“Soy Alex Zanardi, y si no hubiera tenido el accidente en el que perdí las piernas, ahora no sería tan feliz”. Así se presentaba a todo el que quisiera conocer su historia. Unas memorias que no se miden en resultados deportivos, sino en grados de supervivencia, porque se trata de una biografía escrita contra toda lógica, porque pocos han desafiado la muerte como él mostrando semejante sonrisa ante la desdicha. El Ave Fénix, le apodaban, porque su carrera fue contra la muerte y tenía la capacidad de resurgir de las cenizas. Hasta que el destino ha querido recordar que nadie esquiva sus designios. Hoy, un día después de su fallecimiento a los 59 años, el mundo ha conocido la desaparición de uno de los grandes ejemplos de superación, de reinvención tras desafiar las fronteras entre la vida y la muerte, una resiliencia que podría estudiarse en los centros educativos.

Zanardi fue muchas cosas. Fue piloto, campeón y atleta paralímpico. Pero sobre todo fue un narrador de sí mismo. Un hombre que transformó el dolor en relato y la inhóspita adversidad en un territorio habitable. Su historia trasciende del deporte. “La vida es como el café: puedes poner todo el azúcar que quieras, pero si quieres endulzarlo debes girar la cuchara. Si te quedas quieto, no pasará nada”, decía este italiano de espíritu inquebrantable que deja un legado eterno. “Con profundo pesar, la familia anuncia el fallecimiento de Alessandro Zanardi, ocurrido repentinamente ayer por la noche, 1 de mayo”, ha comunicado la familia.

Zanardi nació en Bolonia. Antes de convertirse en símbolo, fue un joven con vocación de vértigo. A los 14 años, su padre, fontanero, le regaló un kart. La pasión por la velocidad y talento de de Alex le condujeron a proclamarse campeón de Italia y de Europa de karting. La familia Barilla, propietaria de la gran empresa de pasta, abrazó al chico, como hiciera con otros talentos italianos como Alberto Tomba, Francesco Moser, Valentino Rossi o Federica Pellegrini.

Campeón ante Schumacher

En su escalada automovilística se proclamó campeón de la Copa Europea de Fórmula 3 ante un tal Michael Schumacher. Seguido ascendió a la Fórmula 3000, donde fue subcampeón en un podio que copó Christian Fittipaldi. En la década de los noventa, el nombre Zanardi comenzó a resonar en los circuitos de Fórmula 1. Alex debutó con Jordan. Posteriormente compitió para Minardi y Lotus. Con esta última escudería sufrió en 1993 un fuerte accidente en Spa que le provocó una conmoción cerebral que le obligó a alejarse de los circuitos durante casi un año. “Mi corazón se detuvo siete veces, un sacerdote me dio la última extrema unción. Si tuviera que encontrar una palabra, la más cercana sería milagro”, atestiguó.

La tragedia

Ya en 1996, Zanardi probó en el CART, la antigua IndyCar, donde se proclamó campeón en dos ocasiones, en 1997 y 1998, antes de retornar a la Fórmula 1 de la mano de Williams. Allí, en 1999, vivió su última etapa en el Gran Circo. Dos años más tarde retornó al CART, donde el 15 de septiembre de 2001, mientras lideraba la carrera en el EuroSpeedway Lausitz, completó un pit stop. Al reanudar la prueba perdió el control de su coche y fue embestido por Alex Tagliani, que se aproximó sin margen a 320 kilómetros por hora. El monoplaza de Zanardi quedó partido por la mitad. Se obró el silencio en el circuito alemán. Zanardi se desangraba; perdió tres cuartas partes de la sangre necesaria para la supervivencia del ser humano, pero superó el primer instante crítico. 

Zanardi permaneció varios días en coma, pero salvó la vida contra todo pronóstico. Aunque sufrió una doble amputación de piernas por encima de las rodillas. “En cuanto desperté del coma ya estaba mirando hacia adelante”. Fue su última aventura a bordo de un monoplaza. No significó el final de su carrera, sino el comienzo de otra. Ahí comenzó la gran historia de Zanardi.

El italiano aprendió a convivir con su nuevo cuerpo, a aceptar la fragilidad sin resignación. “En la vida, si miras hacia abajo para buscar aquello que has perdido te pierdes todo aquello que vale la pena recoger”, pronunció, abrazado a la vida. En 2003 estaba de nuevo al volante. El italiano comenzó a competir con turismos adaptados a su nueva realidad, con acelerador y frenos en el volante. Pasó primero por el Campeonato de Europa y seguido se alistó en el Mundial, donde llegó a firmar cuatro victorias. Pero antes que todo eso, en su nueva puesta en escena como piloto, regresó al fatídico lugar, al circuito de Lausitzring, para completar de manera anecdótica las trece vueltas que le quedaban por delante para concluir la carrera que le dejó sin piernas. 

Alex Zanardi saluda al público. Archivo

La nueva pasión

Entonces apareció una nueva pasión, el ciclismo, al que se aferró en 2007. “Uno puede drogarse de cosas buenas, y una de ellas es sin duda el deporte”, decía. En el handbike, las bicicletas impulsadas por los brazos, acrecentó su leyenda. En esta escena donde el esfuerzo cobra visibilidad y el dolor es más explícito, su figura adquirió otra dimensión. En 2011 ganó el Maratón de Nueva York, lo que le proyectó al mundo como símbolo de inspiración para aquellos sufridores de situaciones similares. 

En los Juegos Paralímpicos de Londres 2012 su irrupción fue conmovedora: se colgó dos dos medallas de oro y una de plata. Cuatro años después, en los Juegos Paralímpicos de Río 2016, repitió la hazaña. Paradójicamente, su última presea olímpica se la colgó un 15 de septiembre, exactamente 15 años después de su accidente en Lausitzring. Además, fue cuatro veces campeón mundial. No competía contra otros; competía contra una versión anterior de sí mismo. Su sola presencia hacía innecesario cualquier relato de épica. Su naturalidad y sonrisa desconcertaban. Su manera de afrontar la vida, la de una persona que se había construido a sí misma, eran un espejo para la humanidad. Fue un modelo distinto de éxito, alejado de convencionalismos.

Otro fatídico accidente

El 19 de junio de 2020 la vida le sirvió otra cruel prueba. Durante la Obiettivo Tricolor, una carrera benéfica italiana, perdió el control de su bicicleta y se estrelló contra un camión. Sufrió un grave traumatismo craneal y lesiones neurológicas que le obligaron a pasar varias veces por el quirófano. Tardó un año y medio en regresar a casa. Desde entonces, se desconocía su situación hasta que la familia ha informado de su muerte, a los 59 años.

“La discapacidad es una barrera pero de naturaleza psicológica, uno se imagina tener que enfrentar la vida de una manera imposible. Si acepta y en cambio se pregunta: ¿cómo puedo hacerlo?, existen alternativas. La vida que llevo ahora no tiene nada que envidiarle a la que llevaba antes. Es necesario decir que se puede encontrar un camino y todos pueden hacerlo”, manifestó.

Aunque siempre se compadeció de aquellos que quedan anclados en la desgracia. “Admito que ser Zanardi marca la diferencia. Muchas personas están atrapadas en el día cero, no solo porque se ven obligadas a vivir solo con la pensión de invalidez, sino también porque nunca han encontrado la fuerza para intentarlo”, expresó. Él encontró la fuerza que para siempre transmitirá para quienes quieran conocer esta historia, la del excepcional Alex Zanardi, que descansa en paz como fuente de inspiración eterna. Fue la sonrisa ante la adversidad.