Besos para los suyos, para su mujer Trine Hansen, para su hija e hijo. Besos para la familia. Besos al manillar, a la foto que es pegatina y donde se muestran los rostros de sus seres queridos.

Besos al anillo de casado. Besos que surcan el aire y se mezclan con el cielo azul de un mediodía que es casi tarde en la montaña mágica de Barcelona.

Besos de primavera. Besos para todos. Besos desde la postal que es el Castillo de Montjuïc. Besos que llegaron desde las cumbres. Besos desde las montañas. Besos que se posan en lo más alto. Besos de Jonas Vingegaard, rey de la Volta a Catalunya.

Todos son besos y alegría en el danés, imperial su despliegue en la carrera catalana. Dominador punta a punta, de este a oeste. Se coronó Vingegaard desde la azotea de las montañas. Desde la atalaya con mejores vistas observó, sonriente y dichoso, su territorio. Barcelona a sus pies y la Volta en sus manos.

En el podio final le acompañaron Lenny Martinez, a 1:22, y Florian Lipowitz, a 1:30. A Remco Evenepoel, que se perfilaba como su adversario más capacitado, se le abrieron las costuras cuando se examinó en los desniveles mordientes.

Resquebrajado, le cayeron las montañas encima. Al igual que le sucedió en el UAE Tour, el belga se decoloro, lívido, en el skyline de la Volta. 

Gilmore bate al esprint a Godon en la última etapa de la cita catalana. Efe

La carrera, honrando a la tradición, se cerró en Montjuïc, donde Brady Gilmore bramó su primer triunfo en el WorldTour tras el tiovivo por la terraza de Barcelona, que descuenta los días, menos de 100, que restan para el comienzo del Tour. La exitosa Volta sirvió de ensayo general para Vingegaard, que ha comenzado el curso de modo sobresaliente. 

“Me quedo con buenos recuerdos de la carrera. Ha sido una muy buena semana. Un inicio fabuloso para mí con la victoria en la París-Niza y en la Volta. Me he sentido muy bien durante la carrera y mi forma es muy buena. No es la mejor aún, pero estoy progresando. No estoy todavía a tope”, explicó el danés.

Ni la ausencia de Vallter, arrastrada por el viento, que se la llevó de la cartografía de la Volta, desvió ni un ápice al danés, que levitó en las cumbres, su hábitat más querido. Besos en abundancia en Pal y Queralt.

Es la liturgia de los triunfos. La rutina de la felicidad para Vingegaard. Floreciente en la París-Niza, que dominó, replicó su modus operandi en la Volta. Dos etapas y la general en ambas citas. 

Su superioridad en los finales picudos, donde la pelea es con uno mismo y la ley de la gravedad que, tozuda, empuja con saña hacia abajo, fijó la jerarquía de la carrera. No hubo debate.

Vingegaard, campeón, Lenny Martinez, segundo, y Lipowitz, tercero. Efe

Levitó el danés, con las alas ligeras y la pedalada profunda ante sus rivales, que solo pudieron seguirle con prismáticos o contando el tiempo perdido en la esfera del reloj. Dos actos en las montañas, aunque realmente le fue suficiente con el primero, determinaron su ascendente sobre la Volta. 

Siempre atento

Antes de mostrar lo mejor de su catálogo, fue partícipe de la rebelión que pretendió Evenepoel cuando sopló el viento y se abrieron los abanicos.

Ese día, donde el belga se fue al suelo en la rotonda que miraba a meta cuando ambos exprimían los metros finales, evidenció Vingegaard su poder intimidatorio y el control de la carrera. Fue el único capaz de soldarse al belga, el mejor contrarrelojista del planeta. 

Aunque calmado y sereno en el análisis cuando se agrupó al carenado de Evenepoel, se expresó ambicioso, competitivo al extremo y voraz cuando se trató de golpear en las cimas.

El danés se expandió, con ataques de ritmo sostenido, pero muy elevado, cuando la Volta alzó los cuellos, en busca de la vertical. 

A partir de ese instante, demostró que en su latifundio es el rey. Solo Tadej Pogacar, el dios que circula en bicicleta, una anomalía que dialoga en la intimidad con la historia del ciclismo, puede con él. Sin la huella del esloveno, el resto permanece más allá del alcance del retrovisor. En las ascensiones se despegó del resto. 

Con el cetro de la Volta en las manos, acudió a escrutar el último viaje en las barracas que supone el circuito de siete subidas al Castillo de Montjuïc, pura diversión.

Vingegaard y Lenny Martinez, durante la etapa. Efe

Una montaña rusa con el espíritu de los critériums que premian el fin de curso. Disponía el danés de una renta estupenda, inaccesible para sus oponentes, que codearon entre ellos en el damero. Ataques y contraataques. 

Un electroshock tras otro. Descargas eléctricas. Se sacudió el Red Bull con Evenepoel y Lipowitz, más para cuartear a Lenny Martinez que para lijar a Vingegaard, sin ángulos muertos. El danés accedió a la propuesta, al juego, al ritmo de claqué, al frenesí y al baile desatado. Un estimulo constante de luz y de color. 

Pura diversión por las laderas de Montjuïc, atestadas de afición, de voces y de ánimos. En ese torbellino, en la puerta giratoria de las subidas y de las bajadas, se ventilaban, veloces, los dorsales.

En esa centrifugadora, donde todo se acelera, alocado el final, Brad Gilmore venció al esprint por delante de Godon. 

El australiano estrenaba su palmarés WorldTour. El danés, lo abrillantó todavía más con su conquista en la Volta. Su mejor victoria, la más querida, con todo, le esperaba en meta. Su mujer Trine, su hija y su hija. Los besos de Vingegaard.