liras le sacaron de la edición de 1930.

Binda cobró más por no participar que si hubiere ganado el Giro. Binda fue el retrato del triunfo antes de anunciación de Fausto Coppi, il Campionissimo para siempre.

L’Airone (la Garza) también posa en el museo de Novi Ligure, donde nació Girardengo. Apenas 18 kilómetros separaban las cunas de los dos campeones. 

Coppi llegó al mundo en Castellania en 1919. Hijo de agricultores y del hambre. Girardengo festejó su primer Giro el mismo año del nacimiento de Coppi.

Mientras pedaleó, solo las balas de la Segunda Guerra Mundial pararon a Coppi hasta que la malaria le mató con apenas 40 años.

Ganador del Giro en 1940, 1947, 1949, 1952 y 1953, de dos Tours, cinco Il Lombardia, tres Milán-San Remo, Coppi tomó el testigo de Binda y Bartali, relevistas de Girardengo.

En la Italia del hambre Coppi alimentó los sueños, las ilusiones y las esperanzas de muchos que se asomaron a la carretera para alcanzar una pizca de sosiego y distracción, dejando el tajo y las penurias para animar al hombre que perseguía aquella quimera.

Frente a Fausto se arrodillaba la Italia de posguerra a su paso. Coppi fue un dios. Al italiano le anunció un mesías ciego, Biagio Cavanna, un masajista, curandero y chamán capaz de radiografiar el potencial de un ciclista de solo palparle en su camilla. Cavanna anunció que Fausto sería un grande. Se equivocó. Coppi fue un gigante.

Un ciclista que enraizó en la memoria colectiva de un país que cuelga el ciclismo en un altar. En cada conversación, en cada recuerdo, aparece Coppi.

Italia, religiosa, venera a los dioses y Coppi lo fue más que ningún otro. La leyenda del Campeonissimo perdura, cada vez más grande. Siempre su nombre.

Vingegaard, durante la etapa.

Con el eco de Coppi al fondo, sobresalía Colle Giovo, que se cosía con Bric Berton, dos pequeños puertos, suficientes para desnortar a los velocistas. El Movistar llevaba a hombros a Orluis Aular, su hombre rápido.

Descosieron a Magnier, Milan y Van Uden, tipos nacidos para las volatas pero no para las montañas, donde el gesto fiero y la adrenalina de los asuntos rápidos queda en muecas de dolor y sonidos de saeta.

El esprint se perfilaba a kilómetros de distancia, en la bisagra de un día llano en su primera doblez y revoltoso en la segunda.

Magnier, de ciclamino, era un alma en pena. Van Uden jadeaba. Milan cabeceaba. Maldecían. Les sobraban las montañas. Suspiraban por el descenso, imaginaban un mundo mejor. Eran un paso de Semana Santa.

Los gigantes de la velocidad eran apenas unos chiquillos desvalidos. Su majestuosidad, minúscula. El Movistar quería sus cabezas. Las logró.

No había paz para los que se quedaron gritando su desesperación. El terreno, un entramado de toboganes, entre bosques estupendos, verde maravilloso en todas las direcciones, el cielo un lienzo en azul, el sol pudiente y alguna nube despistada, era el paisaje de una persecución loca.

Milan, Magnier y Van Uden no lograron trenzar con el pelotón, que volaba. Todo señalaba a un duelo de reducidos velocistas hasta que el belga escapó a la lógica. Segaert rompe los cálculos.