Quedaron atrás las barreras, su caída de ojos en el paso a nivel del tren, donde revoloteó la polémica. Tadej Pogacar y otros muchos cruzaron las vías del tren con las luces en rojo, las señales sonoras dando voces y las barreras en proceso de cierre, algo que prohíbe el reglamento por razones de seguridad.
Sucede que en estos tiempos de estrellas intocables, los jueces miraron para otro lado y no expulsaron a los infractores. El ciclismo funciona así. Mejor cerrar los ojos. Les abroncaron por la travesura, pero nada sucedió.
La credibilidad se gana adoptando decisiones incómodas, contrarias al deseo de la mayoría, pero que responden a la justicia. No hubo justicia poética.
Solo el relato que ensalza las hazañas y las gestas de Pogacar hasta el infinito y más allá. Un súper humano. O un extraterrestre.
Nada puede con Pogacar, siempre con la mejor pose, de febrero a octubre, en todas las estaciones, en cada competición, en cada día, el mejor en todo. Indiscutible en el Tour, el Giro, la Milán-San Remo, Flandes, Lieja o Il Lombardia.
El resto, a años luz. Desde 2023 su despegue a Marte, donde habita, es un acto de fe. Ver para creer. Un hombre sin límites. El show debe continuar.
Rota la maldición de la Milán-San Remo, el esloveno alado que se mide a la historia porque todo se le ha quedado pequeño, desnaturalizados los rivales, convertidos en cartón piedra, en guiñoles, alcanzó otra vez la gloria en el Tour de Flandes por tercera vez.
En busca de la París-Roubaix
Lo hizo en solitario por delante de Van der Poel y Evenepoel. Al neerlandés demasiado generoso en los relevos cuando no le sobraba energía, le fulminó en el paso definitivo por el viejo Kwaremont. Evenepoel, en el debut en Flandes, cedió antes.
Fue otro paseo por las nubes para el esloveno infatigable que todo lo puede. Conquistó otro Monumento, el 12º, vestido con el arcoíris. Su sexta foto con esa combinación.
Persigue obstinado el esloveno coronarse en los cinco Monumentos el mismo curso. Los tiene a su alcance. La París-Roubaix aguarda al genio el próximo domingo.
El paso del tren quedó en una cortina de humo. El tren del espectáculo y el Tour de Flandes continuó adelante, locomotora imparable, pendiente de los adoquines y de los zapatazos a través de un Monumento que concentró al bicampeón del Mundo, a Van der Poel, a Van Aert y a Evenepoel.
Cosidos todos ellos en el segundo tránsito por el viejo Kwaremont, que dio la salida oficial al Tour de Flandes a cabezazos sobre el manillar y coces en los pedales.
En el asfalto que se desenvolvió tras el empedrado, Van Aert, se descosió, ahogado en la impotencia. Mads Pedersen se unió a él. Condenados a perseguir, a arrastrar las cadenas.
Evenepoel, perseguidor
Ese mismo proceso derribó a Evenepoel, desconchado unos fotogramas después en Paterberg. El trío fue pareja con las zancadas del esloveno y el neerlandés, unidos por el destino de los Monumentos.
En Koppenberg, otro tramo en el que masticar piedra, una alfombra roja para Pogacar y Van der Poel, rodaban de la mano. Hombreando superioridad. Felices en el traqueteo.
Sobre ese suelo padecía el belga, que no se abandonaba, pero cada muro, cada berg, era una suplicio para Evenepoel. Lo que recortaba en el asfalto se le cruzaba en los adoquines. El orgullo le impedía cejar en el empeño. No se rendía el campeón olímpico de crono y ruta a pesar del desconsuelo.
Directo a la mandíbula
Van der Poel y Pogacar la emprendieron a pedradas contra el belga, con esa sensación dura de tener que masticar bilis. Se aproximaba a un dedo y unas piedras después era un palmo. En el viejo Kruisberg el esloveno marcaba el paso. Tachonado a su arcoíris, el neerlandés.
Pogacar, cansado de jugar, se quitó los guantes. Los lanzó al suelo. Boxeo a puño limpio. A mano desnuda. Aligerado para el pulso definitivo ante Van der Poel y su espalda de hércules.
El directo a la mandíbula se lo lanzó Pogacar en el viejo Kwaremont en una aceleración sostenida.
Elevó el tono el esloveno y le mudó el gesto a Van der Poel, agonista, demasiado generoso cuando tenía que relevar al campeón del Mundo en tramos más cómodos.
El esloveno levitó en el Paterberg, ajeno a las leyes de la física y del sentido común, y se posó sobre el trono del Tour de Flandes. Tres veces rey. Nada frena a Pogacar.