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Una vuelta espectacular

Las caídas del Tour otorgan un nivel máximo a la carrera española que la convertirá en un referente para los amantes de las dos ruedas y un desafío para los primeros espadas

Una vuelta espectacular

JEREZ DE LA FRONTERA - El Tour, ya se sabe, es como lo del efecto mariposa, el aleteo de un ala de mariposa se puede sentir al otro lado del mundo, y atento a todo lo que ocurre está el mundo y dentro del mundo Javier Guillén, director de la Vuelta, que no se sabe por qué sonríe más cuando aparece el día que Jack Bauer llora su amarga derrota bajo la lluvia en Nimes, si porque el alcalde de la ciudad taurina acaba de anunciar que su Vuelta saldrá de la plaza de toros dentro de tres años o porque la desgracia hace días que se ha cebado con Froome, primero, y Contador, después, lo que, nunca lo podrá reconocer Guillén y no lo reconoce, es motivo de celebración al otro lado de los Pirineos. Y de preocupación mucho más lejos. En Colombia, en Tunja, donde vive y se entrena a 2.800 metros de altitud, rodeado de su familia que le hace feliz y le asienta y le hace ser realista y sensato y también sereno, todo eso que hace campeón a un campeón, Nairo Quintana observa con la pausa de siempre -hay que verle un día en Burgos al colombiano limpiar sus gafas de cristales oscuros como si retirara el polvo posado durante siglos sobre una joya arqueológica- lo que va pasando en Francia en su ausencia, lo que es el Tour sin él, el ganador del Giro pero, también, el segundo del año anterior en París, que siente lo que todos, pena, reconoce, como si quisiese decir que el ciclismo son los ciclistas como el espectáculo, el teatro, el circo, es igual, los artistas, y el Tour, como el Olympia de París, solo el envoltorio. “Para el público fue un poco triste ver que ellos se tenían que marchar y se desanimaron, nos desanimamos, porque no vieron el espectáculo que ellos querían ver”. La pena de Nairo, claro, es también saber que la lista de candidatos para ganar la Vuelta aumentaba, aunque no lo diga, “son cosas que ocurren y nada más”, como tampoco dice Guillén lo feliz que le hacen las desgracias de las que nadie se alegra.

Es lo bueno que tiene vivir después del Tour. Sus caídos se levantan en la Vuelta. O, como Froome, vuelven a caer como le ocurrió el jueves al inglés cuando inspeccionaba el recorrido de la contrarreloj por equipo que abre hoy la carrera en Jerez. Trazaba una rotonda cuando, zas, resbaló sobre una mancha de aceite y arrastró su cuerpo por el asfalto. Es la quinta caída desde la de la Dauphiné, la primera tras las tres del Tour que acabaron con su físico y, también su resistencia mental. Tuvo que decir basta. Tras caerse en Jerez, no se lo podía creer. Otra vez en el suelo. Mala señal. No es bueno empezar con el pie izquierdo. Aún así, la mayoría señalan a Froome como el favoritos, principalmente, porque la contrarreloj de Borja, llana, le favorece frente a Quintana, Purito, Valverde o Contador, que no pueden, de todas maneras, esgrimir la contrarreloj como excusa o inconveniente para ganar la Vuelta porque el recorrido, con ocho llegadas en alto, les señala. Llama a un escalador.

Es lo que viene pasando en la carrera española en los últimos años. Su sello. La identidad de la Vuelta es acelerada, nerviosa e imprevisible. Más concreto: es explosiva. Eso son sus ocho finales en alto. Puertos para tipos como Purito, un impulso hecho ciclista. O para Quintana, aunque el colombiano maldiga sus dos meses de retiro en Colombia, lejos de la velocidad de la competición y, por tanto, sin chispa, sin ritmo. Espera cogerlo poco a poco, según avancen los días. Hay tiempo de sobra para ello hasta llegar al norte, a Cantabria, Asturias y Galicia, donde se decide la Vuelta en la montaña -San Miguel de Aralar, La Camperona, Lagos de Covadonga, La Farrapona y Ancares-, que se sella en los casi diez kilómetros de crono final en Santiago de Compostela. La fórmula le ha funcionado estos años a la carrera española. Ha mantenido el interés durante tres semanas, hasta la pedalada final -por ejemplo, un despiste, el exceso de confianza, quién sabe qué, acabó en 2012 con el sueño de Purito cuando era líder y el más fuerte ante la insistencia inquebrantable de Contador-. Es lo que le faltó al Tour. El espectáculo que dice Quintana se apagó cuando cayeron como piezas de dominó Froome y Contador. Qué pena, se dijo el colombiano en un respiro de su entrenamiento en Tunja. Qué desgracia, tuvo que lamentar Guillén en Nimes porque del árbol caída nadie hace leña, o no se dice, como no hace falta decir que los caídos del Tour vienen a levantarse a la Vuelta.